El cuerpo y la mente necesitan un descanso. Las vacaciones ofrecen distracción para la mente, pero eso de descanso…
La semana del 13 al 20 de septiembre de este año nos fuimos de vacaciones compartidas con los Miranda a Playa del Carmen. Fue un tiempo de relajación, divertida convivencia y aventuras. Aquí un resumen.
Lunes, septiembre 13.
Iniciamos el viaje temprano. Una tía de Samantha, la novia de Mario, nos hizo el favor de llevarnos al aeropuerto. Desayunamos en el Wings un poco apresurados. Cuando terminamos ya era hora de nuestro vuelo. Llegamos a Cancún al filo del mediodía. Rentamos en Hertz un Kia Forte y, sin dilación, nos lanzamos hacia Playa del Carmen.

Una buena amiga tiene un departamento en Puerto Aventuras que renta cuando ella viene a su casa en Monterrey o en Sabinas, Coahuila, la casa de su madre. La renta compartida por una semana nos salió en $6,000 pesos, tres recámaras, tres baños, sala comedor, cocineta y dos balcones con vista al lago. El lago -salado- lo utilizan los vecinos para hacer kayak, en lugar de correr en las mañanas.
Los Miranda llegarían más tarde, no los esperamos pues habíamos de comprar mandado y tenerles comida para cuando llegaran. Primero comimos en el Sofia, un restaurante italiano localizado en Puerto Aventuras. La especialidad, por supuesto, son sus pastas artesanales elaboradas con semolina por ellos mismos. Mientras comíamos, los delfines se asomaban para ver a los intrusos.
Al terminar de comer, nos fuimos al Chedraui a comprar la despensa. ¡Que caro es todo por allá!
Martes, septiembre 14.




Decidimos empezar por Tulum, fue el día mas divertido, y sin planearlo bien. Resulta que el plan era solo ir a la ruinas, pero cuando llegamos y estacionamos el auto, el cuidador nos ofreció un tour. ¡Que molesto! Yo no confío mucho en el que vende seguros y tacos también. Pues ese era el caso, un cuidador de autos que aparte vende tours…
—Doscientos pesos por persona, amigo. Mire, le damos un paseo en lancha, lo llevamos al arrecife y ahí los esperamos mientras andan un rato; diversión garantizada— me ofrecía el cuidador.
—Déjeme ver, es que nuestro plan era solo ver las ruinas.
Le prometí que le confirmaba cuando regresáramos. Así, emprendimos la caminata hacia la ruinas, cerca de un kilómetro bajo un sol picoso en un ambiente en extremo húmedo. Apenas dimos unos cuantos pasos y ya sentía el culo empapado de mi sudor. Seguro los demás también andaban en su propio jugo. ¡Ah, pero que pesado es caminar así! Para cuando llegamos a las ruinas yo ya estaba cansado y enojado con los Incas por construir sus pirámides tan lejos. En un descanso, cerca del acantilado que da al mar, pude divisar a los lancheros que llevaban gente a mar abierto. Se me antojó.
Después de llevarnos otra chinga caminando de regreso, llegamos al aparcamiento. El hombre estaba allí, esperando mi decisión.
—Está bien, iremos todos. Somos nueve.
El hombre se emocionó y nos guió por un estrecho sendero arenoso entre la densa jungla hasta la playa. Yo hubiera estado feliz quedándome allí, sentado, sumiendo los pies en la arena, descansando y viendo al mar y sintiendo la fresca brisa en mi rostro. Ah, no, pero era un tour e íbamos a nadar. Nos ofrecieron el equipo de seguridad y subimos a una lancha, que me sorprendió no fuera un cacharro, luego salimos a mar abierto. Mi esposa se aventuró a tomar película del trayecto. Yo no quería ver cuando se le cayera de las manos en uno de esos brincos que daba la lancha. Afortunadamente eso no pasó.

