Anécdotas curiosas de Don Raúl.
Del negocio de papeleria y como tenian que surtir hasta lo impensable para seguir en la plantilla de proveedores.
La imprenta de Don Raúl también surtía papelería. El negocio había nacido más por casualidad que por emprendimiento. Años atrás, un viejo amigo le ofreció la maquinaria y la oportunidad de elaborar todo tipo de recibos, notas, y lo que era mayor negocio, facturas. Una refinería de PEMEX que operaba desde diciembre 26 de 1950 en Reynosa, se convirtió en su principal cliente. «Al principio» -decía Don Raúl-«cualquier empleado te podía hacer pedidos, eso propició un despilfarro tremendo».
Contaba que luego que la paraestatal implementara el método de licitaciones para las adquisiciones, todo se tornó mas difícil y se incrementó la corrupción. Las licitaciones fueron la manera de ser más transparentes y de hacer mas eficiente el uso de los recursos públicos, además que abría la oportunidad a cualquier proveedor mexicano. Pues la Imprenta Moderna tuvo que aprender a licitar para poder seguir siendo proveedor de PEMEX, y seguir disfrutando de los millonarios ingresos.
La refinería de Reynosa, por estar en la frontera, también recibía solicitudes de las otras plantas para la adquisición de productos de procedencia estadounidense y eran los proveedores de Reynosa los responsables por el aprovisionamiento, independientemente de su giro.
El pedido de Instrumentos
Un buen día, uno de los ingenieros de PEMEX llamó a la imprenta buscando a Don Raúl. Era un cazador de incautos; estos buscaban a un valiente que se echara a cuestas una M.I. Las M.I. no correspondían a ningún procedimiento interno o formato de compras; se trataba de conseguir un artículo de difícil localización y de adjudicación directa: una misión imposible.
El hombre aquél le describió lo que necesitaban en la planta de Coatzacoalcos. Era una variedad de instrumentos que se utilizarían en el reacondicionamiento de los vetustos equipos que ya habían sido corroídos por el salitroso clima de la costa del Golfo de México. La Imprenta Moderna, no podía negarse, no fuera que le dejaran fuera en la próxima licitación.
El trader
Con la experiencia de pasadas M.I., Don Raúl ya se había hecho amigo de un español residente de Miami que actuaba como trader. Comerciaba tanto con «commodities» como con maquinaria y equipo y tenía contactos y clientes en todo el mundo. Conocía los Estados Unidos como la palma de su mano y sabía dónde estaban los principales manufactureros y sus distribuidores. Cuando Don Raúl le hizo llegar la lista de los instrumentos solicitados por PEMEX, este aceptó el reto y calculó que él le cobraría a $30 mil dólares por todo. Las M.I. no tenían un importe definido, «PEMEX pagaba lo que fuera».
Don Raúl informó a PEMEX que sólo podría surtir lo solicitado con un anticipo del cincuenta porciento, e inmediatemente le depositaron $30 mil dólares.
El trader hizo su trabajo y en menos de un mes ya había enviado el pedido completo a la bodega del «broker» en Hidalgo, Texas. Desde allí, PEMEX haría la importación. Pero pasó un mes, luego otro, y los instrumentos seguían sin ser importados. Preocupado, Don Raúl llamó a la refinería:
—Oiga ingeniero, ya tengo dos meses con los instrumentos en bodega y nada que pasan por el— informó
—Déjeme llamar a Coatzacoalcos para ver que pasó— prometió el ingeniero.
Pocos dias después un hombre que se identificó como comprador de Coatzacoalcos llamó a la imprenta.
—Es sobre un pedido que ordenamos hace ya mas de tres meses y no nos ha llegado— reclamó.
—Creo que hay un mal entendido. El pedido era libre a bordo en frontera, no en Coatzacoalcos— contestaba Don Raúl.
—Pues mire—respondió el compardor con voz nervisosa— yo solo le hago llegar las instrucciones que a mi me dan mis superiores. Si el pedido no llega a la planta, no se le pagará el resto.
—A ver, yo no me rehuso a entregarles en planta, solo que ese no fué el acuerdo inicial. Yo mismo puedo llevarles la carga, pero necesito que me cubran los gastos: Hay que importar y pagar impuesto, flete y gastos viáticos.
