Mi juventud en libertad.
Esta anécdota la cuento repetidas veces por un lado, por ser verdadera, y por el otro, porque aquél día fué un momento decisivo para definir al adulto en que me quería convertir. Era el momento preciso y hube de hacer cambios drásticos en mis hábitos y en aquellos que se habían creado en mis amigos. Romper un hábito es tan sencillo como decir ¡hasta aquí!
Dicen que «el que entre lobos anda, a aullar se enseña»; pero, aunque uno no se junte con nadie, viviendo en uno de los descuidados pueblos fronterizos, qué más puede uno hacer, que no sea ver deportes en la televisión y tomar cerveza. Aparte, cuando eres joven – 15 a 25 años – estás en el etapa social. No puedes evitar integrarte, a menos que seas un inadaptado.
Mi «depa», el punto de reunión.
Desde 1985 renté un departamento amueblado allá por a colonia Longoria, en Reynosa, Tamaulipas. El rentero era un hombre ya grande, de unos cincuenta o más años; por su apariencia, la primera impresión que ofrecía en ese entonces, era de confianza e integridad. Pues resultó ser tan solo un viejo uraño y aprovechado. De todas formas, el departamento ofrecía un lugar seguro y fresco al cual llegar después del trabajo, y eso era suficiente para aguantar las condiciones del rentero; una de ellas: reservarse el derecho de acceso; es decir, poder entrar cuando se le pegara la gana.
Mi departamento, el número ocho, era el mejor ventilado con sus dos ventanas opuestas, el viento circulaba con libertad, refrescando dentro de lo posible. Claro, en invierno, era el más frío. Al abrir la puerta principal se podía apreciar lo pequeño que era, pero a la vez, lo placentero. Tenía dos camas, entrando a mano derecha, una mesa de televisión y un sillón individual, sobre un bonito tapete de un solo color, y al fondo, otra puerta de acceso al patiezuelo donde estaba el lavadero, calentador de agua y el tendedero. Poco antes de la puerta del patio, una diminuta cocineta con estufa de dos parrillas, refrigerador y fregadero. Al centro, un comedor para dos personas. A un lado de las camas, el baño, con un clóset muy amplio ambos, Ese era mi refugio, mi departamento de soltero. No necesitaba más.
Al frente de la puerta principal estaba un corredor con piso de concreto, burdo y sin acabado, que daba directamente a la calle bajando por una escalera; los departamentos estaban en el segundo piso de una ferretería. Esa ferretería era el negocio del viejo. Allí se le entregaba nuestra correspondencia -que por cierto, tambien leía-. Ese corredor, si aún existe, puede contar muchas historias increíbles.
Mi depa era motivo de burla entre mis amigos, -por lo pequeño-, pero les encantaba, no salían de alli, también ellos se sentían libres y cómodos en ese lugar. Todos los viernes, si no había otro plan, los cuates sabían que podían llegar y pasar un rato agradable en una reunión improvista. Cada quien tenía su forma característica de llegar:
—¡Pinche Mario Vidaña! —Así se anunciaba Víctor H., «el güero», el veracruzano nalgón.
—¡Mi Vida!—, el grito de Víctor Salinas que ponía en alerta a mi rentero que pensaba que Víctor y yo éramos pareja. ¡Ja, ja, ja!
—Buenas tardes, disculpe, ¿se encuentra Mario? —, ese era René, el más educado y que vestía con más propiedad que todos.
En otras ocasiones, alguien tocaba y, para avisar quien era, sin mencionar palabra, solo golpeaba las cuatro botellas de cerveza que cargaba en sus manos. Cuando abría yo la puerta, el joven aquél mostraba ya su enorme sonrisa doble, una con sus labios, la otra con sus ojos. Era mi buen amigo, compañero de siempre y vecino, Adolfo. Era un bebedor responsable, “dos cheves, na’mas para calibrarnos”, decía. El conocía muy bien sus límites y sabía cómo convivir con los bebedores sin tener que hacerles la par. Sus visitas eran, como decían entonces, «de cajón» pues, siendo mi vecino, no le costaba más que caminar por el dichoso corredor. El ocupaba el departamento seis. Los cuates siempre se preguntaban el por qué no vivíamos juntos, si los depas tenían dos camas cada uno; bueno, la razón de peso era que habíamos sido educados de forma muy diferente; yo me llevaba muy bien con el, pero no congeniaba con sus modales y su forma de pensar, ni actuar. Sin embargo, el siempre estaba allí, cuando lo necesitaba. Era como el amigo fiel que uno no se percata de tener.
