Adrián se animó por fin a adquirir su propio vehículo. Desde que empezó a trabajar para aquel bufete de ingenieros, el trayecto desde l casa hasta la oficina situada a la altura de Country Sol, en Monterrey, se le hacía muy retirada. El Uber le salía en $200 de ida y otro tanto de venida. ¡Dos mil pesos de taxi cada semana! Ocho mil pesos cada mes. Yo le había dicho antes que el pago mensual de un auto le saldría alrededor de los $6,500. No es que eso le ayudará a decidirse, el ya tenia en su mente que necesitaba un auto.
Cuando inició la investigación de precios y planes ya tenía en mente que quería un Forte, de Kia. Luego se fue a Honda, por un Civic; de tanto solicitar créditos y usar el buró, provocó que esté ya no proporcionará más información y, de esa manera, no se aprobaban los créditos. Su último recurso fue sacar el auto a mi nombre.
Vendido en 20 minutos
Igual que lo hice con Mario, lo apoyé con el enganche, solo tenía que vender nuestro viejo Ford Fiesta 2014. Lo subió al MarketPlace de Facebook y, para nuestra sorpresa, un tipo se interesó de inmediato. Solo habían pasado tres minutos desde que lo había posteado. El comprador era un chamaco como de treinta años. Llegó acompañado de otro hombre en una camioneta blanca nueva, no vi la marca. Camino a nuestro domicilio desde la esquina donde se quedó esperándolo aquel hombre. (Era señal de alarma para mi, así que decidí quedarme cerca). Pues después de ver el Fiesta por el exterior, abrió las puertas e inspeccionó el interior. Lo encendió para escuchar el arranque y el motor y sin más, dijo “me lo llevo, ¿cuánto es lo menos?
Subestimé mucho a Adrián pues pensé que me dejaría a mi la negociación. No, inmediatamente le indicó lo que quería obtener y fue el chavo quien ofreció su menor oferta. “Te doy ochenta”. El “toma y daca“ daba la impresión de una pelea de gallos. Al final, la oferta quedó en $87,500. Nada mal si de considera que el objetivo era sacarlo en noventa mil.
Me sentí orgulloso por su desempeño en ese trueque, pera a la vez supe que yo tendría menos participación en sus decisiones futuras.
—¡Oh no, mis hijos ya no me necesitan!






Deja un comentario