Hubo un tiempo en el que Nora pidió ayuda para cuidar a los niños. Y es que, para cuando nació Mario, Adrián ya había crecido suficiente para valerse solo; aún así demandaba muchísima atención de su mamá y su papá (ya conté en otro relato lo insistente que era).

Mayin era un bebé de brazos, mientras que Adrián y Raúl ya eran niños grandes, se puede decir.

Teníamos una servidora doméstica de nombre Tomasa, le decíamos Tommy, de cariño. Muy buena la niña y muy hacendosa. Nos tenia la casa muy limpia y oliendo a fresco, nos preparaba comida y sobretodo, se encargaba del bebé. Le tenía un especial cariño y por lo mismo siempre lo traía consigo; también lo bañaba y lo alimentaba con esmero. ¡N’hombre! Traía a Mayin hecho un muñeco.

Entre cuidar a Mayin y realizar las tareas de la casa se le agotaba la atención y el tiempo. Un buen día, estaba Adrián buscando algo por toda la casa; ya bajaba, ya subía, ya se asomaba por debajo de los muebles. Tommy cocinaba y al mismo tiempo traía al bebé horquetado en su cadera. Cansado de buscar, Adrián recurre a Tommy y le pregunta con esa voz de pito que le caracterizaba en esos días:

—Tommy, ¿donde están mis carritos?

El chirrido del aceite en la sartén, la música del radio y aparte el tenue volumen de voz de Adrián, dificultaban la recepción en los oídos de Tommy. Mayin si escuchaba, pues de vez en vez, inclinaba su cabeza para divisar a su hermano allá afuera de la cocina. Tommy no escuchó.

—Tommy, ¿donde están mis carritos?— volvió a preguntar Adrián.

El pobre, solo veía a la chica menear la comida sin ponerle la menor atención. Se desesperó; él necesitaba saber dónde estaban sus juguetes. Pues le salió lo Vidaña y, tomando aire, preguntó una última vez, ahora con voz de mando y un rugido de cañón,

—¡Tomasa!

No había excusa ahora. Tommy se sobresaltó y lo atendió inmediatamente. Ella misma nos lo contó, festejando la gracia del pequeño Adrián.

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