¿Qué hacer en Reynosa los fines de semana?
Uno a uno iban llegando a mi depa los viernes. Unos llegaban cargados con cerveza, otros con hielo en sus hieleras; cuando iban chicas, estas llevaban bocadillos -sandwichitos, queso, rollos de jamón y mariconadas de esas-, y cuando nó, pues puros fritos y botanas de paquete. Pero eso era mas que nada cuando la reuión sería allí y nada más. Cuando solo eran cervezas, -cuidado-, era indicativo de parranda larga.
Asi es, mi depa era el punto de reunión. Allí, se calibraban las gargantas y los ánimos. Ya nomás nos poníamos alegres y empezaba el famosos «rol», de subirnos al auto, para irnos en bola a la colonia Petrolera, a «tirar rostro». El estéreo del auto a todo volúmen, vidrios abajo y luces internas prendidas. Eramos monos de parador. Y allá andábamos, cuando aventar un piropo no era considerado acoso sexual.
—¡Ay güera! Si me muero, ¿quién te encuera?—Si, ya sé, muy corrientes; pero, pues eso era lo que hacíamos en ese pueblo olvidado de Dios y poseído del Diablo.
Otra opción era visitar las discotecas, solo habían unas cuantas. El Dragón Rojo y El Camichín eran para todo el pueblo de abajo, sobretodo, este último. También estaban el Zodiac y La Concha y El Imperial Bar, que era a donde íbamos con más frecuencia por estar más a nuestra altura. Otra mas, El Zodiac, para los riquillos, al cual tambien íbamos de vez en cuando para conocer al ganado. Dejamos de ir a ese sitio -allá por 1988- cuando empezamos a ver chavos despilfarrando dinero y buscando bronca por el más mínimo percance. El ambiente nocturno de Reynosa empezaba a cambiar, para mal. No solo el Zodiac sufrió ese cambio, podía verse dondequiera.
En esos días era mejor y más seguro reunirse en casa de alguien, y eso hacíamos. Cuando nos aventurábamos en las discotecas teníamos que andarnos con mucho cuidado de no fijarnos en las novias de algún narco o nos las veríamos gruesa.
Había un jefe en la planta que le encantaba salir con nosotros; tuvimos que evitar su amistad pues desafiaba a su suerte muy a menudo. El no tenía cuidado con quien bailaba o a quien invitaba a salir. Un mal día, le tocó llevarse a la chica equivocada y…bueno, al siguiente día, su asesinato cubría la primera plana en El Mañana de Reynosa.
El día que motivó el cambio.
La situación en la ciudad era ya incontrolable. Los que ahí vivíamos y teníamos edad para andar en el relajo buscamos alternativas para divertirnos fuera de casa, una reunión en casa diferente cada semana fue la solución. Esas reuniones eran un programa de conversaciones y baile, siempre acompañadas con licores y cerveza al por mayor.
Mi sesión favorita era la de los chistes. Me encantaba reír con las puntadas de mis amigos. Yo nunca fui bueno para contar chistes pues me agarraba la risa y los dejaba inconclusos. Los que se reían, lo hacían contagiados por mis carcajadas.
No sé cuando empecé a dejarme llevar por los efectos del alcohol. La ingesta de dos o tres cervezas me iniciaban a un estado de placer y despreocupación que me era placentero. Si, eran momentos para disfrutar únicamente de la compañía de amigos, sus anécdotas y sus ocurrencias. Los problemas del trabajo, apuros económicos, tragedias familiares, nada interfería en esos momentos, ¡era pura alegría!
Y no es que me gustara mucho el chupe, sino que, de no hacerlo, no faltaba quien me dijera:
—¡Chúpale, pinche Mario, no te hagas güey! Era el temor de que alguien que no anduviera en los mismos humores fuera después a delatarles.
No es cierto que el borracho no recuerda lo que hizo bajo el efecto del alcohol. Bien que queda todo grabado en la memoria.
Así pues, un día, después de una horrible borrachera dominguera, sin más propósito que el de distraerse ese fin de semana, amaneció el lunes sin darme tiempo de darme un baño para ir a trabajar, decidí irme como estaba.
