Con la adquisición de Duchossois Group que forzó el cierre de MIS de México, mi jefe me ofreció dos opciones para conservar mi empleo: “Te vas a China o a Tucson, AZ.”
Viene de: Tienes quince días
Por que no escogí irme a China
30 de Junio,1998.
Los últimos en dejar las instalaciones de la antigüa MIS de México fuimos el gerente de ingeniería, el de logística y yo. Era ya de noche y, de pie dentro de la nave industrial, contemplábamos el enorme vacío que dejábamos atrás. En nuestras mentes cobraban vida nuevamente las líneas de producción una a una: la del N90, un intercomunicador, la del Master Station que tenia reproductor de casetes o disco compacto, la de fuentes de poder, el almacén, el cuarto de herramientas y la zona de líderes de producción. Ya no estaban, era todo solo cuatro paredes frías y un piso que alguien se encargó de dejarlo lustroso para el siguiente inquilino.
Pasamos al área de oficinas, también vacía. Cada uno de nosotros recogimos lo de nuestra propiedad y salimos al estacionamiento. La caseta de guardias tampoco tenía al amistoso hombre uniformado. Metimos nuestras cosas en la cajuela de los autos, nos abrazamos para despedirnos, subimos al auto y cada quien tomó su camino, sin saber si algún día nos iríamos a topar.
La dirección central basada en Dallas había asignado a uno de los empleados de R. H. para emitir ofertas alternatvas de trabajo, las cuales se manejaron en completa confidencialidad. Mas tarde nos enteraríamos de aquellos que fueron trasladados con todo y familia a esa ciudad para continuar trabajando en la empresa pero en condiciones mejores, como residentes en EE. UU. Sentí mucho que nadie se acercara a mi. En cambio, fue el ejecutivo de finanzas quien me pidió apoyo para cerrar todo aspecto legal que hubiera quedado pendiente con el personal que aún quedaba pendiente de finiquitar, con Hacienda y proveedores. Eso me tomó cerca de seis meses de trabajo eventual por el que les cobraba $90 dólares la hora. Luego, una vez concluído ese trabajo, se acercó quien fuera mi jefe:
—Muchas gracias por todo el apoyo- dijo.
—Si, no hay problema. Gracias por pagarme los noventa dólares, ja, ja.
—Oye, quiero plantearte dos opciones para que continúes trabajando para nosotros, bueno, para Duchossois. ¿Deseas escucharlas y considerarlas?
—Claro, por que nó.
La operación de MIS se fué para China, el producto no era muy complicado, pero la alta gerencia quiería evitar retrasos en la producción durante la curva de entrenamiento y prefiería que alguien con experiencia maneje la operación. Esa fué la primera opción y la primera propuesta: Te vas a Quindao, R.P. China como Director de Operaciones. La empresa cubriria mis gastos de viaje mios y de mi familia, incluyendo la educación de mis hijos en colegio privado. Solo que yo tendria que procurarme casa y alimentos. Por otro lado, el grupo industrial le maquilaba a Black & Decker en Nogales, México y estaban por abrir una nueva división de herramientas de potencia y, aunque había varios candidatos ya en fila para el puesto de Director, me ofrecieron añadirme a la lista. La lista de beneficios era semejante.
—Son tus mejores opciones para conservar tu empleo y tu antigüedad: Te vas a China o a Tucson, AZ.-concluyó.
Cuando se lo comenté a mi esposa solo me dijo: «Pues vete tu y te vamos a visitar de vez en cuando». Era evidente que no tendría su apoyo. Además, mis hijos no habían aún aprendido a hablar el español; imaginé que sería muy difícil para ellos tener el compromiso de aprender dos idiomas simultáneamente. ¿A cuál le darían prioridad?¿Cuántos años aguantaríamos fuera de nuestro país y lejos de nuestras familias? No, definitivamente esta no era la mejor opción. Pero opté por pensarlo mejor aplicando mi método de nubes.
Visita planta en Nogales, Son.
Febrero 1999.
La operación en Nogales, Sonora correspondía a The Chamberlain Group, otro grupo industrial bajo el control de Duchossois. Como parte del proceso de evaluación de los candidatos, me invitaron a visitar la planta y entrevistarme con la alta dirección.
