
Monterrey, Nuevo León. Septiembre 2, 1999. 11:45 Nace Mario, en el Hospital y Maternidad Conchita pesando 3.6 kg y una estatura de 0.53 metros.
La madrugada del 2 de Septiembre, me despertó un ruido de trastes en la cocina. Era Nora preparando los biberones para el nuevo bebé.
Despreocupadamente me avisa que está teniendo dolores de parto y que había decidido prepararse. Rápidamente desperté a los niños. Mi suegra se imaginó lo que pasaba y se levantó presurosa. Todo estaba listo para partir. No sabía cuanto tardaríamos en regresar. Subieron todos al auto y yo cerré la casa.
Un grito desesperado se escuchó desde adentro “¡Falto yo! Aquí estoy adentro!”
Era Nora que había entrado al baño cuando yo la creía ya en el auto. Indudablemente, el nerviosismo me tenía abrumado.
¿Cómo que dolores de parto? Yo tenía que llamar a la ginecóloga Martha Orozco y avisarle al pediatra Armando Romero para que llegaran al mismo tiempo pero, antes de que yo despertara siquiera, Nora ya lo había hecho todo por mí. Bueno, un hombre nunca sabrá lo que son los dolores de parto pero seguro estoy de que dan miedo.
En la clínica ya todo estaba dispuesto. El Dr. Antonio y Martha se preparaban. La anestesista, una mujer robusta y agresiva me retaba a ser valiente. No sabía que ya había presenciado dos cirugías antes de esta. La ginecóloga estaba muy emocionada pues, meses atrás, ella misma no estaba segura si el pequeño se salvaría o no.
El Renacuajito.
Durante los primeros días de gestación, el feto dejo de mostrar signos de vida por un par de semanas. En nuestra primera visita era un pequeño renacuajito bailarín, y de pronto en otra cita, dejó de bailar. Ordenó ella pues que Nora guardara absoluto reposo a la vez que se le administraban vitaminas y reconstituyentes. Fue larga la espera.
Nora parecía enloquecer por tener que estar acostada, sin poder hacer nada más que reposar; debió haber sido un infierno para ella.
Cuando el feto volvió a moverse, Martha exclamó con gozo “¡Aleluya!”.
Ese dia de la cirugía, mi cámara no dejó un momento de grabar. Era mi primer Sony SVHS profesional con la que hice varios trabajos en bodas, e incluso un video para unos rockeros locales.
Nació pues nuestro niño. Era de piel un poco más oscura que los anteriores, y ya lo había dicho yo,
“si nace prieto, lo mando a Comales, N.L.”.
El Dr. Antonio lo envolvió y se lo mostró a la gente que esperaba noticias afuera de la sala, antes de pasarlo a los cuneros. Por la ventana de esa sala pudimos observarlo; lo habían puesto muy pegado al cristal, podíamos apreciarlo muy bien. Había muchos nacimientos ese día y costaban a los recién nacidos en parejas en los escasos cuneros.
Nuestro bebé fue puesto junto a otro muy, pero muy moreno. Mi hijito se dio la vuelta hacia un lado del cunero, dándole la espalda, como si evitara el contacto con el otro bebé. Desde el otro lado de la ventana, yo jugaba diciendo
“Mi voy mover, no quiero si mi pegue lo pieto”.
Poco a poco, el color de su piel se fue aclarando y llegó a ser tan blanco, o quizá más blanco que sus hermanos y solo una mancha que se alojó entre su pecho y su garganta quedó como vestigio de su color de nacimiento. Al llegar a la casa, los niños Raúl y Adrián querían hacer una película y me pidieron la cámara de video. Yo accedí removiendo el carrete con la grabación recién hecha en el hospital y saqué uno nuevo. Al cargar la cámara con la nueva cinta, equivoqué el carrete nuevo y puse el del bebé. No quedó registro fílmico de ese nacimiento a causa de ese error, pero no hay nada igual a repasar los momentos del alumbramiento con los recuerdos que se quedan en mi memoria.
El tratamiento de vitaminas que se le aplicó a su madre durante la gestación, le otorgó buena salud.
Para Mario la salud no ha sido problema, de hecho, puedo decir que el ha gozado de la mejor. Una de mis primeras dudas sobre su estado de salud, vinieron cuando empezó a gatear. Como era costumbre ya, Nora y yo dejábamos a nuestros bebes explorar la casa con libertad.; subir y bajar escaleras -con nuestra supervisión- y usar su boca para conocer texturas y sabores de las cosas.
Un día, en su ruta ascendente hacia el segundo piso de la casa, le llamé varias veces preguntando
“¿no te caes, hijo?”; no recibí respuesta en ninguna de ellas.
Me preocupe y me acerqué para sonar mis palmas más cerca de él. En ninguna ocasión pareció importarle. No obstante mi preocupación, nunca lo llevamos a revisar pues notamos que tenía un natural desinterés por las cosas que pasaban a su alrededor, si estas no estaban en su plan del día. Eso, continua siendo cierto a la fecha.
Siendo un bebé que ejercitaba ya sus primeros pasos, estábamos en el parque y él nos seguía por detrás; en una pérdida de equilibrio, cayó al suelo. Al verlo, nosotros solo observamos que se incorporaba solito y continuamos nuestro paseo. Un poco más tarde, eché un vistazo de reconocimiento y observé una de sus piernas ensangrentadas de forma alarmante. Me acerqué para ver de cerca y este tenía la rodilla abierta, quizá por la herida de un vidrio o una piedra filosa. Buen susto me dio porque en la herida, alcancé a ver tejido graso que confundí con la rótula. Corrimos a casa para lavarle y curarle; afortunadamente no pasó a mayores pero, la marca de este descuido aún se aprecia en su rodilla.
Mayín, como empezamos a llamarlo, fue un pequeño muy feliz. Con cierta fascinación por las cajitas musicales que su madre ponía en Navidad cerca del pino. Las activaba y luego se balanceaba de un lado a otro al ritmo de la melodía. Un día se inclinó tanto hacia un lado, que perdió el equilibrio. A partir de ese momento, se hacían bromas relativas al tamaño y peso de su cabeza. Su tío Ismael, que visitabamos en Zapata, Tejas, con frecuencia, fingía no verlo cuando llegábamos y decía,
«Mayin se quedó atorado en las calles de Mier», insinuando que su cabeza era mas grande que el ancho de las avenidas del pueblito aquel.
El paso del tiempo confirmó su increíble estado de salud. Nunca requirió de un médico para otra cosa que no fuera un simple resfriado o los males comunes de la infancia.




Deja un comentario