Tenía mi oficina una asistente general, Eva, muy eficiente y preocupada por todo y por todos. Al verme, inmediatamente me sugirió que me fuera a casa.
—¡Mira cómo vienes, Mario! Así no puedes trabajar. Vete antes de que el jefe te vea. Te reportaré enfermo.
Salí de la planta con un cielo aún oscuro. Cuando llegué a mi departamento, el alba ya clareaba y unos rayos escarlata anunciaban la llegada del astro rey. Subí la escalera y caminé por el corredor para llegar a mi puerta. Busqué la llave y me dispuse a insertarla para abrir. En ese momento, el primer rayo del sol incidió en mis ojos lastimándome y disparando una terrible migraña. Un incómodo sentimiento me agobió y, mientras entraba para recostarme, una voz interna me reprendía:
“Este no eres tú, Mario. ¿Por que te has dejado llegar a esta condición? Ahora ignoras la imagen que proyectas de tu persona?”
Me metí al baño a mojarme la cara, me embargaba un pesado sueño. Al levantar mi cabeza de sobre el lavabo, vi mi imagen en el espejo, ¡qué vergüenza! Mi piel lucia pálida, pesadas ojeras aparecieron en mis ojos, mi expresión lucia cansada y yo no pude más que sentirme terriblemente apenado por mi mismo y por quienes me habían visto así. Sentí coraje conmigo mismo. En ese preciso instante, me convertí en la persona que yo mismo había olvidado ser años atrás. Había despertado de un sueño, de una vida alternativa a la que había entrado por alguna extraña razón. ¿Sería la necesidad de sentirme incluido? ¿O la necesidad de tener compañía? Porque, sino, ¿que más podría yo hacer en ese remoto y aburrido espacio de este país!?
El sueño me venció y me sumergí en profunda narcosis.
Mientras tanto, en la fábrica, afortunadamente nadie más se había percatado de mi presencia o de mi estado. Eva me había protegido bien, pero al reportarme enfermo, provocó la preocupación del gerente de planta, quien salió a buscarme. Entonces Eva tuvo que decirle la verdad.
Cuando llegó a mi departamento a eso de las 3:00 PM, la hora en que normalmente cruzaba la frontera para regresar a su casa, me encontró ya despierto. Mi migraña continuaba y mi cerebro palpitaba al ritmo de mi corazón.
—Ya me contaron tu proeza— dijo el jefe a modo de reclamo.
—Si Fred, y créeme, no estoy muy contento conmigo mismo.
Vas a tener que cambiar tu proceder si deseas ascender, como lo anunciaste en la junta de planeación. Como gerente, tu responsabilidad con la empresa nos sólo es dentro de la operación, sino afuera también. Te convertirás en representante, un embajador de la corporación. Ya no podrás dejarte ver en tus parrandas ni en estas condiciones tan deplorables.
La imagen del cuerpo sin vida de Paul, cruzó por mi mente, recordándome a dónde le había llevado su comportamiento descuidado y cómo su deceso había afectado la reputación de la empresa.
—Estoy dispuesto a pasar esta ocasión por alto—continuó diciendo—, si veo que te comprometes a actuar como adulto responsable. Tienes veintiocho años, y se que eres muy joven, pero hay veces que la gente toma el camino de la madurez desde muy temprano en su vida.
Yo le veía a los ojos mientras le escuchaba con atención, apenado y con mis ojos y garganta irritados por el esfuerzo de aguantar el llanto de arrepentimiento. Fred se apercibió de eso y calmó el ambiente despidiéndose con una sonrisa y una fuerte palmada en mi espalda/
—Bueno, suficiente regaño por hoy, ja, ja; nos vemos mañana en la planta. Descansa bien y medita en lo que te dije. Se dirigió a la puerta y salió sin cerrarla. Lo alcancé. Cuando me sintió tras de él dijo,
—Dile a tu casero que no sea mezquino, que le ponga piso a este corredor.
El brusco momento del cambio
En aquella junta de planeación estratégica que Fred recordó ese día, un facilitador nos invitó a realizar un ejercicio de planeación de vida a corto plazo. En su introducción decía,
“Una empresa que ya tiene una visión y una misión definidas, no puede confiar la dirección a personas que no sepan hacia dónde van ellos mismos. Es como darle el timón de un trasatlántico a un marinero de agua dulce.”