Estábamos a mitad del invierno y los cielos de Nogales estaban nublados como anunciando lluvia. El frío era diferente que en Monterrey; aunque la temperatura estaba por debajo de cero y los vientos relativamente fuertes, la sensación térmica era leve. Había aterrizado en el Tucson International Airport, la noche anterior, y dormí en el Red Roof Inn en Marana. Esa mañana una persona pasaba por mi para llevarme a la planta en Nogales. Curiosamente, esa persona era a quien yo iba a reemplazar, de resultar contratado. Despues de las presentaciones que demandan las buenas costumbres, nos encaminamos en su auto, directo a Nogales, Sonora.

Eran las 8:00 AM, mas o menos, cuando llegamos a la planta. Por fuera, el aspecto no difería mucho de las otras empresas donde había trabajado. Por eso mismo, no me impresioné, pero por dentro…
Llegamos al cruce fronterizo; nunca imaginé la cantidad de gente que vive del lado americano y trabaja en las maquiladoras. Casi hicimos media hora en el cruce. Eran las 8:00 AM, mas o menos, cuando llegamos a la planta; ya nos esperaban. Los demás candidatos ya estaban también allí; los de R. H. nos hicieron una presentación de la historia del grupo industrial y las empresas que lo conformaban. ¡Era impresionante! Cualquiera que viera esa presentación hubiera firmado para quedarse a como diera lugar. Nos pasaron luego a ver la operación, esta vez eran ingenieros los que nos guiaban. La cantidad de operarios que laboraban allí no me pasó desapercibida -eran mas de siete mil, en tres turnos, según decían-, mi atención se enfocó en el complicado sistema de transporte de los materiales. Sobre nuestras cabezas, una telaraña de conveyors llevaba componentes de ensamble, subensables y productos terminados de un lugar a otro dentro de la planta. Otros entraban a grandes cabinas de pintura y hornos de secado. Debió ser una gran inversión, ¿a quién se le habrá ocurrido semejante solución?
Mas tarde tendríamos la entrevista individual con el gerente de R.H. y los gerentes de Calidad, Producción, Ingeniería y Materiales. Las preguntas del de R. H. parecían llanas, como de manual: que si casado, que cuántos hijos, que cuales son tus fortalezas, y todo eso que aburre, pero que hube de contestar con inteligencia y algo de encanto. Las de ingeniería mas en mi idioma y más desafiantes; el ingeniero que me había llevado a la planta estaba entre ellos: que cómo trabajas bajo presión, que en qué basas tus decisiones generalmente, que cómo respondes al desempeño debajo del estándar, etc.

Ya había sonado el timbre para que los de producción regresaran a su área y, sin embargo, el comedor continuaba lleno. Divisé un solo lugar disponible en una mesa aún ocupada solo por obreros. Me acerqué.
Llegó la hora de comer, nos indicaron dónde se encontraba el comedor y nos ofrecieron un cupón para un platillo; luego nos dejaron libres para comer. Pues yo me fuí directo al comedor, pedí mi platillo, ¡qué platillo más completo y delicioso! Ya había sonado el timbre para que los de producción regresaran a su área y, sin embargo, el comedor continuaba lleno. Divisé un solo lugar disponible en una mesa aún ocupada solo por obreros. Me acerqué.
—¿Se puede? -pregunté antes de sentarme.
—¡Adelante ingeniero, con confianza¡ -respondió el más cercano a mi. Si hubiera estado en alguna fonda del pueblo, el tipo me inspiraría temor. Era un muchacho de aspecto rudo, usaba la camisa abierta que dejaba ver su velludo pecho y arremangado, quizá para mostrar sus valiosa cadena y esclava de oro. De inmediato iniciamos una conversación. Nada más apegado a la realidad que una charla con los de producción. Ahí me enteré que, aunque los horarios de entrada y salida estaban bien definidos, «los de abajo nos vamos hasta que ellos salen». También decían que el pueblo realmente estaba muerto, -nada que hacer o a dónde ir para entretenerse-, y que si alguien buscaba esparcimiento, lo mejor era hacer el viaje de tres horas a Phoenix, los parques cercanos a Tucson o bien, ir a las playas de Puerto Peñasco o Kino, con un viaje en carretera de mas de cuatro horas en la dirección que se escogiera. Por lo demás, las prestaciones eran insuperables. (Pues si, de otra forma se les iba la gente). “La gran ventaja de Chamberlain -dijo-, es ser la empresa más grande del lugar y la que mejores sueldos ofrece; lo único que se nos pide es lealtad, mucha lealtad”. Decía que se encariñaba tanto uno con el trato y con el trabajo, que no les importaba trabajar tiempo extra siempre que fuera necesario, y sobre todo, porque “allá afuera, ingeniero, hace un calor de la chingada». La gigantesca planta estaba climatizada durante el verano. Otro timbre sonó y el comedor quedó vacío.
