Lo más cruel que un hombre puede vivir es tener su espíritu roto. Trabajar intensamente y volver a casa con los bolsillos vacíos. En esos días negros, me vi forzado a vender cada pieza de chatarra de acero, plástico y papel que encontraba en mi casa.

Solo unos pocos centavos por un día completo de trabajo; muy poco para sobrevivir

Los «malitos» lo tenían mucho más simple; el crimen en la ciudad se desenfrenó. Simplemente tomaron la ciudad sin que la policia pudiera hacer nada.

Mi cliente no era un hombre tan honesto.

Yo había trabajado tan duro para hacer que su negocio tuviera éxito y todo lo que había obtenido en recompensa era que mis pagos se retrasaran; en los últimos días de nuestra relación comercial, simplemente dejó de pagarme.

Flores me contrató originalmente como su consejero de negocios. Quería hacer crecer su empresa y convertirse en exportador. Tenía un plan y lo tenía todo escrito con fechas y todo eso. «Ayúdame a levantarme y creceremos juntos. Sé mi socio», dijo. Fue tan convincente y yo me dejé llevar por su entusiasmo. Acepté. No firmamos contrato. (¡Qué estúpido, lo sé!).

A la vuelta de los cuatro años, el negocio había generado tanta ganancia que el dueño viajó por el mundo, se divorció y compró tantos juguetes para adultos como siempre quiso, incluido una rubia que llegó a ser su amante y acompañante en todos los asuntos sociales futuros.

Yo supe que nuestra relación comercial estaba llegando a su fin cuando él comenzó a cerrar acuerdos de los que no me informaba. Ofertas multimillonarias que mantuvo alejadas de mí; el tipo de ofertas que nunca hubiera le habría recomendado firmar. Todas ellas terminaron mal; casi quebraron las débiles finanzas de la empresa. No parecía importarle.

Pasé noches pensando en las formas de llevar la compañía a flote. Discutí mis ideas con él, pero no las escuchó. Era hora de pensar en romper, pero todavía tenía que pagarme las comisiones pendiente. Era una suma suficiente para pagar toda mi deuda. Decidí quedarme; tal vez me pagaría pronto.

La tarde de aquél frío dia de marzo de 2011, regresé a mi oficina después de mi cobranza diaria. La planta estaba desierta; adentro, mis compañeros tenían esa mirada de que algo malo había pasado. Pregunté. Todos ellos tenían diferentes versiones de un intento de secuestro del padre del dueño, pero todos coincidieron en decir que los hijos salileron persiguiendo a los supuestos secuestradores. Todos equipados con armas de alto poder.

No podía creerlo. Me apresuré a tomar mis cosas y volé lejos de ese lugar.

Al salir, pensé que no debería volver; era el momento de decidir si me apegaría a mi idea desesperada de cobrar mis facturas, o simplemente olvidarme de ese dinero para siempre.

No volví.

Pasados los dias, recibí un mensaje electrónico del dueño: «Mario, hace días que no vienes a la oficina, ¿puedes explicar qué pasa?»

Le respondí con mi renuncia adjunta y mi relación comercial con su empresa terminó ese mismo día.

Aceptó mi separación sin mas discussión y prometió que me pagaría hasta el útimo centavo que me debía.

Era una vana promesa, yo lo sabía muy bien .

Continué mi camino independiente. Mi empresa tenia otros clientes y un producto muy demandado. Me enfoqué en ello muy confiado hasta que cometí un error estratégico.

Continua en Como Perder Cien Mil Pesos

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