Cuando Dios actúa, no hay instrumento imperfecto para su obra
Yo he estado cerca de la muerte muchas veces, unas por accidente, otras por negligencia. Todas esas veces, un adulto se aparece para salvarme.
Lo que aquí relato no me pasó a mi, ni vino un adulto; esta vez, el ángel fue una pequeña de apenas tres años con tal determinación que solo actuó cuando era necesario, sin saber si tenía la fuerza para hacerlo. O quizá si lo sabía.
Corría el año 1970. En ese tiempo vivíamos en el Estado de México, en un fraccionamiento construido sobre un pequeño cerro. Éramos niños aún, mis hermanos, nuestros amigos y yo. Traviesos, como se espera que sean los niños sanos, la vivíamos en la calle, explorando el bosque que rodeaba el cerro y también, las casas en construcción en el lado más nuevo de aquel fraccionamiento. Fue allí, precisamente, en donde estuvo a punto de ocurrir una tragedia.
Había una fosa pequeña en la que los albañiles se aprovisionaban de agua para sus trabajos: preparar la mezcla, humedecer el yeso, y hasta para enjuagarse al terminar la faena. La fosa no era más alta de unos cuarenta centímetros, de forma tal que un pequeño podía treparla y jugar en el agua, sin dificultad. Eso hizo Jorgito Cuevas aquel día.
Teté, mi hermana más pequeña, de la misma edad y estatura de Jorgito, también jugaba allí, pero no fue tan audaz como el niño y se quedó del lado más seguro. El chico empezó a chapotear el agua con sus manos y pies. Quizá se había quitado los zapatos porque en una de esas se resbaló y calló al agua. Parado, el nivel de agua le llegaba tan solo hasta sus rodillas, acostado, le tapaba por completo. El chico empezó a dar patadas desesperadas para salir, se incorporaba y caía de nuevo a causa del suelo resbaladizo. Teté se percató de ello y, recargándose en una orilla, le extendió su brazo para que Jorgito tuviera de donde asirse. Aquello era peligroso, si el chico jalaba con fuerza, ambos caerían de nuevo a la fosa. Afortunadamente, eso no sucedió, y Teté logró sacar a su pequeño amiguito.
Los más grandes jugábamos cerca de allí. Para cuando otro niño nos alertaba de lo que estaba pasando, Teté y Jorgito lloraban, quizá por el esfuerzo, la desesperación o la alegría. Ya no había peligro, Teté le había salvado la vida a su amiguito.
Creemos que los ángeles habitan los cielos y les atribuimos poderes sobrenaturales. Yo vi uno en la Tierra, era mi hermana y, con determinación, igualó el poder de los mismos ángeles.





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