Al terminar mis alimentos regresé a las oficinas. Allí estaban ya los otros candidatos. Ya nadie parecía interesado por acompañarnos o continuar con nuestra inducción. Ya habían terminado con nosotros. Los otros candidatos simplemente agarraron sus cosas y se fueron; seguramente eran residentes en el pueblo.

El pueblo realmente estaba muerto, -nada que hacer o a dónde ir para entretenerse-, y si alguien buscaba esparcimiento, lo mejor era hacer el viaje de tres horas a Phoenix.
Me había quedado solo en la sala de juntas. Fue un momento ideal para meditar sobre ese empleo: Nogales no estaba tan lejos como China, pero el pueblo era pequeño y aburrido. No me veía casado y con hijos viviendo allí. En la peor de las situaciones, mi familia se quedaría en Monterrey y yo los visitaría frecuentemente; pero eso tampoco era como había decidido vivir desde aquel incidente con mi vecino, “el cabezon”. Empezaba a sentirme agobiado y el cielo no me ayudaba mostrando aquellos amenazantes nubarrones negros, el ambiente ideal para la depresión.
Una de las secretarias me daba una vuelta de vez en cuando; ya cercanas las tres de la tarde me ofreció café y galletas. Muy bienvenidas, yo engullía todo lo que me ofrecían, por educación más que glotonería. Imaginen lo aburrido que estaba yo, allí solo, sin mi smartphone, porque aún no se habían inventado y ni computadora, porque solo había las de escritorio. ¿Internet? Apenas lo empezabamos a usar y ni idea tenia de cómo revolucionaría la comunicación.
Aguien se asomó brevemente por la puerta de la sala. Era el tipo que me tenía a su cuidado.
—No se me duerma ingeniero. Disculpe que lo haya dejado solo. Me ocuparon en producción.
—No se apure -contesté con una sonrisa.
—Prepárese, en un rato más vendrá el de R. H. a platicar con usted—. Se acercó y murmuró —Ya quedó—, cerró con un guiño, luego se fue. Aún no entendía yo por que estaba tan feliz de que alguien lo reemplazara. Ya empezaba yo a sentirme incómodo.
La oferta formal
El cuate de R. H. se apareció minutos después. Era un tipo frío e inexpresivo. Su actitud era la de alguien que te hace un gran favor al contratarte. Era solo mi percepción.
—¡Felicitaciones! Todos los gerentes coincidimos en que eres el mejor candidato. Nos quedamos contigo.
Me acercó una carpeta, dentro de la cual venía un contrato; empecé a leerlo. Hablaba de que entraría en un periodo obligatorio de tres meses de prueba. La empresa me prestaba una residencia durante todo ese periodo, los alimentos por mi cuenta, aunque también tenía derecho a los bonos de comida.
—¿Periodo de prueba?
—Ah, simple formulismo. No se preocupe. Considérese ya como empleado oficial.
Me hizo ver que, al concluir los tres meses entrarían en vigor mis prestaciones preferenciales: una residencia en Tucson, el pago de las colegiaturas de mis hijos y el auto de la empresa.
—Solo tienes que firmar el contrato—, señaló un lugar en el papel y me apresuró una pluma BIC de tinta azul.
—¿Sabe qué? Esto es para pensarse bien—, le dije.
Sus ojos se abrieron más al verme dudar. Luego, como si le ordenara a su cuerpo controlarse, volvió a su expresión tranquila y dominante.
