Mi juventud en libertad.
1986. Reynosa, Tamps.
¿Que hacen los jóvenes en un pueblo donde no hay más que hacer que reunirse en grupo y disfrutar la mutua compañía? Pues reunirse en grupo y disfrutar la mutua compañía.
La gran diferencia de una ciudad capital y un pueblo, es la variedad de actividades que se pueden realizar incluso individualmente. Monterrey, por ejemplo, ofrece una distracción para cada gusto diferente: Discotecas para ir a bailar los fines de semana, restaurantes de todo tipo, áreas de recreo como parques y bosques, teatros, estadios,…
Mientras que Reynosa, Tamaulipas, contaba con unas cuantas discotecas diminutas llenas de obreros y otras más “nice”, llenas de chicos fresa. Yo estaba en medio, sin ánimo de hacer amistad con los ricos, y mucho menos con los pobres; por un lado, era mucho más fácil hacer migas con los pobres, porque de los ricos, habría que tener tacto para toparse con las personas adecuadas. ¿Me entiendes? Una mala elección y te veías involucrado en asuntos sucios. Los ingenieros de las maquiladoras preferíamos cortar por lo sano y organizábamos nuestras propias discotecas, cada vez en lugares diferentes, en la casa de alguno de nosotros. Ese era el pan de cada viernes después del trabajo; ya sabíamos, eran las amigas de siempre, los cuates y los invitados, “los nuevos”.
Para ese entonces, mi madre ya había llegado a vivir conmigo. Nunca entendí qué motivos tuvo para venir a Reynosa y dejar solas a sus hijas más pequeñas. Mira que cambiar la ciudad capital de Nuevo León, para venir a un descuidado pueblo fronterizo, tan olvidado por su gobierno municipal era realmente incomprensible.
Los chicos de entonces andábamos en nuestros 20-25 años. Lo mejor de esos días era andar “libre”, es decir, sin el compromiso de una novia; éramos más libres saliendo con amigas con el deseo y la disponibilidad para todo tipo de aventuras. Lo malo es que sin novia, también eres blanco de tentaciones, cuestionamientos y propuestas incómodas de otros hombres.
Sucedió que uno de aquellos fines de semana, me pasé de copas y ya la visión se me nublaba. La reunión ese día, se realizaba en casa de los “foráneos”. Era extraño llamarlos así cuando todos en el grupo veníamos de diferentes partes del país. Estos eran cuatro chicos nuevos, ingenieros que se juntaron para poder pagar la renta de una casa decente en la colonia Bermúdez. Uno era de Monterrey, otros dos de Chihuahua y el otro, de Tampico. Uno de los de Chihuahua y el de Tampico, eran personas muy educadas e íntegras. Sus modales eran un reflejo de una estricta y entregada formación cristiana y de alto nivel social. Pero bueno, nada de eso manda en los deseos del corazón.
Yo sabía mi límite, pero esa noche, más inmerso en el deleite del baile y la agradable compañía de las chicas, me sobrepasé. Percatándome de eso, decidí escabullirme y tomar mi camino de regreso a casa.
—¿A donde vas, Mario? No te puedes ir así, podrías tener un accidente— advirtió Yázbek, el chico tampiqueño de piel blanca y ojos claros serenos. Se dejaba crecer su negro bigote para no parecer tan joven, decía que de no tenerlo, nadie lo tomaría en serio. Habíamos hecho buena amistad desde que llegó a trabajar al departamento de ingeniería de calidad. Era un deleite charlar con él, con su acento grave y el tono de señorito de hacienda con el que hablaba.
—Estoy bien- contesté
—Posiblemente, pero no tengo confianza en dejarte partir en esas condiciones. Quédate, te preparo mi cama.
Bien podía quedarme esa noche, y no acepté. Yo pensaba en mi madre. Como todas, ella no dormiría tranquila si no me escuchaba regresar a casa. Todavia tenía tan fresco el recuerdo de aquella pesadilla suya en la que me vio ser golpeado violentamente por unos bandidos; cualquier retraso mío la pondría irremediablemente a pensar en las posibilidades de que su pesadilla se hubiera hecho realidad.
—No, no quiero incomodarte—respondí.
—Es una cama grande, no te preocupes, cabemos los dos cómodamente— aclaró, como si eso hiciera más atractivo el quedarme.
—Más que nada es por mi mamá; si no regreso, no quiero imaginarme lo que pensará: que me agarraron y que amaneceré muerto, tirado por ahí…
—Creo que se sentirá más segura sabiéndote resguardado, lláamale por teléfono. Quédate…—volvió a sugerir.
Su insistencia y mi embriaguez casi me hacen ceder y, con determinación, le aclaré que no me quedaría. Hizo un marcado silencio, puso su mano en mi hombro y ahora, con voz más tenue, cambiaba su sugerencia por un apagado ruego,
—Quédate esta noche, conmigo.
¡Carajo! Era mi cuate, yo lo estimaba no solo por las charlas que compartíamos y las juergas que organizábamos, sino porque disfrutábamos ser amigos. Nunca pensé que su amistad conmigo tuviera otra intención. Lo vi a los ojos, luego lo abracé y en tono de reclamo, con un susurro le dije:
—¡Eres mi hermano, cabrón! Así te quiero.
Deshice el abrazo y de nuevo le miré fijamente mientras me retiraba. Me hizo una mueca amable, no supe deducir si era decepción o aceptación. Una lágrima rodó por su mejilla. Se la secó inmediatamente. Yo subí a mi auto, desde allí, solo pude observar su silueta y el tenue fulgor de su cigarrillo que enrojecía con aquella resignada aspiración.
Minutos después, llegaba a mi casa. Cuando abrí la puerta principal, observé a mamá que se desvelaba viendo una película en televisión. Me sonríe y dice:
—Hacía años que no veía esta película. Ya se acabó.
Apagó el televisor y se fue a su alcoba. Ya estaba tranquila, ya había llegado su hijo.





Deja un comentario