Relato de mi suegro acerca de un paseo con mi hijo Raúl por los alrededores del Club Campestre en Reynosa.


Cuando el “niño feliz” tuvo edad para acompañar a su abuelo, este le aprovechó todo lo que pudo, iniciando así una muy bonita relación que le trajo a mi suegro muchas y memorables satisfacciones.

Mi esposa y yo, orgullosos siempre de la hermosura, vivacidad e inteligencia de nuestro primogénito, lo presumíamos donde quiera que fuéramos. Su brillo natural llamaba de por sí la atención de los que nos veían pasar.

La orgullosa madre no dejaba pasar oportunidades para mostrarle a sus amigos y familiares lo que ella había engendrado, así que todo Reynosa le conoció en fiestas, paseos y reuniones.

Mi suegro, también tuvo su parte. Era su primer nieto, el hijo de la mayor de sus hijas.


El saludo formal

Don Raúl se lo llevaba también a cuanta reunión le parecía apropiada para el chamaco. Le admiraba la simpatía con la que el chico se anunciaba a sus nuevos amigos. Decía mi suegro, “este cabrón no se chivea con nada”.

Bueno, estaba tan encantado mi suegro, que lo empezó a llevar al Campestre para que se fuera ambientando; deseaba tanto poder enseñarlo a jugar golf. “Quizá llegue a ser tan bueno como yo”, decía.

“La primera vez que lo llevé “ -dijo en otra ocasión- “entramos al restaurante. Ya estaban allí todos mis amigos viejos. Nos acercamos, vieron al güerco y preguntaron”

—¿A quien trajiste, Prieto?

“Sin darme tiempo a contestar, el solito se presentó diciendo:”

—¡Hola! Yo soy Raul Vidaña, y vengo de Monterrey.

Las estrellitas.

“Me lo llevaba a veces a buscar bolas de golf”, cuenta Don Raúl.

Hay un pequeño lago en el campestre a donde van a caer todas las pelotas de los que aún no controlan sus golpes o que no saben jugar al golf. Las pelotas quedan buenas después de una lavada; cualquiera puede hacer buen negocio recogiéndolas, lavándolas y ponerlas a bajo precio a disposición de los novatos, que son muchos.

Abuelo y nieto se encaminaron hacia ese lago. después de un rato de caminar, Ruly le avisa:

—Oye abuelo, aquí hay muchas estrellitas.

El abuelo voltea al cielo, sin saber a qué se refería el chico.

—Espérate a la noche, se ven muchas más.

Siguieron caminando. El chamaco empezaba a impacientarse y vuelve a decirle al abuelo:

—Ay, abuelo, se me están pegando muchas estrellitas y me pican mucho.

El abuelo hace un alto y voltea a ver al chamaco. ¡Cómo no estar impaciente! Ruly tenía las calcetas tupidas de cadillos.

La vieja choza en el “rough”

En las orillas del ‘rough’, había una casita abandonada y derruida. Una mañana se llevó don Raul a su nieto Ruly para mostrársela y se le ocurrió inventarle una historia.

“La historia se la inventé para callarlo —dijo don Raul—, a este cabrón no le paraba la boca.”

Empezó diciéndole que antes de existir el campestre, el lugar era una zona virgen pero que había gente viviendo en pequeñas chozas, como la que en ese momento veían a lo lejos. Continuaron su marcha, acercándose a la derruida construcción, y continuó la historia diciendo: “dicen que aquí vivía una vieja bruja”.

—Oye abuelo, -le interrumpe el nieto—¿tú tienes miedo? Es que yo, hay veces que amanezco muy valiente y otras veces, amanezco muy cobarde.

El viejo se detuvo. Sabía lo que el chico le estaba comunicando, pero quiso asegurarse.

—Ah, ya veo. ¿Y como amaneciste hoy?

—Muy cobarde, abuelo. Muy cobarde.—contestó Ruly.

—Bien. Entonces dejemos esto para otro día que amanezca muy valiente.

Y así, cambiaron la dirección de su caminata mañanera aquel día en el campestre de Reynosa.

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