Nunca me animé a comprar cortes finos para asar en mis reuniones. Estos son caros y siempre tuve el temor de que salieran mal.
Desde que recuerdo, después de mi papá, yo fui el asignado para el asador y así me mantuve por muchos años. Me casé y, en casa de mi suegro no pude ejercer mi función, pue allí, el era el parrillero. Yo, confiado en que la práctica hace al maestro, nunca tuve en realidad la intención de buscar y aprender cómo lo hacen los expertos. En toda ocasión, allí estaba mi compañero, platicando y ayudando.
Hace dos años, mi salud se había deteriorado un poco -por falta de atención a mi dieta- y ponerme al asador era todo un suplicio; sin embargo, nunca desistí. Las reuniones familiares me brindan muchas satisfacciones.
De mis tres hijos, el más joven ha adquirido la afición a la parrillada fuera de lo común -mi común-. El era quien insistía en los cortes finos. Nunca me quedaron bien.
Un día me sorprendió diciendo que había ahorrado suficiente para comprarse un Weber y quería que lo acompañara. Se compró un Máster Touch 22. “Este papá, es para asar cortes finos únicamente”, advirtió. Y así ha sido desde entonces.
En mi enfermedad, el relevo me cayó de perlas. Recuerdo que una vez había invitado a mis hermanas; preparé la parrilla y asé la carne. Cuando llego la visita, mis fuerzas se habían agotado. Acerqué una silla y me senté en el grupo; pero, yo estaba tan agotado que mi presencia causaba más lástima que alegría.
Mi hijo ya es un buen parrillero. Ahora yo soy su ayudante. Hoy nos brindó una suculenta y tierna picaña acompañada de New Yorks de 1 1/2 pulgada. Era su regalo para su madre.





Deja un comentario