Motivado por sus palabras y por mi firme convicción de ya estar preparado para ello, escribí mi plan en papel.
“Muy bien, amigos —continuó—, y ahora les comparto un gran secreto: cuando no compartimos nuestra visión o nuestros sueños, se nos hará muy fácil abandonarlos y no hacerlos realidad”.
Empezó a pedirnos uno a uno que compartiéramos lo que habíamos escrito en nuestro plan de vida de corto plazo.
Mientras mis compañeros compartieron planes como tener vacaciones familiares, adquirir un nuevo auto, y pintar su casa, yo intenté garabatear un plan falso alternativo a lo que había escrito originalmente. Llegó mi turno. Veía los dos planes, el falso y el deseado. ¿No será muy pretencioso después de lo banal de los planes de mis compañeros? Al fin me animé:
—Mi mayor proyecto a corto plazo es preparar a otra persona a para mi puesto…
Un murmullo se generalizó en la sala. Todos pensaron que estaba a punto de renunciar.
—…porque en seis meses pretendo ocupar la gerencia de calidad.
Todos reventaron en una burlona e incrédula carcajada. Parecía que había contado un chiste muy efectivo. Poco a poco la risa se apagaba cuando observaron que yo no reía.
“¿Hablas en serio, Mario?”, preguntó un amigo que estaba sentado a mi lado, “pero tú sabes que esos puestos están reservados para los estadounidenses “
—Bueno, eso fue de muy mal gusto— observó el facilitador, luego dio un discurso acerca del poder de los deseos, de la magia de los planes anunciados y esas cosas. Concluyó advirtiendo que llegaría el día en que como sociedad, respetaremos la diversidad de opiniones y proyectos de la gente.
El sábado de esa semana, mis amigos llegaron a mi departamento, como de costumbre. Al escucharlos abrir el portón que daba a la calle, abrí la puerta del departamento y me paré en el umbral, bloqueándoles la pasada.
—¿Que sucede?¡Hazte a la birdman!
—No. Hoy no habrá reunión en esta casa.
Todos se asombraron de mi proceder esa tarde. Mirándose unos a otros parecían haber pronosticado esa reacción como resultado de aquella sesión de burla masiva durante la junta de planeación.
—¿Es eso, Mario?¿Te enfadaste con nosotros por lo de aquel día?
Solo yo era el responsable de mis acciones. Mi reacción ese día pudo haber sido más educada puesto que ninguno de ellos era responsable de nada. Mi postura de cambiar mi conducta era decisiva, pero no tenía porque empezarla así. Pero ellos tenían razón, ese día eran dos eventos los que me habían hecho reaccionar de esa manera: el darme cuenta de la fina línea que había entre el apoyo que creía tener en mis amigos y la realidad. ¡Burlarse de esa manera! Lo único que consiguieron fue que deseara luchar por ese puesto con más ahínco. No necesitaban saberlo.
—No, no fue por eso. Es solo que he decidido ya no tomar.
Me retiré de la puerta y me senté sobre el sillón.
—Si quieren pasen, pero yo no tomaré nada.
Fingieron que me entendían y que me apoyaban, entraron, se sentaron, platicaron un poco y luego se despidieron llevándose sus cervezas. En silencio caminaron por el corredor y cuando llegaron a la calle lanzaron una carcajada burlona. Ya no me importaba.
Más tarde esa noche llegó Adolfo. Entró con sus cuatro cervezas, como siempre. Abrió las primeras dos y me ofreció una. La tomé. Era momento de aprender algo de él.
En esta vida hay que aprender a integrarnos en la sociedad sin perder nuestra personalidad e integridad. Cuando uno pierde su camino es porque solo procuró ser lo que los demás querían de él.
No dejes que la sociedad te marque el camino, define a donde quieres llegar y la ruta que tomarás para lograrlo. En el camino, haz tantos amigos como quieras o necesites, pero marca una línea entre sus hábitos y los tuyos, lucha por tus metas y celebra tus logros, porque de los fracasos a nadie podrás culpar más que a ti mismo.
De las discotecas de Reynosa:
- Periódico Hora Cero Tamaulipas. Reportaje de Anabel Lerma (2015) recuperado de https://horacerotam.com/local/solo-recuerdos-quedan





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