—Está bien si no quieres firmar por ahora; pero, te informo que esta noche habrá una cena con el staff. Allí estará el presidente de la empresa y, seguro le encantará saber que ya estás dentro.
—¿Podré asistir aunque no haya firmado?
—Yo no diré nada.
Ahora me sentía más comprometido. Algo no andaba bien. Aquél hombre tomó la carpeta y la hundió en la bolsa de mi maletín. El mensaje era claro: tenía que firmarlo y regresárselo a cómo diera lugar ese mismo día.
La cena de bienvenida
Mi “babysitter” llegó por mi. Me encontró muy pensativo y mirando por la ventana con la vista perdida. Los cerros a lo lejos se veían temerosos, algo estaba a punto de suceder y ellos lo sabían. El cielo empezó a tronar y sendos relámpagos iluminaron el oscuro ocaso que empezaba a cubrir la ciudad. Una fina lluvia empezó a caer, pero el aire parecía mantener las finas gotas blanquecinas flotando caprichosamente y se dejaban llevar por el fuerte viento; era nieve.
—¿Listo inge?—, preguntó el hombre ignorando mi distracción.
—Eh, yo…
Antes de que pudiera completar aquello que no pude decir, me interrumpió.
—A ver si no se nos viene muy fuerte la nevada. Tenemos que llegar a Tucson para la cena de su bienvenida.
¡Mi bienvenida! Tuve la intención de advertirle, solo que este continuó su charla en un soliloquio sin fin. Era obvio que así ocultaba su nerviosismo. El de R.H. seguramente le había puesto al tanto de todo lo que pasó en su oficina minutos antes.

En la Hacienda del Sol, una hermosa güerita nos preguntó si veníamos con el grupo de Chamberlain.
Cruzamos la frontera, esta vez el cruce fue mucho más rápido, y tomamos el “highway 19” hacia Tucson. Llegamos al restaurante; era un hermoso edificio antiguo recién renovado. La Hacienda del Sol, se llamaba. Entramos, una hermosa güerita nos recibió y preguntó si veníamos con el grupo de Chamberlain, luego nos mostró el camino hacia una sala privada. Mientras caminábamos hacia allá, observé los cuadros en las paredes. Eran fotografías de artistas del viejo Hollywood: Catherine Hepburn, Clark Gable, Spencer Tracy y otros. Algunos restaurantes presumen así a las personalidades que han parado a comer allí, pero ¿en Tucson?
El rechazo
El presidente de Chamberlain, su ejecutivo de finanzas y todo el staff que había conocido esa mañana estaban allí. Entre todos ellos, también estaba otro hombre que mantenía su rostro oculto tras el menú. Miré sus manos y reconocí la gruesa esclava de oro en la muñeca de un brazo velludo.
“Creí que era un obrero” – pensé.
—Adelante, ingeniero, tanto gusto —, me saludaban allá en el fondo. Eran el presidente y sus subordinados inmediatos —este es un gran día para nuestra corporación.
—Tiene usted una magnífica operación—, respondí.
—Me honra con su sincera observación.
—Muy sincera, en verdad.
El presidente se veía de muy buen humor, me tomó del hombro y se dispuso a presentarme con otras personas que habían llegado después y charlábamos de todo, sin un tema específico, hasta que nos llamaron a la mesa.
Era una cena de grupo, no me pareció que fuera una bienvenida. Nos sirvieron la cena y cada quien charlaba con el que tenía a su lado. Los que se conocían bien tenían charlas más agradables y de repente soltaban sonoras carcajadas. A mi lado, solo se mencionaban aspectos del clima y preguntaban sobre mi carrera y familia. Las bebidas siguieron llegando y el humor en esa sala encerrada empezó a hacerse pesado, olor a cerveza y cigarro mezclándose y haciendo difícil la respiración. El director se levantó, agarró un vaso y una cuchara que golpeó ligeramente para llamar la atención.
