Los domingos eran peculiares para mí familia en aquel pueblecito apartado de todo. Al amancer, mi mamá o mi papá ya se habían encargado de recibir al repartidor de la leche. Este tocaba con fuerza usando el aldabón de nuestra puerta y mis padres conocían su ritmo. Los lechero venían de la cañada, por donde vivía Adán y entregaban entre las seis y las ocho de la mañana. “Tres litros de leche patrón”. Rápidamente papá lo llevaba a la estufa donde la ponía a hervir tres veces, luego se dejaba enfríar. Nuestro desayuno consistía de un cereal de maizoro y leche tibia unas veces, o torta de huevo en otras. Mientras comíamos, mi padre anunciaba el plan para comer fuera al mediodía. Esta vez, el destino era Choix, un árido pueblo situado a treinta y tres kilometros al nordeste de El Fuerte.

Todos estábamos listos para salir, solo esperábamos la orden del jefe de familia. Los chicos esperábamos en el gran pasillo de arcos que separaba el jardín de las habitaciones mientras mi madre terminaba de empacar nuestro presente para la familia que nos invitaba, generalmente, carnes frescas, frutas y una dotación de comidas enlatadas. Esas eran las órdenes de mi papá “nunca llegues de visita con las manos vacías”.

Una urgente necesidad de ir al sanitario me abordó de pronto y me apuré lo mas que pude para no dilatar nuestra partida. Cuando terminé, salí de nuevo al pasillo y me encontré con un escenario desierto de personas. Parecía que mi padre estuviera jugándome una broma y asi, empecé a recorrer la casa para seguir el juego mientras advertía “¿Asi que quieren jugar, eh? Pues ahí voy”.

Los escondites mas efectivos se encontraban en la lavandería y el jardin elevado central frente a la fuente y hacia allá me dirigí. Con sigilo, subi los 24 escalones que conducían hacia allá por una escalinata de caito angosto situada al fondo de la casa, esperaba poder sorprender todavía a alguien que no hubiera terminado de esconderse.

Cuando llegué al desembarco, alcancé a notar unas prendas que se mostraban por una puerta entreabierta de los excusados comunitarios. Me emocioné y grité “¡ajá!”, entonces la puerta se abrió aún mas dejando ver completamente a quien se escondía segundos antes tras de ella. La verdad, es que probablemente no se escondiera sino que, simplemente, ambos nos encontramos en el momento justo en el que él terminaba sus necesidades propias y yo, cruzaba el umbral de una puerta. Extraño momento.

Las miradas de ambos mostraron sorpresa inusitada, nuestra cejas se levantaron y nuestros ojos querían dejar sus cuencas. El, por ver una niño de extrañas vestiduras y yo, por ver un hombre de extrañas vestiduras también.

En el letargo de mi sorpresa, un tiempo incontrolable, inmensurable y sin embargo, muy breve, pude observar con detalle los vestidos de aquel hombre: Sus zapatos parecían mocacines con una hebilla cuadrada de metal, llevaba unas medias blancas muy limpias que le pasaban por las rodillas mas allá de sus muslos, un pantaloncillo negro corto y bombacho, con tableado de color mostaza lo usaba desde la altura del ombligo hasta sus muslos; las mangas de su camisa eran holgadas y con puños en horlas, encima, un jubón oscuro a manera de chaleco con detalles que no puedo describir pero mas tarde vería los mismos patrones en las cortinas de mi epoca. En su mano derecha sostenía un sombrero muy ancho con largas plumas negras y una espada delgada colgaba de su cinto.

Él reaccionó primero y, con una seña de su mano izquierda me invitó a acercarme a él.

Eso me despertó de inmediato de mi sozobra y respondí con gesto de negación absoluta, me di media vuelta y, creo que solo dí tres zancadas y pude librar la larga escalera. Corrí lo mas veloz que pude siguiendo el impulso de mi instinto que me indicaba la calle.

Afuera, un sedán blanco esperaba al ultimo pasajero, la puerta abierta me invitaba a subir y así lo hice. Mis ojos aún desorbitados, el resuello aún muy sonoro y agitado anunciaban mi sobresalto. Mi padre volteó a verme y dijo sonriendo “¿Te asustaste? ¡Como crees que te íbamos a dejar!”

El suceso quedó oculto en mi corazón, a nadie jamás antes le conté, nunca antes me animé a escribirlo pero, siempre, desde ese momento, deseé poder encontrarme con aquel hombre nuevamente y esta vez no huir.

Deja un comentario

Tendencias