Don Raúl hizo un cálculo rápido y le informó que le costaría otros $10 mil dólares. El hombre aceptó inmediatamente. Más tarde, revisando los gastos con un agente aduanal de Reynosa, Don Raúl se percató que se había quedado corto. Cualquier pérdida pudiera ser absorbida por el pago de la otra mitad pendiente del pedido; aunque no estaba seguro si se lo pagarían, ya lo empezaba a dudar. Buscó mil maneras de economizar y al final decidió: «pues los cruzo escondidos en mi auto y las llevo personalmente hasta Coatzacoalcos». Y asi lo hizo.
El viaje en auto hasta Coatzacoalcos.
Don Raúl era como uno de esos capataces de antaño: siempre tenía a algun conocido que le ayudaba incondicionalmente. En esta ocasión llamó a Jessie Ramos a quien tambien llamaban el «güero». Este se había cruzado a los Estados Unidos desde muy joven con la identidad de un gringo que se había muerto en México y que nunca fué reclamado. Se apoderó de sus credenciales y regreso al país vecino fingiendo ser aquel gringo, «aún cuando hablaba el inglés medio mocho». Allá trabajaba pero vivia en Reynosa y no conocía mas lugares que aquellos donde se movia.
—Acompáñame a Coatzacoalcos— lo invita Don Raúl.
El güero aceptó y se preparó para salir al siguiente dia. Cuando se encontraron ya para salir, Don Raúl observó que el hombre aquél llevaba solo un morralito con comida para el camino.
—¿No llevas ropa?— le pregunta Don Raúl. Luego le advierte—No creas que es de ir y venir el mismo día, nos tomará una semana regresar. Anda, ve por unos dos cambios de ropa.
Así pues, se lanzaron a carretera siguiendo la ruta Matehuala-San Luis-Querétaro-Puebla-Veracruz. Cuando llegaron a Córdoba, Don Raúl fué a visitar a sus buenos amigos, la familia Villareal Oncay. Don Dimas y doña Meche conocían a Raúl muy bien, y fueron testigos de la boda de este, pues ella, era la mejor amiga de su esposa Nora Hilda y él era otro contratista de PEMEX. Cenaron y convivieron largamente. Antes de despedirse, les pidió indicaciones para llegar a Coatzacoalcos.
Las cucarachas de la costa
Llegaron ya noche al puerto. En el camino observaron un pequeño hotel que se veía bueno para pernocatar. Aparcaron el coche con toda la mercancia cubierta con lona, lo cerraron muy bien, luego pasaron a la recepción. El gerente les adivirtió que los cuartos no tenían aire acondicionado pero que estaban muy bien ventilados, pues el viento del oceano soplaba constantemente. Cansados, aceptaron y se fueron a la habitación.
Ya en su cuarto de hotel, vieron como el gerente había omitido aún más detalles: Las ventanas no tenian cortinas, la puerta cerraba con una tranca y estaban cortas de abajo -seguramente para el paso del viento-; aunque si tenía un enorme ventilador de aspas en el techo, ruidoso como el que más, pero de eso a nada. Este estaba justo en el centro de la habitación y no sobre las camas, que era donde se necesitaba.
Don Raúl no aguantaba el calor y sudaba copiosamente, se quitó la ropa y se quedó en ropa interior, luego salió a refrescarse y sentarse al balcón. Jessie ya había hecho los mismo y lo esperaba allá a fuera. El ya había observado que el lugar estaba infestado de cangrejos de todos los tamaños y estaba preocupado por que estos cabían por la rendija que quedaba bajo la puerta de madera.
—Se nos van a subir a la cama si no hacemos algo—, decía con un temor casi infantil.
—Qué te van a hacer los pobres animalitos, ¡déjalos! Son las cucharachas de la costa.
Cuando Jessie tuvo sueño se despidió y se dispuso a dormir. Antes de entrar al cuarto, Don Raúl le pidió que acercara las camas al ventilador. Luego, se quedó observando al mar.
«Lo que tenía frente a mí era una escena mágica, la misma escena que inspiró a Agustín Lara cuando escribió su Noche Criolla», contó Don Raúl, «palmeras, luciérnagas, calor…», luego entonaba la canción.
Noche tibia y callada de VeracruNoche tibia y callada de Veracruz
canto de pescadores que arrulla el mar.