—Su atención por favor, señores—, se dirigió al grupo. —Hoy termina una larga jornada de búsqueda del líder que continuará con la ruta de éxitos de nuestra amada compañía. Nos enteramos de su existencia cuando nuestra pequeña fabrica de intercomunicadores de pronto incrementó su productividad por doscientos porciento. Quisimos saber quién era ese héroe, pues lo necesitábamos aquí. El jefe de R.H. le presentó nuestra propuesta para la Dirección General…
Mi pulso se aceleró al percatarme de que el presidente daba por hecho que yo ya había firmado el contrato. En verdad era una magnífica oportunidad, una en un millón, y ahí estaba yo, aún indeciso y escuchando el anuncio oficial de mi contratación.
El bienestar de mi familia ocupaba mi mente. Aceptar el empleo es darles la oportunidad de tener una mejor vida, vivir y educarse en EE.UU., aprender el inglés y hablarlo como nativo. Mi esposa se relacionaría con las esposas de los otros directores y haríamos de Tucson, nuestro hogar. Poco a poco llegaríamos a conocer esa tierra que antes fuera de los mexicanos, sería hermoso. Pero, por otro lado, nos habríamos alejado de nuestros familiares. Más de mil setecientos kilómetros de distancia nos separarían de nuestros fines de semana familiares en Monterrey, o en Reynosa. Se reduciría mi tiempo de calidad con mis hijos y mi esposa. Aquí fue donde me atoré: empecé a hacer cuentas mentales de ese tiempo de calidad. Para ir al trabajo que iniciaba a las 6:00 AM, habría que levantarme y prepararme desde las 4:30. Luego realizar un viaje de una hora desde Tucson a Nogales sin contar la fila en el cruce. La salida oficial de la planta era a las 4:00 PM, pero según me habían dicho, los jefes acostumbraban salir a eso de las seis de la tarde. Sumaban ya catorce horas de un día, y aún no sumaba las de sueño, que sumarían veintidós de las veinticuatro horas disponibles. ¡Solo dos horas para mis hijos! Y eso no me aseguraba que los encontraría despiertos. Solo verían a su padre los fines de semana. Era igual que dejarlos en Monterrey y viajar yo para allá los fines de semana. Ese rápido análisis me convenció de que debía declinar ese empleo.
—…y en esta carpeta—, el presidente continuaba con su discurso. Levantó una carpeta negra de sobre la mesa, la abrió y encontró sólo una nota— ¿Eh, que es esto?
La leyó, luego levantó su mirada y la fijó en mi. Instintivamente bajé mi mano para alcanzar mi maletín. Allí está todavía la carpeta negra y el contrato…sin firmar. En ese momento ya todos me miraban y esperaban escucharme decir algo.
Saqué la carpeta, la levanté y sujete con mis dos manos. Empecé a hablar.
—La verdad, no esperaba que esto fuera a ser parte del programa del día. Esta carpeta contiene el contrato que usted busca. Me apena mucho tener que anunciarlo de esta manera, pero lamento decirles que, después de la charla que tuve con el ejecutivo de R.H., no me sentí muy seguro de querer firmar el contrato, así que decliné aceptar su atractiva oferta. Lo lamento.
El hombre aquel estaba entrenado para mantener la calma, pero no pudo ocultar un repentino cambio de color en su piel. Para calmar su ira, utilizó la técnica japonesa del humor tonto.
—¡Ah, ja, ja! Nada que una buena almohada no pueda ayudarte a resolver. Piénsalo bien y hablamos mañana. —miró su reloj y animó a todos a retirarse a sus hogares. Lanzó la carpeta al bote de basura –un claro gesto de disgusto– y salió por la puerta más cercana sin despedirse.
Uno a uno, los demás ejecutivos empezaron a dejar el lugar, mi babysitter incluído. Todo indicaba que regresaría en taxi a mi hotel.
Un brazo peludo rodeó mis hombros.
—¿Qué acabas de hacer? No lo entiendo –era el de pelo en pecho con cadenas de oro– ¡Acabas de echar tu futuro al caño!
—No creo que te importe mucho, tú me ayudaste a decidirlo así. –Quedó asombrado y pidiendo aclaración. —Si, para empezar pensé que eras solo un operario, ¿qué estás haciendo aquí en una reunión de ejecutivos?
—¡Soy un ejecutivo! ¿Lo dices porque me viste comiendo con los obreros?
Asentí.
—Es el estilo de nuestra filosofía gerencial –aclaró–.
