| “La felicidad llega cuando la das, no cuando la buscas”
Hace dos semanas, uno de mis compañeros de trabajo llegó apurado a mi oficina. Inició una conversación típica de “hola, como están” y así; pero en su rostro se apreciaba su intranquilidad. Resulta que él se había comprometido a ser el Santa Claus de este año en un evento organizado por la oficina administrativa. Había olvidado que en la fecha requerida ya tenia otro compromiso de viaje a Guadalajara. Andaba buscando quien le reemplazara y pensó en los tres hombres de mi oficina. A ninguno de los tr4s nos entusiasmó la idea. Se fue triste y cabizbajo.
Al siguiente día, durante la comida, se sentó a nuestra mesa. Nada raro, pues, antes de su ultima promoción, el era miembro de nuestro club de comensales en la cafetería. Seguía triste. “¡Rayos! No encuentro quien me reemplace”, empezó diciendo, “A ti, Mario, ¿no te interesaría?”. Le dije que eso de disfrazarme no iba conmigo y que, en mi opinión, había mejores alternativas alrededor. Personas de complexión mas robusta que la mía. “Te compramos una barriga falsa, ¡ándale!” insistió.
Bueno, fue tanta la insistencia de este hombre en los días siguientes que le reté, “Mira, vamos a hacer una cosa. Si me queda el traje es que es para mi la tarea de hacerla de Santa este año; si no, buscaras a alguien más. Así lo hicimos. Fuimos a su oficina y me probé el traje. Era exactamente de mi medida. Las compañeras de oficina se emocionaron y empezaron a tomar fotografías. Me las mostraron. Me convencí. Acepté.
Cuando lo anuncie a mi familia, provoque incredulidad y emoción. Mi esposa se emocionó tanto que me fue a comprar unos anteojos de Santa y unos guantes blancos. Ya le había contado que el traje tenia un olor a encerrado muy fuerte y que carecía de esos elementos. En la oficina enviaron el traje a la lavandería y lo tuvieron listo para mi actuación el día 14 de diciembre del 2019. MI esposa y mi segundo hijo me acompañaron ese día.
Me empecé a vestir mientras, frente a mí, mi hijo tomaba una secuencia fotográfica del proceso. Termine de vestirme y, en ese momento, sucedió algo mágico: Mario había desaparecido, y era el verdadero Santa era ahora quien portaba aquel traje.
Me avisaron que un camión de bomberos había llegado y se esperaba que yo subiera a la canasta de servicio para desde allá saludar a los niños. Sali y saludé a los bomberos como si fueran niños. Ellos lo disfrutaron, apenados. Subí con algo de esfuerzo a la canasta; ya arriba, me aseguré y la unidad inició el corto viaje hacia el patio frontal del edificio.
Cuando el camión torció en la esquina del edificio, pude divisar a los chiquillos que emocionados brincaban esperando a que Santa se acercara un poco más. “Jo,jo, jo”, empecé a reír con voz grave. Cuando el camión se detuvo, inicié mi camino de descenso. A la mitad de este, me detuve a saludar de nuevo a los niños y a la demás gente que se acercó a observar, “Feliz Navidad, jo, jo, jo” grité nuevamente. Y otra vez, cuando bajé del camión.
Apenas di unos cuantos pasos cuando los niños me abordaron. Todos querían saludar al verdadero Santa Claus.
La noche anterior, ya acostado para dormir, una idea me hizo saltar de la cama y consultar a Google: ¿Qué preguntan los niños al Santa? Encontré un blog de un Santa que lleva realizando esta tarea por veinte años. Dice: “Los niños te preguntarán cosas normales y pedirán los juguetes de moda; pero, hay que estar alerta para los niños poco comunes que te sorprenden con sus cuestionamientos: Se refería a aquellos que piden les regreses a un familiar recién fallecido, o a los escépticos que no cree que eres Santa.
Las chicas que organizaron el evento acercaron una banca y una canasta de dulces. Empecé mi actuación: “¡Que linda princesita, ¿Qué quieres para navidad?”. “Soy niño”, responde. Era chico.
La multitud que esperaba platicar con Santa era una mezcla de niños mexicanos y estadounidenses. Por precaución, yo preguntaría “¿ingles o español?” No faltó quien me contestara “Both”.
La tradicional foto con Santa fue requerida tanto por niños, familias y hasta jóvenes y adultos solteros.
Fue un día maravilloso. Mi esposa luego acepto que las lágrimas se le habían escapado por un momento. El rostro de mi hijo, indicaba que él también lo había disfrutado.
Al siguiente día en la oficina, la jefa administrativa, agradecida por mi participación, me felicito y me invito a repetirlo el próximo año. “Quizá”, le dije sin confirmar nada.
Cuando se abrió la convocatoria de este año para el Santa, pasaron casi seis semanas antes de que alguien se propusiera como voluntario. Es evidente que muy pocos sabemos de la recompensa que viene cuando haces feliz a otros.
Yo pensé que haría felices a los niños, pero en realidad, también me hice a mi más feliz.





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