Durante los años de 1964 – 1967 tuvimos la oportunidad de vivir en una especie de mansión. Una edificación construida por allá de año 1890 en la antiquísima ciudad de El Fuerte, Sinaloa obra de un Sr. Almada que la edificó sobre los restos del conocido fuerte de Montesclaros, una fortaleza militar con historia de principios de la colonia.

Era una casa de no pocos secretos y no menos de tesoros escondidos los cuales fueron el objetivo de muchos antiguos inquilinos, quienes, en su afán por encontrar una fortuna escondida, le hicieron perder mucha de la riqueza arquitectónica que la hiciera brillar antaño. Cuando tocó nuestro turno de vivir allí, la construcción parecía zona de desastre, la fuente central servía entonces de macetero y su estructura estaba tan cuarteada que podía adivinarse que alguien había decidido que aquel era el lugar ideal para esconder los cuantiosos tesoros de los que la leyenda hablaba.

Se decía que en aquellos tiempos, cientos de burros y mulas entraban con sus indios arreándolas bien cargadas de sacos repletos de oro. Nunca las mulas, los burros ni los indios salían de nuevo a la luz. Eran sacrificados para que no revelaran nunca el paradero de ese gran tesoro. Mientras vivimos allí, jugábamos a encontrar el dichoso tesoro. Un día los Soto, mis primos de Los Mochis, estaban de visita, como solían estarlo de vez en vez durante el verano. Explorando por los rincones, Cristina se encontró algo que llamó su atención y gritó alborotada «¡El Tesoro!» y nos mostró su hallazgo que guardaba celosamente en la palma de su mano. Corrimos todos con emoción a alertar a los mayores y ellos mas que emocionados, corrieron hacia nosotros deseosos de ver el descubrimiento. Cuando Cristina se los mostró, todos quedaron atónitos. Era lo que cualquier mortal de clase media habría deseado toda su vida para terminar con sus problemas de dinero y sus sueños de señores ricos. A partir de ese momento, nuestras vidas cambiaron para siempre.

La casa de El Fuerte era enorme. Desde la calle se apreciaba su imponente fachada diseñada al estilo de los edificios de finales del siglo XIX en los que se dejaba ver la clase y la opulencia de los que en ella habitaban. Levantada sobre los restos de lo que fuera en el siglo XVI el fuerte de Montesclaros que en aquellos tiempos protegían la ciudad de los ataques de los salvajes Yoremes y los furtivos Yaquis, su diseño se acopló a la configuración del antiguo recinto: La entrada principal conformada por un enorme portón de dos partes, tenía no obstante, una pequeña puerta de servicio. Lo primero que se dejaba ver era una escalinata de pared a pared con dieciocho escalones, después de los cuales se disponía un descanso con dos vías; la una continuando hacia las escaleras que daban al salón central del segundo nivel y, la otra, hacia una pendiente que en otro tiempo daría paso a los carruajes de los dueños. Estaba flanqueado por hermosos y coloridos jardines de flores multicolores: crisantemos, gladiolos, margaritas y geranios.

Al llegar al segundo nivel, el gran salón que en nuestros tiempos y en los antiguos también sirvieron para dar cabida a opulentos convites;  las bandas de música y los alegres galanes que elegantemente se acercaban a sus prospectas y con florido lenguaje les instaban a disfrutar al menos de una pieza. En derredor de este, las habitaciones que separadas del salón por una puerta individualmente estaban, sin embargo, comunicadas por dentro con las demás habitaciones en una especie de herradura en toda la periferia del edificio. No todas las habitaciones estaban disponibles para nosotros que ocupábamos solo cuatro de las diez existentes; la cocina y el resto del edificio que consistía en baños, patio, lavandería, jardines y cochera (para ponerlos en términos actuales). De todas formas, para un niño no hay barreras ni candados que sean inviolables, ni pasajes escondidos que permanezcan secretos por siempre, al menos mientras el tamaño de sus cuerpos les impida arrastrarse y escabullirse por los mas oscuros escondrijos.

Así pues, en esa casona los Vidaña protagonizaban con sus primos las mas audaces aventuras de piratas, bandidos, héroes y demás. Mientras que los adultos extasiados por el humor del alcohol, los chistes de color, los chismes políticos (o los familiares) se tragaban las horas en su sopor.

Los pequeños sabíamos que era hora de dormir cuando la voz del jefe de familia ordenaba “¡leña verde!” Era la hora de deshacerse de la molesta plaga de murciélagos que infestaba los techos de viga de la mansión, otros se resguardaban en la enorme palmera que estaba frente al baño familiar. En baldes metálicos, la leña se encendía y los chicos paseábamos por el salón dejando que el humo cubriera la parte alta. Bandadas de los pequeños roedores alados huían despavoridos pero, solo mientras llegaba el día. Dormidos, nunca supimos si esas pequeñas bestias lamieron nuestros cuerpos.

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