Cierto, en esos días, las empresas empezaban a contratar a líderes con estilos gerenciales más humanos. La gestión autocrática y dictatorial que prevaleció desde los tempranas épocas de la manufactura en masa, estaba quedando obsoleta. Poco a poco, los gerentes aceptaban que sus obreros merecían ser tratados con respeto y como iguales. Iniciaba la onda de llamar a los empleados «colaboradores» o «asociados». Era un nuevo estilo gerencial llamado Gestión Horizontal con un enfoque algo obsesivo por la satisfacción del cliente. Hablaba de que la responsabilidad de la calidad caía sobre cada individuo de la organización y no solo en los de producción. Toyota, Motorola y Walmart habían incrementado la lealtad de sus clientes con ese método. Luego, todas las empresas empezaron a adoptar el mismo estilo.
El peludo no tenía nada que enseñarme a mi. Con esa misma filosofía, mi equipo de trabajo había logrado incrementar la productividad en MIS a niveles insuperables.
—¿Cuál fué tu intención al darme detalles de la vida en Chamberlain? –pregunté.
El peludo hombre empezó a sincerarse conmigo. Después de disculparse me ofreció su más sincera explicación.
—Tengo muchos años deseando ese puesto, ¿sabes?—dijo.
Me contó cómo había llegado allí quince años atrás como almacenista. Que así se había pagado sus estudios en la URN de la Unison hasta que se recibió de la licenciatura en administración en el ‘96, -tres años atrás-.
—La dirección general ha sido un puesto muy peleado, y el más vacante—agregó—. Han llegado muchas “reatas”, como tú, desde muy lejos, pero no aguantan. La alta gerencia no entiende que, tener una buena preparación, no es suficiente. Al instalarse en este pueblo, tan lejos de todo, la única opción que tienen para mantener ese puesto ocupado, es contratando a un local. Alguien que tenga su vida hecha aquí en Nogales, sus raíces, su historia, su familia. Alguien que no busque regresar a su casa en EEUU o en su ciudad natal. Pero han sido muy tercos, y siempre buscan allá afuera. Como si quince años fueran pocos para aprender a manejar una empresa.
Ahora lo comprendía todo. Estaba frustrado. La llegada de otro foráneo representaba para el quizá otros tres o cinco años de espera para su puesto soñado. Ahora tenía el camino libre. Solo me quedaba la duda si el podría ser un buen candidato, tenía dos grandes deméritos: uno era su frustración, y el otro, su aspecto personal. No me atreví a decírselo, pensé que no estaba en posición para hacerlo. Luego me sentí mal porque, sin el cambio apropiado, la oportuidad quizá nunca le llegaría.
Retorno a Monterrey
Mi vuelo de retorno estaba programado para las 6:45 AM; tenía que aventarme el largo trayecto hasta la Cd. de México y luego tomar la conexión a Monterrey. Iban a ser cuatro horas de viaje. «¡Demonios!, me quejé.
Cuando tomé el primer vuelo y ya íbamos en el aire me llegó un sueño pesado. Dormí un buen rato pues hasta perdí el servicio de desayuno. En ese tiempo era una maravilla el servicio de abordo; ese día habían servido «scrambled eggs, hashbrown and bread», acompañado de una bebida que podía ser «coffee or juice». En el rato que me entregué a Morfeo, un sueño me produjo cierta incomodidad:
Al descender del avión en la Ciudad de México me dirigí al primer restaurante que tuve a la vista, ordené y comí a mi antojo para saciar mi hambre. Cuando la mesera me entregó mi cuenta y sacaba mi cartera para pagar, esta no tenía ni un solo billete. No sabía cómo iba a solucionar ese problema sin que el gerente del restaurante llamara a seguridad. Lavo trastes, ayudo en el servicio, ¿que hago? Por mi mente pasó la idea de salir huyendo cuando mi vuelo ya estuviera siendo abordado. Lo peor vino cuando pensé que, al llegar a casa, me recibieran con la noticia de que la despensa se había terminado. ¿De dónde voy a sacar dinero?
Desperté. Fué un alivio verme aún en pleno vuelo y seguro de que mis finanzas no tenian problemas de flujo. Sin embargo, habría que hacer algunos ajustes en los gastos si no quería enfrentarme a una situación como la del sueño aquél.
