Agosto 13, 2020.

Mario ya había expresado su deseo de trabajar para una respetable firma de consultores financieros; cuando me dijo el nombre de la empresa, me embargó un sentimiento de desesperanza. Conozco la empresa y también la gran preparación que tienen sus colaboradores. No dudé en ese momento de la capacidad de mi hijo para integrarse a dicha compañía, más bien de los estrictos métodos de reclutamiento y selección del personal. La veía yo muy difícil. Por otro lado, me encantó que se estuviera fijando metas de ese calibre tan temprano en su carrera (considerando que aún cursa el sexto semestre de Ciencia Actuarial).

Dos intentos anteriores de ingresar a la firma fueron infructuosos: la primera vez competía con economistas ya graduados; la segunda fue culpa del COVID-19.

En su deseo de integrarse a la población económicamente activa, busco oportunidad en otras instituciones como Afirme, Banorte y empresas multinacionales como Johnson Controls. Si lo contrataban, pero su visión apuntaba más alto. Dejaba las empresas antes del primer día y ofrecía esas oportunidades a sus compañeros más necesitados.

A finales del mes de Julio, la empresa Deloitte le hizo varias entrevistas. Días después nos informaba que ya estaba contratado. ¡Güerco cabrón!

Su logro es el resultado de tener una visión y un destino definido, prepararse para llegar y no perder el enfoque.

Hoy recibió su primer sueldo, y siguiendo la línea marcada por su hermano mayor, Raúl, ya ha ofrecido invitar a la familia a comer.

Al igual que como con nuestros otros dos hijos, Nora y yo estamos orgullosos de cómo se van forjando un futuro ellos mismos, soñando, preparándose y enfocados en su camino hacia el éxito. Esa es la fórmula y se los había dicho varias veces,

“El hombre sin visión camina al ritmo de la gente común”

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