Hubo un tiempo en que mi esposa cogió el gusto por la pintura. El nuevo pasatiempo la sacaba de casa hasta por dos horas dos veces por semana. Allí descubrió una habilidad que tenía escondida y que produjo varias obras de arte respetables. Unas las regalaba, otras las dejaba para colgar en las paredes de la casa. Todas ellas hermosas y llenas de los colores que a ella le agradan. Una de esas pinturas llamaba particularmente la atención de quienes llegaban a visitarnos.
Allá por los días en que mis hijos estaban en secundaria, los horarios de sus actividades los mantenían en sus colegios hasta muy tarde. Casi llegábamos al mismo tiempo ellos y yo.
Con el tiempo libre durante la tarde, Nora busco una actividad para ella misma. Escogió la pintura. Un amiga de la colonia estaba impartiendo cursillos en pequeños grupos.
Se inscribió, e inmediatamente se hizo de materiales: los lienzos, pinceles, témperas y óleos. Casi todo lo encontraba en Blue and White, una proveedora para arquitectos localizada en Monterrey. Quien conoce a mi esposa, sabe que tiene una extraña fascinación por realizar compras de papelería; quizá un gusto adquirido desde que ayudaba a su papá a surtir su negocio, quizá para revivir los felices días de estudiante. Yo la acompañaba. Para mí era un placer verla seleccionar los materiales, comparar precios y marcas, y llenar su carrito con sus compras. Su rostro y su ánimo le conferian un hermoso brillo.
Sus primeros cuadros fueron sencillos. Pintó una taza, luego un frutero, más tarde un florero. Cuando adquirió la habilidad pintó unas figuras femeninas con rasgos africanos. Un fondo en Siena tostado era la base para las figuras pintadas en negro humo. Los tocados de las mujeres en ocre y amarillo. Esos cuadros adornan ahora la pared de la sala en casa de mi hermana Cecilia.
El día que realmente nos sorprendió, fue aquel cuando pintó unas peras. La base en este cuadro era un ocre amarillo. Las peras de Siena desvanecían desde una mezcla de negro en sus orillas oscuras, hasta otra de blanco en las más iluminadas. Las hojas se entrelazaban caprichosas, reposando sugestivamente sobre las peras, pudorosas, escondiendo algo que ellas mismas sabían estaba allí, oculto. Solo aquellos con ojo crítico y mente abierta (o enferma) lo apreciaban sin dificultad. Yo lo ví primero.
«¿Que te parece, no es hermoso?», me pregunta Nora emocionada.
La verdad, el cuadro era hermoso, solo que no sabía qué decir. Lo que estaban viendo mis ojos me tenían asombrado. Antes de emitir una opinion, decidí preguntar,
«¿Que es?»
Me dijo que era un racimo de peras. Yo veía un par de testículos colgando naturalmente debajo de un pene regordete y medio cubiertos por un manto verde oliva. Así se lo expresé.
Decepcionada por mi escasa e ignorante apreciación del arte, me advirtió no lo volviera a mencionar. Y no fue necesario, el cuadro por si solo, ya ofrecía dos opciones para el espectador.
Cuando llegaron mis hijos de la escuela, vieron la nueva obra de su madre.
«¿Qué pintó ahora mamá?» Preguntaron. Les mostré el cuadro curioso por saber que perspectiva tendrían. Al igual que yo, preguntaron qué era. Yo les dije que eran peras, pero ellos se miraron unos a otros y exclamaron,
«¡Parecen unos…!» Los interrumpí para que no terminaran. No fuera su madre a escucharlos.
Nora colgó su cuadro orgullosamente en un pared desde donde podría ser apreciado por varios flancos: desde la puerta principal, el corredor, y la sala.
Un día, mientras Nora y yo descansábamos en la sala, se quedó admirando su obra. Minutos después se sonríe y me dice,
«Fíjate que si, si parecen testículos».
Ambos reventamos en una carcajada. Desde ese día, cada vez que tenemos visita, los desafiamos a darnos su opinión sobre lo que ven. Sudan un poco intentando darnos una apreciación educada y enfocada en las frutas. Pero una vez que les menciono la otra faceta, sueltan una relajada carcajada, como si la alternativa hubiera sido su primera visión.
Lo más curioso es que, una vez ya relajados, el cuadro adquiere la importancia de una obra de museo. Los visitantes se quedan estudiando la similitud que tienen las peras que cuelgan de sus ramas con las dos glándulas que los hombres guardamos con pudor.





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