En el 2010, la zona metropolitana de Monterrey sufrió un aumento en el nivel de delincuencia sin precedentes. Se hablaba de dos grupos delictivos en conflicto que buscaban ganarse esta zona para su libre acceso a la frontera y distribuir su droga hacie el país vecino. Muchos automovilistas sufrieron el robo de sus vehiculos en plena calle y a la luz del día; los maleantes se enfrentaban a tiros en la vía pública, sin importarle los daños colaterales. Las extorsiones se multiplicaron, incluso, los procedimientos se hicieron tan populares que fueron copiados por algunos civiles y hasta por presidiarios que también se hicieron de pingües ganancias.
Este fue uno de esos casos.

Diluye tus miedos en la práctica de la objetividad

— Socha

Abril 28, 2010.

Ese día me había levantado muy temprano para darle los toques finales a la presentación de un nuevo proyecto. Estaba en el comedor trabajando en mi laptop. Mientras tanto, mi esposa alistaba a los niños para la escuela. Ya era tarde y tenían el tiempo contado. La distancia de la casa hasta la escuela se recorría en quince minutos, saliendo temprano; cinco minutos más tarde y ese recorrido se hacía en media hora. Apresurados por su madre, los niños subieron a nuestra Escape 2008. Mi esposa los llevaría esta vez. Escuché el auto cuando arrancaba y salía de la cochera, inmediatamente escuché acelerando su marcha para alejarse.

Concentrado en mi trabajo, el sonido de un teléfono llamando me distrajo. Mi esposa había olvidado el suyo en la recámara. No atendí y seguí con lo mío. El teléfono sigue sonando con insistencia, luego paró un minuto para luego volver a sonar. En esta segunda vez, pensé que sería una emergencia y corrí a atender la llamada. No llegué a tiempo. Tomé el teléfono por si volvían a llamar y regresé a mis tareas. A mitad de mi descenso al primer nivel de la casa, otra llamada sonó en el mío allá abajo. Bajé corriendo y contesté. Observé que era el mismo número en el teléfono de mi esposa.

– ¿Bueno?

– ¿Porqué no contestas pendejo? – increpó un hombre al otro lado de la línea – Tengo a tu esposa y a tus hijos. Si quieres volver a verlos me consigues un millón de pesos y te los regreso sanitos, sin un rasguño.

– ¿Quién eres?¿Con quien crees que hablas, me crees un idiota?

– ¡Bájale a tus pinches güevos, hdtpm! ¿Quieres pruebas? Escucha a tu vieja…

En el fondo se escucha un grito de mujer y el sollozo de niños. La mujer implora al teléfono
– ¡Flaco, flaco, nos tienen secuestrados! ¡Ayúdanos!

– ¡Papi, papi! – gritaba un niño

– A ver si con eso se te baja lo machito, pendejo. Te doy una hora para que saques el dinero del banco. Me vuelvas a llamar para darte instrucciones. Y no vayas a salir con una pendejada, o te quedas sin esposa y sin hijos -amenazó el criminal.

Se me hacía muy raro no haber escuchado alboroto afuera de mi casa. No habían pasado cinco minutos desde que escuché que salían a que empezó a sonar el teléfono. ¿Cómo había pasado todo tan rápido? Para ese momento mis piernas no me sostenían y mis manos y mi voz temblaban nerviosas. Aún así, se me ocurrió mantener al maleante en la línea mientras, con el teléfono de mi esposa llamaba al colegio de mis hijos. Temía violentar al maleante pero no podía yo caer en una trampa.

– No seas gacho mano, ¿de dónde voy a sacar un millón de pesos? No soy rico.

– Ese es tu pedo, compadre. Ayúdame a no tener que matar a tu familia.

– ¡No, no, por favor, no vayas a causarles daño, te lo ruego! – imploré, mientras por el otro lado marcaba al colegio.

– Eso depende de ti, compadrito -contestó el criminal.

– ¿Por qué me escogieron a mí? ¿Cómo me encontraron?

– Te vale madres. Lo único que te puedo decir es que solo recaudamos lana para comprar armas…

– ¿Bueno? – contestó la recepcionista del colegio

– Claudia, Claudia, soy el ingeniero Vidaña con una urgencia.

– Dígame ingeniero, en que le puedo servir.

– Hágame el favor de verificar si mis hijos ya entraron al edificio.

– Justo en este momento están bajando del auto, aqui los veo frente a la recepción. Los trajo su esposa en la camioneta roja.

Le di las gracias y colgué.

-…estamos equipando a una fuerza civil acá en Michoacán…

– ¡Espera! ¿Estás llamando desde Michoacán, idiota?

El maleante colgó al ver que la había cagado. Yo aun temblaba, pero estaba ya más tranquilo sabiendo que mi familia estaba bien y que aquella llamada había sido un intento fallido de extorsión. Muchos ya habían caído ya que en esos días del 2010 se habían hecho muy populares. Cuando regresó mi esposa a casa, le conté lo sucedido.

– Qué bueno que no caiste – dijo.

Lo curioso del asunto fue que la extorsión se intentó hacer desde dos líneas telefónicas que pertenecían a mi empresa (IMMEX). Los había contratado con Nextel de quien inmediatamente desconfié. Alguien alli adentro estaba vendiendo las base de datos a quien le ofreciera buen pago por ellas. Me inconformé y solicité la cancelación de ambas líneas argumentando la fuga de información. Fue un via crucis que me llevó hasta las oficinas corporativas en San Pedro. Al fin, un ejecutivo malencarado hizo un último esfuerzo por convencerme de mantenerlas activas.

– No puedo yo estar manteniendo a una cuadrilla de corruptos ladrones – le grité ese día en su oficina. Los empleados que estaban cerca voltearon enfadados. Que si se hubieran venido contra mi en bola, no les estuviera contando esto. El ejecutivo firmó y me corrió del lugar. Yo salí de alli victorioso, era mi segunda victoria esa semana: primero me salvé de la extorsión, luego me quité los grilletes del proveedor de telefonía.

Pero lo más importante, que con esa experiencia aprendí que sea cual sea la gravedad del problema o la situación, hay que procurar ser objetivo y analítico. Nunca actuar horrorizado so pena de cometer un error.

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