Cuando llegamos al arrecife todos bajaron gustosos a nadar. Yo me quede en la lancha con un poquito de temor por aquello de mi marcapasos. No estaba seguro de que pasaría si me esforzaba mucho nadando. Me imaginaba que si se activaba me iba a llevar de encargo a quienes estuvieran cerca de mi. Me puse a tomarles fotos.
Lo estaban disfrutando tanto que luego me animé y los acompañé. Bueno, hasta Paco grande se metió, dije, “¡ahí les voy!”. El agua estaba fresca y con una transparencia que nos permitía ver a los peces que se querían comer los vellos de nuestras piernas —bueno, no tanto los míos, que soy lampiño—. En momentos, el agua se sentía tibia y otras veces mucho más fría. Se nos olvidó la chinga de la caminata forzada hacia las ruinas.

Ya era tarde, cerca de las seis, y el estómago empezaba a comerse nuestros intestinos. Encontramos en Google un lugar para comer llamado El Paraíso, y fuimos para allá. No era precisamente el paraíso pero comimos muy rico y platicamos y reímos por un buen rato. Comiendo en la costa, no falto quien pidiera una hamburguesa 🤨. Cerca de nosotros estaba un grupito de chicas solteras ¡bien buenas! Vestían sus bikinis de dos piezas que dejaban mucho cuerpo libre a las miradas de los hombres. Paquito y Claudio, las miraban disimuladamente, pero a mi no se me escapa nada. Bueno, lo confieso, yo también las veía de vez en vez.
El día terminó. Parecía que nos queríamos acabar las vacaciones ese mismo día. Lo único que quizá evitemos en un viaje posterior es, caminar hacia las ruinas. Creo que la mejor época para visitar Tulum es en invierno.
Miércoles, septiembre 15
Yo esperaba pasar la noche del 15 observando un espectáculo de luces y fuegos artificiales en Xel-Ha, pero el costo de hacer eso lo hacía inconveniente. Entonces decidimos ir a Playa del Carmen y caminar por la Quinta Avenida. Otra vez caminar…



Nora y yo habíamos caminado esa calle cinco años atrás cuando fui a dar una conferencia a un congreso de estudiantes de comercio exterior. Ahora es más larga y hay muchos más negocios. ¡Hay hasta un “mall”! La Quinta Avenida es un buen lugar para caminar, ir a comer, y observar los espectáculos callejeros. También hay que estar al pendiente de los Cos-Players que te quieren tomar fotos de $20 dólares.
En Playa del Carmen tengo una amiga. Le llamé para ver si la podría visitar. No fue posible.
Jueves, septiembre 16

Yo les dije, “hoy, yo no salgo”.
Las caminatas de los dos días anteriores me dejaron muy cansado. Yo había prometido que descansaría y ese día lo cumplí. Me la pasé descansando en el departamento, leyendo, viendo la seria de Narcos Mexico y, en la noche viendo películas. ¡Esas son vacaciones!
Ya para las diez de la mañana estaba empezando a aburrirme. Alguien sugirió que pasáramos el día en la playa del lugar. Buena idea. Mario y su novia se fueron en avanzada, para ver si convenía. Nos mandaron vídeo y nos gustó. Nos preparamos y salimos para allá. Caminando…
“Estando yo sentada en la arena de la playa viendo el mar,
Un hombre guapo
Venia remando en una barca
Que venia aproximándose hacia mí.”
No. En esta playa privada no hay vendedores, y eso es muy agradable. Tomamos algunas bebidas y luego comimos. Al regresar al departamento pusimos películas y así terminó un día más.
Viernes, septiembre 17.
Las vacaciones en la Riviera Maya no están completas sin una escala en Bacalar. Google nos advirtió que era un viaje de tres horas, no nos importó, todos votamos por ir de todas formas. Rodrigo, aunque deseoso de acompañarnos, tuvo que quedarse para atender asuntos de la escuela.
¡Tres largas horas manejando en una carretera recta! “Mas vale que no vaya a ser en vano”, les dije. Empezamos el viaje con charlas animadas y alguna que otra risotada, hora y media después, todos estábamos silenciosos observando el interminable camino envuelto por densa jungla, aburridos, fastidiados. Solo las señales que indicaban que los aproximábamos a nuestro destino podían acaso despertar un poco de ánimo. “Ya merito”, decían allá atrás.
Llegamos a eso de la una de la tarde al destino que ya habíamos señalado: Los Rápidos.
Los Rápidos es una zona natural conectada a la laguna de Xul-Ha de donde recibe una corriente constante de aguas cristalinas y puras. En esta época de nuestro viaje, las aguas eran tranquilas, pero dice que hay otras épocas del año en donde esta es un poco más violenta. Allí nos quedamos a nadar un rato, comer y descansar. Cierran a las 6:00 PM.

