Fiestas para Estudiantes
Esa casona de la calle Hidalgo número ciento uno albergó una vez la famosa Academia Comercial Montesclaros dirigida por mi padre.
Justo en el primer piso, entrando por el zaguán y a tu mano izquierda, encontrabas la entrada a una serie de salones comunicados todos por una puerta cerca de la pared que daba a la calle. Las ventanas eran altas pero uno de los estudiantes podía muy bien asomarse por ellas y ver perfectamente hacia fuera sin mucha dificultad. Para mi, eso era difícil pues con mi estatura apenas si podía llegar al pretil con mi brazo extendido. Allí estudiaban Dora, Adán, el “Nechi”, el “Cachi” y muchos otros jóvenes cuyos nombres verdaderos y apellidos se me escapan de momento. Tendrían ellos entre quince y diecinueve años. La estenografía, la taquimecanografía y el comercio eran las carreras del momento y la academia gozaba de buena matrícula y algo de fama. Mi madre era la maestra de taquigrafía y mi padre, junto con otros dos maestros daban cátedras sobre prácticas contemporáneas de comercio y asuntos mercantiles.
Hoy, la casona remodelada y convertida en hostal, luce un estilo colonial mas refinado y atractivo para el turista. Aún conserva sus techos de madera pero seguramente hoy, no están habitados por los molestos murciélagos, y nadie por ende, necesita quemar leña verde para ahuyentarlos.
El gran salón del segundo nivel era escenario de las fiestas de los jóvenes estudiantes que aprovechaban para festejar cualquier cosa antes de su graduación. Eran los tiempos en que el rock y el go-go se disputaban los billboards con las mismas melodías y diferentes intérpretes que hábilmente adaptaban sus canciones al ritmo del momento. Asi, cuando Chuck Berry ya había probado el éxito con “Johnny B. Goode”, los Teen Tops tenían en México un éxito rotundo con “Ven Johnny, ven” en 1962.
En las fiestas de los alumnos se escuchaban melodías como “Hey Lupe” y el “Bule bule” de los Rockin Devil’s, la “Despeinada” de los Hooligans, “Sueña dulce nena” de los Apson, etc, etc. Los niños no dormíamos, no solo por el rudimentario estruendo proveniente de los magnetófonos sino porque no queríamos desperdiciar la oportunidad de aprender aquellos locos pasos de rock, twist y go-go que bailaban los grandes. A veces, nos integrábamos entre la multitud y pretendíamos ser uno de ellos desplegando nuestros mejores pasos y meneos al ritmo de rock, luego corríamos despavoridos cuando la música cambiaba al ritmo de balada romántica, las luces se hacían tenues e invadía la penumbra.
Al día siguiente, los aparatos amanecían fríos, mudos, tapizados de serpentinas y confetis; el piso igual. Vasos vacíos, otros medio llenos de ponche –mi papá no permitió más que eso-. La faena de limpiar y regresar todo al orden era de todos nosotros. Cuando despertamos, papá ya se había adelantado, luego nos integrábamos al trabajo los más grandes. Al final del día, nuestra casa regresaba a la normalidad. La normalidad de un domingo familiar.




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