De 1980 a 1982, vivíamos en la esquina de Platón Sánchez y Reforma, en la zona centro de Monterrey. El gobernador Alfonso Martínez Dominguez había iniciado la transformación de la ciudad.

No era el mejor lugar de la ciudad pues estaba rodeada de bares y uno que otro burdel de mala muerte, pero fuera de tener que lavar las puertas meadas por los transeúntes borrachos, la casa donde vivimos era bonita y segura. Era una construcción mediana y algo antigua, construida según el cameo sobre el dintel de la puerta principal que decía “1946”. Sabe Dios quien la había construido.

Allí vivimos después de que dejamos la diminuta casa de dos habitaciones en Arteaga 1111 -frente a la taqueria “Dn. Lupe”-. Mi papá necesitaba espacio para su carpintería. Esa nueva casa, en Platón, era ideal para su propósito.

Llegamos a esa casa de cuatro habitaciones -bueno, al menos íbamos progresando-. La entrada principal daba a la sala-comedor y atrás de esta estaba la cocina, con puerta al enorme patio. A la izquierda de la sala entraba uno a la habitación de mamá y papá, y siguiendo en esa dirección llegaba uno a la habitación de los chicos, en ese tiempo: unos niños, otros adolescentes (yo ya era un joven con 21 años). La habitación de los chicos tenía también una puerta que daba a la mía, la cual desafortunadamente, era la única habitación con baño y este, el único baño en toda la casa. Mi recámara tenía tres puertas, una daba a acceso a la calle, por Reforma, otra al cuarto de mis hermanos y, la última, al enorme patio. Allí, en el patio, justo frente a mi recámara, se levantaba un enorme álamo, centenario y muy frondoso. Al fondo del patio, pegado hacia Reforma, un pequeño cuarto de servicio ahora sería usado como taller de herramientas para los carpinteros. El área del patio sería la carpintería en si.

La esquina, por Platón, era muy concurrida pues servía de parada oficial para la ruta urbana 59. En tiempos de calor, siempre dejábamos la puerta abierta para que corriera el aire, aunque fuera tibio; los que esperaban el camión usaban el escalón de la entrada para sentarse, desde ahí, podían ver la tele con nosotros. “¡Buenas noches! Me voy asentar aquí un ratito -avisaban-.” Era divertido porque a veces reían cuando algo gracioso se proyectaba, o comentaban cuando la noticia ameritaba una opinión.

En mi habitación tenía yo mis ratos incómodos. Los carpinteros llegaban despuntando al alba y papá los recibía por allí. Yo los escuchaba cuando soltaban su risita burlona, seguramente a causa de verme en algún accidente matutino. Yo solo me giraba sobre mi cuerpo y continuaba mi sueño, solo por un rato más, el ruido de la sierra electrica hacia imposible seguir durmiendo. Lo más prudente era levantarme, bañarme e irme a trabajar.

El negocio de papá Carpintería Visil, tenía sus semanas buenas y otras malas. Con la crisis en la que estaba el país y lo caro que estaba todo, a veces no había para pagarles a los trabajadores y aquellos se cobraban “a lo chino”, llevándose la herramienta o la madera. Eso enfurecía mucho a papá. Creo que papá se enfurecía mucho más cuando me veía recostado en la cama leyendo despreocupadamente los fines de semana. Charlaba en voz alta con mamá y recitaba sus problemas y la falta de clientes y dinero. Nunca se me ocurrió que quizá esperaba que me acercara a ofrecer mi ayuda. Además de mi trabajo en el banco, todavía entonces, me pasaba los sábados trabajando en la frutería del tío Emeterio y estudiando. Yo no recibía dinero por eso; al final del turno, el tío me tenia un “mandadito” para llevar a la casa. ¡Que buen tío!

Un día, a papá se le ocurrió que la esquina era muy buen punto para vender jugos naturales. Se sentó a hacer cuentas. Calculaba que en promedio, entre las 5:00 y las 8:00 AM, 25 personas esperaban el camión cada 15 minutos; “si tan solo el 10% de ellos compraran un vaso de jugo -decía- se venderían mínimo 30 vasos en esas tres horas. Negocios similares vendían el vaso en 5 pesos, cuando el camión costaba tan solo 50 centavos.

Sin pensarlo más, se fue al mercado Colón, compró un saco de naranjas valencia y el exprimidor mecánico. Nos reunió en familia y giró instrucciones:

“Mañana (lunes), se levantan temprano, unos lavarán las naranjas, otros las partirán en mitades, el más fuerte – y voltea a verme- las exprimirá, se llenarán los vasos y, para que se mantengan inocuos -hubo de explicar el significado de esa palabra que nos hizo soltar una carcajada-, le ponen una media naranja encima a cada vaso. Mamá se encarga del dinero, “5 pesos el vaso, vieja”. Dijo que si vendíamos todo tendríamos 150 pesos y que habría que pagarle a él 75 que había invertido.

No les niego, se veía interesante el negocillo. Nos emocionamos mucho. No sé si por la oportunidad de colaborar en familia, o por el dinero que generaríamos.

Ese lunes, nos levantamos jubilosos, yo le puse mucho empeño al exprimidor y mis hermanos también, cada quien en su tarea. Todo estaba listo para empezar a recibir a los clientes. Pero algo sucedió ese día: los clientes no llegaron. No había una sola alma pasando por la calle.

Mamá salió a explorar, solo para darse cuenta que ni siquiera el camión estaba pasando. Y ahí está el problema de no leer los periódicos. Días antes, el municipio anunciaba que el urbano 59 cambiaría de ruta. Adiós negocio.

Pues eran muchos jugos, si empezaba a calentar el día, estos se harían amargos; no había de otra, así que salimos a ofrecerlos a los paseantes de por Reforma, y por Madero. Según mi papá, había que gritar para atraer a los clientes, ¡jugos, jugos! Lo hacíamos, con algo de pena; luego, él nos dio el ejemplo, sus gritos también eran apagados, sin entusiasmo, con pena. Al final, vendimos dos o tres vasos en la calle. La vecina mandó comprar otro par de vasos, y al final, nuestra venta fue de solo 25 pesos. Y todavía teníamos que pagarle al viejo sus 75. Pues nada, era el primer día y ya estábamos quebrados.

No les miento, bebimos tanto jugo de naranja ese día que nos dio “cursio” -no se tomen la molestia de buscarlo en el diccionario, solo entiéndanlo como diarrea-. Era como si el destino nos hubiera dado una lección básica de mercadotecnia:

“pregunta a tus clientes que necesitan, no sea que les des un producto que termine convertido en caca”

Socha Sans-Jabaloi

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