Anécdotas curiosas de Don Raúl.
Relato de mi suegro acerca de un paseo con mi hijo Raúl por los alrededores del Club Campestre en Reynosa.
Cuando el “niño feliz” tuvo edad para acompañar a su abuelo, este le aprovechó todo lo que pudo, iniciando así una muy bonita relación que le trajo a mi suegro muchas y memorables satisfacciones.
Mi esposa y yo, orgullosos siempre de la hermosura, vivacidad e inteligencia de nuestro primogénito, lo presumíamos donde quiera que fuéramos. Su brillo natural llamaba de por sí la atención de los que nos veían pasar.
La orgullosa madre no dejaba pasar oportunidades para mostrarle a sus amigos y familiares lo que ella había engendrado, así que todo Reynosa le conoció en fiestas, paseos y reuniones.
Mi suegro, también tuvo su parte. Era su primer nieto, el hijo de la mayor de sus hijas.
El saludo formal
Don Raúl se lo llevaba también a cuanta reunión le parecía apropiada para el chamaco. Le admiraba la simpatía con la que el chico se anunciaba a sus nuevos amigos. Decía mi suegro, “este cabrón no se chivea con nada”.
Bueno, estaba tan encantado mi suegro, que lo empezó a llevar al Campestre para que se fuera ambientando; deseaba tanto poder enseñarlo a jugar golf. “Quizá llegue a ser tan bueno como yo”, decía.
“La primera vez que lo llevé “ -dijo en otra ocasión- “entramos al restaurante. Ya estaban allí todos mis amigos viejos. Nos acercamos, vieron al güerco y preguntaron”
—¿A quien trajiste, Prieto?
“Sin darme tiempo a contestar, el solito se presentó diciendo:”
—¡Hola! Yo soy Raul Vidaña, y vengo de Monterrey.




