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Reynosa, MX. Sept 11, 1993.

Es sábado, mi esposa, ya esta en el quirófano y está siendo anestesiada.

8:30 AM

En una sala aparte, el Dr. Martín Gutiérrez me explica el procedimiento de una cesárea. “En caso de que te sientas mal, el Dr. San Miguel te ayudará a salir de la sala” me dijo.  En otra sala contigua, el  Dr. Montalvo y el Dr. Rosado se cubrían con ropas holgadas desde la cabeza a los pies. Se lavaron tres veces las manos, brazos y uñas. Igual lo tuve que hacer yo.   “Ya es hora” se gritan. 

El Dr. Gutiérrez me aconseja ponerme al lado de mis esposa y entretenerla con charlas que le recuerden momentos agradables.  Pasado un rato, venía ella en una camilla, cubierta y mostrándose un poco adormilada, bella e ilusionada por lo que estaba a punto de suceder. Temblaba mucho, por el efecto de la anestesia. Me senté a su lado desde donde podía ver todas las maniobras del cirujano.  A la primera incisión, ella se quejó de sentir la navaja. Sus  facciones se tensaron en rictus de miedo y angustia pero ella misma trataba de distraerse y dijo “le encargo a mi marido, doctor. La ultima vez que se cortó un dedo se estaba desmayando”. Los cirujanos voltearon a verme preocupados y San Miguel se puso mas cerca de mi, por si acaso.

Cuatro capas de piel, grasa y no sé que más fueron seccionadas hasta que, de pronto, unas manitas se dejaron ver por el transparente tejido del saco amniótico. Adentro, alguien estaba ansioso por salir.

Una última capa dejó ver una criatura. San Miguel me empujó y me recordó que llevaba en la mano una cámara. “Acércate, tu hijo está a punto de nacer…” Boquiabierto quedé un rato inmóvil, incrédulo de estar presenciando el nacimiento de mi primogénito. Empezaron a inducir la expulsión del producto oprimiendo con fuerza el abdomen de mi mujer, quien en ese momento ya estaba totalmente inconsciente. De pronto, una pequeña cabeza emergió de entre la masa de carnes.  Sus ojillos cerrados, su cuerpo mojado y en su cara, el gesto de quien aguanta la respiración de un ambiente de atmósfera desconocida.  

Un torbellino de emociones mezcladas me abrumaron de pronto. Quería llorar, reír, luego correr y abrazar a mi esposa, o salir de la sala y contar el milagro a quienes esperaban afuera. 

“Ándele señor, la cámara” gritó ahora una enfermera.

Solo entonces se empezó a escuchar el chasquido del obturador abriendo y cerrando sin aparente reposo. La misma enfermera me había arrebatado la cámara.

Tomaron al bebito por la quijada y la nuca y lo jalaron al exterior para terminar.  Fue en ese momento que, como diciendo “no jalen que descobijan” el niño tomó una bocanada de aire y con potencia emitió varios alaridos. “¡Qué pulmones de pela’o” gritó Martín. 

“Le salió güero, señor” dijo la enfermera. 

Rosado lo tomó en sus brazos, lo pesó, lo limpió y lo traslado a otra sala.  Sin dudarlo ni un momento, le seguí, olvidando a mi esposa.  Ella estaba en buenas manos.  El corte del cordón umbilical se realizó inmediatamente y, al momento, la enfermera dictaminó tipo A positivo.  La rutina de limpieza de flemas y cuerpo terminó con la impresión de una etiqueta que rezaba: JIMENEZ R/N  9:20 A. M.  CUARTO  110”

Regresé al lado de mi esposa. No salía yo de mi embeleso y, agradecido por el milagro, solo dije “Gracias, mi amor, nuestro hijo esta precioso” 

Rosado volvió con el bebé envuelto en un manto y se lo acercó a Nora, enseñándole sus genitales mientras exclamaba:

“He aqui la credencial, es puro macho” 

Una lágrima se escapó de los ojos de mi esposa deslizándose en sus pálidas mejillas. Sus labios se apretaron en un puchero que pretendía detener un grito de felicidad.  Era tan feliz como yo. Poco después llegó Nora al cuarto que le tenían asignado. Todas las Soberón esperaban impacientes y con ellas mi madre quien no aguantaba las ganas de tener en sus brazos al “quinto de mi quinto” decía. 

La noche llegó y Nora y yo nos prodigábamos con miradas tiernas y dulces besos una eternidad llena de amor junto a nuestros hijos. 

Patologías

 Raúl no había cumplido la semana de nacido cuando empezó a mostrar problemas respiratorios.

Desde el primer día, el bebé mostraba una coloración blanca cerca del lagrimal izquierdo. Además, el lóbulo derecho de la oreja estaba desproporcionado, el mismo pediatra Rosado nos calmó diciendo que era inflamación normal de nacimiento. Por fortuna, el lóbulo se recogió y, aunque el punto blanco en el lagrimal creció, el niño mostraba buena salud.

El bebé tenía un llanto era potente y se tomaba sus dos onzas de leche puntualmente. Para el día 15 de septiembre, el niño amaneció con aquel ojo rojo, como si hubiera recibido un golpe. Sin dilación, llamamos a Rubén Fernández, pediatra de nuestra mayor confianza, quien lo trató de inmediato. Horas después, un inesperado catarro le sobrevino y la generación de flema se acentuó al grado de impedirle la respiración.  Fue necesario hacerle un lavado a través de sus fosas nasales. El cuadro se tornaba crónico.

El doctor extraía cantidades increíbles de mucosa en cada sesión. El punto blanco se hacía cada vez más grande y lustroso, como si fuera a reventar. La respiración le era cada vez mas complicada. El doctor sabe que algo anda mal pero no lo puede diagnosticar con tanta patología. Se imagina un cuadro alérgico, solo que había que descubrir qué lo causaba.  

Decía, “si es el medicamento, no lo puedo suspender pues de lo contrario, la infección no cederá”

Para el día 19 de septiembre, Raúl necesitaba lavados cada 3 horas para poder seguir respirando.

El Dr. Montalvo, que estaba de guardia, practicó el último esa madrugada a las tres de la mañana. Efectuó el lavado una y otra vez hasta que ya no pudo extraer nada. Esa noche quise aplicarle el Augmentín pero sacó fuerza para rechazármelo. No se lo apliqué entonces. El resto de la noche la pasó muy tranquilo.

Durante la noche, Nora se levantó cuando escuchó que el pequeño se quejaba. Con la bombita, limpió sus fosas nasales y, de pronto, alarmada, me despertó:

“¡Mario, mira!“ Me mostró una mucosa  de color marrón, “la saqué de su naricita”.  

Mas dormido que despierto, solo atiné a decir,

“Ah, ése es el mal; ya va a estar bien nuestro bebé. Duerme y  descansa tu también”.

En efecto, a partir de esa noche, el niño durmió por períodos más prolongados; la inflamación del ojo desapareció y poco a poco el ojo recobró su color natural. Cuando amaneció aquel dia, tomé en mis manos el pañuelo donde Nora había usado para limpiar la nariz del niño. La mancha seca del moco, tenía la figura de un gusano con ojos negros.

Una secuela de gripe le quedó que no pasó a mayores.  Mas tarde Rubén se dio cuenta que la leche NAN le provocaba cierta alergia y la cambió por Nursoy.

Desde entonces la salud del niño mejoró en gran medida.

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