Al descender de mi vuelo y después de una corta espera -que por cierto no me dió tiempo para almorzar-, abordé mi vuelo a Monterrey. Una hora y veinte minutos después tomaba mi taxi para ir a mi casa. El clima frío habia sido una constante en todo mi viaje, que de haber estado más templado, mi esposa habría estado esperando mi llegada en el aeropuerto, con los niños. Cuando llegué a la casa, ella ya había dejado a los niños a la escuela; a petición mía, preparó algo para que comiera y, mientras lo preparaba, charlamos.
—Tengo dos recados para ti:— informó —el primero, que al viejito le urge verte, y el segundo que te hablaron de PRODENSA, parece que andan buscando un gerente.
El «viejito», era un nuevo conocido mio. Una consultor de negocios de la World Class Enablers de Buffalo, N. Y., que se había acercado a mi para ofrecerme que trabajaramos juntos en su proyecto. Tenía en mente llevar a las empresas a la categoría de «clase mundial», certificación que era muy solicitada en esos días. Yo ya tenía en mente dedicarme a algo semejante, no a la parte filosófica de la transformación de las empresas, más bien a la técnica. La idea de negocio que yo traía me convertía tambien en un consultor: Consultor de procesos.
PRODENSA, por otro lado, era la empresa que había proporcionado el servicio de «shelter» a MIS de México, la que habíamos cerrado semanas atrás para mudarse a China. Mi experiencia con los representantes de PRODENSA en el proceso de cierre de MIS de México había sido un poco amarga y, realmente no quería mantener contacto con ellos; pero, no podía darme ese lujo, podría necesitarlos después si mis planes de «freelancer» no funcionaban.
Cuando terminé mi almuerzo, mi esposa se ocupó nuevamente en la cocina, yo subí a la oficina que me había acondicionado en una de las recámaras del segundo nivel de mi casa. Tomé el teléfono y marqué a PRODENSA:
—Habla Mario Vidaña, ¿que me andaban buscando?— pregunté.
—¡Ah, Ingeniero Vidaña! Si, lo comunico a RH, un momento.— respondió la recepcionista.
Me puso en espera. Inmediatamente empezó a sonar la odiosa melodía de los conmutadores comerciales. Separé el auricular de mi oreja. Esperé un rato hasta que escuche una vocecita lejana. Era la asistente del gerente de R.H., con quien tenía yo muy buena amistad.
—Ingeniero Vidaña, lo andábamos buscando. Su esposa nos informó que andaba usted de viaje.
—Asi es, pero ya estoy de vuelta. ¿Para que soy bueno?
—Pues tenemos una oferta de trabajo para usted. ¿Le interesa?
—No tengo problema en escucharla.
—¡Qué bien! Le comento, es una empresa de desarrollo de software de Austin, TX., que busca un director para iniciar sus operaciones en México, y escogió Monterrey como base. El director se encargará de seleccionar una fuerza de trabajo de ingenieros programadores y de dirigir la operación. El sueldo que ofrecen es muy parecido a lo que usted percibía en MIS…
La chica se extendió en explicaciones y detalles, algo poco común que se hiciera por teléfono, pero creo que la confianza que nos teníamos le facilitó hacerlo así. Cuando explicó que el empleo sería para operar desde Monterrey, estuve a punto de decirle que aceptaba, pero me contuve. Antes tenía que saber más sobre esa empresa.
Al rechazar el empleo en Chamberlain, supe que había tomado la mejor decisión. y Me sentía muy bien. Pasé un momento de angustia al sentir que les debía cierta lealtad, pues me habían pagado el viaje y el hospedaje; organizaron una cena de bienvenida, pero por otro lado, también me habia parecido todo un montaje. Nunca supe si lo fué y luego me alegré de haberme decidido a tiempo sin importarme lo que habían hecho por mi.
Asi terminó esa semana. En tan solo tres días había recibido dos ofertas de trabajo, ambas me elevaban en jerarquia; la primera parecia ser la oportunidad de mi vida, pero la percibí como un posible infierno alejado de mi familia; la otra, me sacaba de mi zona de confort pues requería que supervisara desarrolladores de software.
Ya estaba listo para la siguiente ronda.
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