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Era mi segunda experiencia. Yo estaba realmente preocupado por la posición que mostraba el niño desde los primeros radiogramas. El doctor siempre me tranquilizó diciendo,

“el niño así se siente a gusto, no hay que temer”.

 Mi miedo provenía de la ignorancia sobre lo que le había pasado a mi hermano Fernando; siempre temimos los hermanos, por una herencia genética de aquel padecimiento. Nuestro hijo, siempre salía aventando su cabeza hacia atrás, de la misma forma que hacía hermano.

” Te aseguro que el niño viene completamente bien” decía el doctor ante mi insistencia.

23 de Noviembre, 1996. 10:20 Hrs. Reynosa, Tamps.

No podía creer que se hubiera programado cesárea nuevamente; ¡pobre mujer!  

Ya estábamos en la sala, después de seguir el ritual médico de vestido y limpieza. Esta vez Martín Gutiérrez y Rubén eran los médicos a cargo. Nora ya estaba lista; yo, con mas experiencia, sujetaba mi nueva cámara de video listo para filmar el proceso completo de la cirugía.

Todo iba bien hasta que de pronto, los aparatos empezaron a emitir pitidos de emergencia.

Los médicos también se alarmaron y el anestesista se veía realmente preocupado.

“Todo está bien Mario, no te vayas a asustar” dijo Martín, tratando de ocultar su espanto por la situación.

Una máscara de oxígeno le fue colocada inmediatamente a mi esposa y un medicamento inyectado logró que la alarma cesara. Cuando sus signos vitales volvieron a la normalidad, la cirugía se apresuró. Los médicos sabían que tenían que sacar al niño antes de que los medicamentos llegaran a afectarle.  

El procedimiento siguió su curso y al fin, una linda criatura amoratada emergió de las sangrantes entrañas de mi agobiada esposa.

Un silencio inusual, caras largas de los médicos y las miradas discretas de las enfermeras me anunciaban que algo le ocurría al bebé: No parecía respirar ni tener vida.

“¡Rubén!” grité.

“Vamos, conserva la calma. Esto sucede muy a menudo y siempre sale todo bien”

El pediatra empezó a frotar el corazoncillo del bebé y aplicó oxígeno con una mascarilla. El niño no respondía.  Inició el proceso de limpieza de flemas, notándose un poco preocupado y sin quitar la vista del bebé.

“¡Mi esposa, ha de estar preocupada!” dije,  como queriendo alejarme de ahí, temiendo una mala noticia.

“¡Cof, cof!” se escuchó de pronto. ¡Era el chamaquito que había reaccionado a los cuidados del médico!

“¡Eso!” exclamó Rubén, animando a la criatura a luchar por su vida.

Yo no dejaba de filmar cada paso que daba el pediatra. De nuevo, había dejado a mi esposa en manos de Martín, por un temor natural, creo yo; solo mientras me aseguraba que mi niño estaría bien. El proceso de primeros cuidados del bebé continuó con un Rubén más tranquilo y más comunicativo.

“La verdad, Mario, es que los medicamentos alcanzaron a llegar al niño. La anestesia fue mucha y lo deprimió. Gracias a Dios el güerquito viene muy sanito y lo pudo sobrellevar”.

Cuando lo llevaron a la habitación, Nora ya estaba recuperada y contaba su experiencia en la que sentía que dejaba su cuerpo por un instante.

“¡Es el último, Vidaña!” declaró con mucha seguridad.

Raulito, mi primogénito,  recibió un juguete ese día; “de parte de tu hermanito”, le decíamos. Según algunos psicólogos experimentados (mi suegra y las tías), era bueno hacer eso para mitigar un poco los celos naturales del niño ante la visita de un nuevo integrante que acapararía la atención de todos. De noche, cuando retiraron al bebé a la sala de cunas, me fui tras de la enfermera. Cuando lo colocó en su cuna, me quedé allí observándolo y platicando con él. Su piel ahora era rosada. Estaba despierto y volteaba a todos lados como explorando el lugar.  Desde allá, jugaba yo con él diciendo,

“¡Ah, cablón!…aquí afuela hay mucha luz y etá muy flío…”

La gente había recomendado ponerle más atención al primer niño antes que al bebé.

“El recién nacido no sabe nada, ni siente nada- dicen.

Lo dudo; pero cierto es que el primer hijo siente frustracion cuando un nuevo integrante de la familia le quita la atención de sus padres. Nora y yo lo creimos lógico y decidimos seguir el consejo.

Adrián despertaba sobresaltado desde que la fuerte música de una fiesta infantil le interrumpiera su sueño. Era muy calmado cuando estaba despierto y no sonreía por más gracias que uno hiciera. Raúl aún dormía con nosotros y al bebé, nos recomendaron acostumbrarlo a dormir sólo en su cuarto.

Una noche, preocupado por la indiferencia del bebé por lo que sucedía a su alrededor, pensé que aquellas prácticas recomendadas eran lo que provocaba en el bebé ese desinterés en sonreír, esa aparente infelicidad. Fui al cuarto del bebé, lo traje a mi lado y durmió con nosotros toda la noche. Inmediatamente empezamos a ver los efectos: Al niño le cambió el semblante, su mirada era más vivaz y sus primeras sonrisas se convirtieron en carcajadas mas adelante. 

Patologías 

Adrián también mostró cuadros alérgicos menores que le provocaban mucho moco y ronquera al dormir, pero no fue sino hasta finales de 1998 cuando su padecimiento se hizo crónico. Su ronquera era molesta y me pesa decir que, para corregirla, solo lo cambiaba de posición y lo colocaba casi sentado, que era como roncaba menos. Una noche, no pude aguantar mas escucharlo así. Lo tomé en mis brazos y le limpié sus fosas nasales; luego, observé cómo su pecho se hundía como jalando aire con dificultad. Eso no estaba nada bien. Desperté a Nora pidiéndole se vistiera, era necesario salir al hospital.

Llegamos al Maternidad Conchita y lo atendieron de inmediato aplicando un tratamiento para “crup”.

“Un poco más señor, y se queda sin hijo. El niño viene muy enfermito”, me advirtió la enfermera en turno.  (Siempre dicen asi).

Al siguiente día, la doctora nos recomendaba enviar al niño a revisión en busca de un cuadro alérgico. El curso natural de análisis del padecimiento, nos llevó a consultar a un otorrinolaringólogo pediatra pues, por el lado de alergias, ya se habían agotado los recursos. Este ultimo, descubrió una hipertrofia adenoidea. Era necesario operar pero, imposible hacerlo en un bebito de seis meses.

El mismo doctor convocó al consejo médico y los convenció de la urgencia de intervenir al pequeño de inmediato. Se programó cirugía y en un solo día, su problema se solucionó para siempre.

El niño empezó a mostrar mas energía, demandar mayor atención; luego, se convirtió en un torbellino que nos quitaba las fuerzas a Nora y a mi.

Nunca nos arrepentimos, era mejor así que tener un niño deprimido por un padecimiento.

Al paso del tiempo, su energía la gastaba en deporte que se encausó hacia el soccer y la caza diaria de poderosos pokemones, una ardua faena que, invariablemente, terminaba en:

“Papá, ¿me potas una coquita y unas papitas?” 

“La hipertrofia adenoida reduce el espacio por donde el aire (que ingresa por la nariz) hacia la laringe y tráquea. Esto lleva a los niños a respirar por la boca adoptando la cómoda postura del respirador bucal”

Doctor Buenfil

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