Dic. 2008
Me sentía frustrado. Yo reconocía que el problema financiero que me había echado a cuestas no era más que culpa mía. No tenía más remedio que pensar en cómo iba a salir de aquel problema: los métodos de mi padre empezaron a rondar por mi mente, perturbándome y quitándome el sueño.
Estaba en Disma esa tarde. Yo no tenía cabeza para concentrarme en la producción de esa pequeña empresa y dejar mis problemas aparte; era necesario que yo encontrara una solución y una salida rápida. No solo había perdido cien mil pesos, sino que había adquirido una gran deuda que doblaba aquella cantidad.
Mis ventas de Enero resolverían parte del problema. Yo había perdido una suma importante de mis ahorros pagándole al fisco que más temprano en el año me reclamaba diferencias en mi pago de impuestos. Lo peor del caso es que, también esta vez, era mi culpa por confiar ciegamente en un contador que solo se interesaba por si mismo. En fin, yo necesitaba mantener mi mente creativa buscando la solución.
Estaba absorto en mis problemas cuando empecé a sentir un gran peso en mi nuca. Era algo que llegó a ensordecerme los oídos y que a la vez escuchar los latidos de mi corazón, como si fueran baquetas golpeando sobre la parte posterior de mi cabeza. La impresión de aquello, desconocido para mi, me causó miedo y entré en pánico.
Un instinto natural me forzó a aguantar la respiración y empujar la presión hacia mi cabeza. El malestar cedió inmediatamente, pero yo seguía escuchando mi corazón que latía fuertemente. Me levante de mi silla y salí de mi oficina buscando aire en el exterior del edificio.
—¿Está bien, ingeniero?— preguntó el guardia.
—No, no me siento bien. Acabo de sentir algo extraño y me salí a caminar, a ver si se pasa.
—Déjeme acompañarle. No vaya ser el diablo— propuso preocupado.
Aquella distracción sirvió para que me olvidara de los problemas temporalmente. El guardia intuyó lo que me pasaba. Le gustaba platicar conmigo y llegó a ser buen confidente -aunque si lealtad estaba empeñada en otra persona-, aún así, era discreto.
—Ya no se preocupe tanto. ¿Que es lo peor que puede pasar? Recuerde que en esta vida uno triunfa y se cae, pero mientras estemos vivos y sanos, podemos levantarnos y empezar de nuevo.
A veces pienso que el ángel de la guarda se vale de otras personas para darnos mensajes de vida. Sus palabras fueron un verdadero consuelo.
Si no puedes pagar, no pagues.
Paré de preocuparme y adopté la actitud que aprendí de mi padre: si no puedes pagar, no pagues.
Puedo enumerar de memoria las veces que aquella actitud libró a mi padre de problemas. A él le funcionaba de maravilla y pronto lo hizo su estilo de vida. Hacer negocios con dinero ajeno que, si se perdía, el quedaba libre de culpa y compromiso. No se como le hacía, solo se que le funcionaba.
…pero afronta las consecuencias
Los acreedores son implacables cua do se trata de recuperar su dinero. Yo podía dejar de pagar y olvidarme de todo, empezar de nuevo.
El solo recordar que aquello funcionaba bien para papá, pero no para su familia, nosotros, los que después teníamos que dar la cara por sus errores.
La verdad, yo no podía hacerle eso a mi familia, se me hacía irresponsable; pero lo que sí hice, fue comprometerme a pagar cuando se pudiera. Sorprendentemente, mis acreedores aceptaron y me pidieron que, en prueba de ese compromiso, firmara unos pagarés. Yo acepté y aún pedí que no fueran fechados.
Así, acabo la presión que me causaba la terrible deuda y pude seguir trabajando y manteniendo a mi familia.





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