Mientras crecen y aprenden a ser educados, los hijos te hacen pasar tales vergüenzas…

Desde que nos casamos, habíamos acordado que los fines de año alternaríamos nuestras visitas entre los abuelos, en Reynosa, y mis hermanos, en Monterrey. Así, pasábamos a veces la navidad, a veces el fin de año en casa de los abuelos.
La tía Irene, hermana de mi suegra, acostumbraba juntar monedas americanas a lo largo del año para luego regalárlas a sus sobrinos. Eran entonces, seis sobrinos, todos hombres. Acomodaba las monedas en pequeños cofrecitos y los ataba muy bien con listones azules. «Yo soy muy mala para andar escogiendo regalos», decía la tía, «mejor les doy dinero y que se compren lo que ellos quieran».
Se acercaba la navidad del 2004, ese año tocaba Navidad en Reynosa. Yo tuve que trabajar hasta el mediodiía de la víspera por o que salimos ya tarde hacia la casa de mis suegros. Como es costumbre en las buenas familias y, como bien conocemos a nuestros vástagos, en el camino les dábamos recomendaciones de como habrían de saludar educadamente al llegar allá, pues ya habría mucha gente en la casa.
Pusimos especial atención en Mayín,, siendo el más pequeño, había que enseñarle los buenos modales.
«Cuando bajen del auto, lancen un saludo general al aire y luego van corriendo a abrazar a sus abuelos», dijo Nora.
«Asi es», agregué, «Y lo más importante, no pregunten qué les van a regalar. Es de muy mal gusto. Esperarán hasta que el abuelo de la señal de abrir los regalos y lo hacen ordenadamente».
Los chicos preguntaron si la tía Irene volvería a darles monedas. Para ellos era una aventura llevarlas al banco a cambiarlas por billetes de dólares que luego gastarían en McAlllen.
«Si», dijo Nora, «ya me dijo que son como cincuenta dólares en cada cofrecito. Hay uno para cada sobrino»
Pues así íbamos dando instrucciones a nuestros pequeños y el tiempo nos pasó tan rápido que ya divisábamos el 30. Ya solo nos quedaban veinte minutos de viaje.
Cuando llegamos a la casa de Tita, la abuela, en efecto ya casi todos los parientes estaban alli. Aparqué mi auto en la cochera -por que siempre dejaban ese espacio para nosotros- y descendimos. Mis hijos primero que todos.
Tal como lo indicamos, corrieron a saludar a sus abuelos. Mientras, yo bajaba el equipaje. Después de instalarnos en la recámara grande nos reunimos en la sala con todos los asistentes. Todos estaban muy contentos. Irene, que le gusta mucho «sonzear» con los niños, empezó a hermosearlos: «Qué bonito trajecito». «que guapo vienes», «¿a quien quieres más?’ y cosas así.
Donde le toca juguetear con Mayín diciendo «qué alto y que chulo estás Mayín», a lo que el chiquillo de cuatro años responde: «Si, si…¿y el dinero?»
¡Bueno para poner en vergüenza a sus padres!
Bueno, les causó tanta risa que fué la anécdota más contada por varios años. Irene descontinuó su costumbre de poner en cofrecitos su obsequio cuando crecieron sus sobrinos, pero aún les regala dinero ocasionalmente.




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