“Eso de tener novia es una gran responsabilidad” me dijo Adrián un día.

Yo, su padre, no entendía si me lo decía como preámbulo preparándome para un anuncio importante, o porque le hacía falta dinero. Ya les había advertido a todos mis hijos que el dinero que les deposito quincenalmente, es exclusivamente para sus gastos escolares y transporte., “no para sacar a sus novias a pasear”.

Ese día me anunciaba que estaba buscando trabajo. Me inquieté un poco, pues aún no termina sus estudios; luego recordé que a mi me tocó trabajar y estudiar a la vez y que en realidad esa es la mejor experiencia. Así sale uno de la universidad con la habilidad que muchos empleadores piden. Ya se estaba preparando para eso.

En su facultad, se ofrecían cursos técnicos y el los aprovechó todos. Aparte, durante el servicio social, colaboró con uno de sus maestros, que en ese momento editaba un libro, y le encargo realizara todos los dibujos nuevamente en Autocad. Pues concluyó su servicio social y ahora ya tenía tiempo para dedicarle un turno a un trabajo formal. Lo animé a seguir sus impulsos y tomar sus propias decisiones. Días después, ya estaba empleado en un despacho de Ingenieria.

No quisiera dejar fuera de este relato el tema del salario. Las empresas en Mexico, en estos días, ofrecen salarios precarios. Un hombre no puede mantener una familia con esos ingresos. Esa es quizá, una de las razones por las que los llamados mileanials continúan viviendo con sus padres más allá de sus treinta años.

Desde su primer día en el despacho Adrián regresaba a casa con algo nuevo que contar: que el software, que los levantamientos arquitectónicos, que la estación total, y cosas así. Yo me emocionaba de verle tan satisfecho de lo que aprendía cada día. Y más de verlo siempre contento y ganando dinero.

Se acercaba la fecha de la culminación de sus estudios; fueron más fuertes sus ganas de concentrarse en terminarlos que en conservar a su novia. Terminó su relación y se dedicó a su trabajo y estudios.

De mis tres hijos, Adrián es quien me cuenta sus rutinas, por eso sé cuánto le gusta su trabajo. Y cuando no le gusta también. Creo que, como yo, es poco tolerante con la autoridad. Le fastidia que el jefe lo apresure, que finja que tiene habilidades que nunca demuestra, o que le asigne trabajos “para antes de que te vayas”.

A estas alturas de su vida, ya no puede uno defenderlos; ellos saben como interactúan y conocen las consecuencias de sus reacciones y sus decisiones. Ya solo me queda escuchar lo que comparte conmigo y aconsejarlo cuando me lo pide.

Todas las mañanas entra a mi recámara a peinarse y perfumarse. Es como si anunciara “ya me voy al trabajo”.

La primera vez, Nora y yo lo vimos salir ataviado para la obra con sus chaleco anaranjado, un casco blanco y sus botas con casquillo de acero. Mi esposa, observando cada movimiento de su hijo, me anuncia: “ya se va el inge…”

Ese primer día, ambos lo seguimos a la puerta para despedirlo, y en nuestros rostros, el embeleso de verlo hecho todo un ingeniero.

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