Lo curioso del lugar es su población de estromatolitos, formaciones rocosas a base de fósiles de cianobacterias que vivieron y aún viven en algunos mares. Hay señales en todo ese lugar suplicando al turista no tocar o posarse sobre estos. Sin embargo, el camino hacia las aguas rápidas está tapizado de estromatolitos y no hay manera de irse por otro lado. Hay que pisarlos. Los que si están seguros son los que se encuentran más adentro de la laguna.
Hay otras atracciones en Bacalar, las cuales sólo vimos de pasada porque el rector no a Playa del Carmen, de noche, me daba un poco de temor. Está allí el Puerto de San Felipe que seguramente guarda muchas historia de ataques de piratas; la laguna de siete colores -que no visitamos-.
Sábado, septiembre 18
Desde la noche anterior, Mario había buscado atracciones cercanas a Puerto Aventuras. Este día decidieron irse solo los muchachos a Xplor. Hubiéramos ido nosotros si la mayor diversión para los chicos no fueran los deportes extremos. Nosotros ya no podemos arriesgarnos. Para las 10:00 AM ya nos estaban mandando fotos del lugar. Allí encontraron la oportunidad de nadar por túneles, brincar a los cenotes, caer en tirolesa y deslizarse en los toboganes gigantes. ¿Ven porque no fuimos los mayores? Aún así, a mi me contaron que a un güey le daba miedo zambullirse en los cenotes.

El que les dio una lección a todos fue Claudio. Decían que fue muy osado en todos los retos que intentaron. Callado, callado, pero muy osado.
Mientras los chicos andaban en sus ondas, los mayores nos fuimos a la playita pública de Puerto Aventuras. Me tocó llevar la hielera de rueditas, pero la tuve que cargar para bajar escaleras (mi cardiólogo luego me preguntaría qué andaba haciendo ese día). Buscamos un buen lugar, armamos las sillas y luego intentamos poner nuestra sombrilla en una franja de arena de no más de tres metros de ancho, lo malo, es que solo tenía quince centímetros de profundidad. Bueno, terminamos atorando la sombrilla a una de las sillas. Y allí anduvimos, disque nadando, chapoteando en las calmadas aguas de una piscina natural. Llevamos cerveza y frituras; n’hombre, ni las tocamos.
Ya en la noche llegaron los párvulos bien cansados pero más divertidos. Aunque todavía traían vuelo y se fueron a la alberca. Allí terminaron su día.
Domingo, septiembre 19.
“Hoy hay que aplacar el rabo”, dijo alguien allá en la cocina. Ese era nuestro último día y lo ocupamos para recorrer todo el Puerto Aventuras. Los viejos nos fuimos a comer al Sofia nuevamente. Los jóvenes fueron a ver los delfines. Al regresar al departamento, cada quien empezó a empacar su maleta y dormir. El viaje de regreso empezaría muy temprano a la mañana siguiente.
Ya habíamos salido antes de viaje con los Miranda. La primera vez fue un viaje corto a South Padre Island en Texas. Eran los finales del invierno y, por lo mismo, días muy fríos. Los chicos aquella vez no tuvieron problema para mojarse en la playa y disfrutar su paseo. Se les pusieron los labios morados y se la pasaban 🥶 temblando. Para la diversión no hay obstáculos.
Esta vez en Playa del Carmen, la convivencia nos unió un poco más. Somos familia y somos amigos, pero después de un viaje compartido regresamos siendo hermanos.
Hay que planear el próximo…





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