Si te vas a reir de alguien, que primero sea de ti mismo.

— Bakalous

Cuando recién me casé, mi esposa y yo disfrutamos mucho nuestra nueva casa. Todo era nuevo, olía a nuevo y se veía nuevo. Con el paso del tiempo nos hemos propuesto mantener las cosas como nos gusta, con color, con buen olor, buena apariencia en general. Pero hay un lugar en la casa en el que las cosas han permanecido igual por muchos años, es el baño.

Hace unos días, nos dimos cuenta de que las toallas ya necesitaban reemplazo y nos fuimos a Walmart a comprar un juego para poder deshacernos de las toallas viejas de nuestro baño que ya se estaban deshilachando.

El primer dia que las empezamos a usar, me di cuenta de que había una muy buena razón para no cambiarlas tan seguido.

Me bañé para irme al trabajo, como todos los días. Me sequé disfrutando del olor a nuevo, de la suavidad y del poder secante de mi nueva toalla. Me vestí y luego me monté en mi auto rumbo a la oficina. Mi oficina es fría, tan fría que pareciera invierno allí adentro, de manera que la necesidad de ir al baño a orinar me llega muy frecuente.

Y pasó que, en una de esas vueltas al baño, al bajar la cremallera de mi pantalón para iniciar mi evacuación urinaria, saltó fugaz un conejito blanco. “¿Dónde compré este rabito?” me pregunté.

A las toallas nuevas, amigos, las fábricas le dejan su felpa esponjada para hacerlas más atractivas. Al frotar la toalla contra tu cuerpo, para secarte, esa felpa se desprende y queda pegada a la piel mientras esta sigue húmeda. Nada grave, si frotas tu piel con la palma de tus manos, esa felpa pegada se desprende fácilmente. Pero, si no lo haces, acostúmbrate a ver plastas peludas en los lugares más increíbles de tu cuerpo.

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