Vibración de cocuyos que con su luz
bordan de lentejuelas la oscuridad…
Noche Criolla -Agustín Lara
Era hora de dormir y prepararse para entregar el pedido al siguiente dia. El calor le cambiaba el humor. Se levantó de su asiento caliente y entró al cuarto. Jessie aún no dormía y las camas seguían en su lugar.
—¿Por qué no juntaste las camas como te pedí?— preguntó molesto.
—A ver, muévalas usted— respondió Jessie con burla.
Don Raúl, fastidiado por la sublevación de su tripulante se lanzó a moverlas el mismo. No pudo. Las camas eran solo un colchón que reposaba sobre una plataforma de concreto. Desde su cama, Jessie lo observaba mostrando una sonrisa triunfante mientras enrollaba una sábana.
—¿Ya no va salir?— preguntó. Don Raúl no le contestó y cuando vió que el viejo se recostaba, saltó de su cama y se dirigió a la puerta. Con la sábana había formado una masa con la que bloqueó la rendija de la puerta para impedir el asalto de los cangrejos. Solo oasi podría dormir tranquilo el resto de la noche.
Entregando el pedido
A la mañana siguiente, Don Raúl se despertó al alba. El mar lo invitaba a sumergirse en sus frescas aguas verdosas. Con la ausencia de mirones, se adentro confiado en su ropa interior. Cuando encontró buena profundidad, se zambulló y nadó un rato. Desde el balcón, allá en el hotel, Jessie deseaba hacer lo mismo, pero no sabía nadar y prefirió privarse de ese placer. Don Raúl caminó hacia la playa, una ola lechosa se abalanzó sobre el, revolcándolo. Cuando se incorporó, sentía un ardor extraño en as piernas. Salió del agua tan rápido como pudo y se percató que la masa lechosa se le había adherido a las pantorillas. Limpiaba desesperado con ambas manos que también le empezaban a arder. En ese momento aguzó la mirada para descubrir que miles de pequeños crustáceos blancuzcos recien nacidos lo estaban mordiendo.
Llegaron a La Cangrejera. La planta petroquímica no parecía ser muy vieja. Don Raúl se preguntaba como era aque ya necesitaban reacondicionar los equipos con los instrumentos que le habían solicitado. Qué le importaba, lo que había que hacer era entregar el pedido y cobrar el resto. Cuando les dieron acceso, llevaron su carga a un taller de mantenimiento donde les atendió uno de los superintendentes de una de las plataformas localizadas en el Golfo, no mencionó cual, pero entonces Don Raúl adivinó dónde se usarían los tan paseados instrumentos. Cuando este revisó la mercancía y estuvo conforme con lo que recibía, agradeció y se dispuso a retirarse. Don Raúl lo detiene.
—¿Con quien vemos lo del pago del transporte y el resto de la factura?— preguntó algo alarmado porque nadie parecía traer cheque o efectivo en las manos.
—No, nosotros no pagamos—, dijo el ingeniero.
—¡Pero cómo!— reclamaba Raúl.
—Es pedido se le hizo a Fulano de Tal— informó el ingeniero. Y es que el trato no fue directo con Pemex sino con un proveedor intermediario que tenía sus oficinas allá mismo, en las colindancias de la petroquímica.
Para allá se dirigieron llevando el comprobante de entrega sellado por PEMEX. Encontrarton al Fulano quien con mucho gusto les entregó el equivalente a $10 mil dólares (que Fulano tuvo que cambiar porque Don Raúl solo recibía dólares). El otro resto de la factura le correspondía a Fulano quien fué quien originalmente había llamado para reclamar la mercancía que esperaba en Hidalgo.
Esas eran las peripecias de ser proveedor de PEMEX en los ochentas. Tenían que entrarle al toro por los cuernos y no rajarse. Los pedidos telefónicos, que generalmente eran M.I. se hacían «formales» con un anticipo; ya una vez entregada la mercancía, los proveedores eran afortunados si recibían la otra mitad. En esta ocasión, la transacción ni siquiera entró a Imprenta Moderna. Había sido un trato de caballeros.
—Bueno güero, esto es lo que te toca, por acompañarme— Don Raúl extiende un fajo de billetes hacia Jessie. Ese lo rechazó argumentando que el no había hecho nada, pero Don Raúl insistió y al fin tuvo que aceptar la propina. Jesse barajó los billetes, levantó la mirada, luego sonrió y dijo:
—¿Cuándo nos echamos otra vuelta?
FIN





Deja un comentario