“Hay más dicha en dar que en recibir”
Hechos 20:35 (N.V.I.)
No pretendo dar un sermón aquí, ahora; esta cita de la Biblia es la introducción perfecta para lo que les voy a contar. Es una experiencia familiar que nos enseñó a descubrir que ayudar a otros, le hace bien al corazón.
Uno vive la vida trabajando para ganarse el pan y darse a la diversión y el esparcimiento mientras se puede; porque una cosa sabemos bien los adultos, y es que, en esta vida, no importa cuánto estudies, cuánto trabajes, cuánto ahorres, unas veces habrá bonanza, otras veces habrá escasez. Pero hay personas que viven continuamente en un estado de carencia, necesitadas y, además, olvidadas.
Se acercaba la navidad del 2007, en ese tiempo asistíamos a la parroquia de la Santa Cruz, del padre Ernesto María Caro, un padre estricto, iluminado y entregado a la iglesia. Este acostumbraba colaborar con Cáritas, un centro de beneficencia, para encontrarles donantes que aportaran, en dinero o en especie, a los miles de casos que ellos atienden. Los casos, escritos y encerrados en pequeños sobres, colgaban adornando el arbolito de navidad que estaba dispuesto cerca del altar, como si fueran esferas. “A aquellas familias de buen corazón, se les invita a tomar un sobrecito y aportar a que los necesitados tengan también una feliz navidad” -animó el fraile a sus feligreses en aquella ocasión.
Ese año amigos -ustedes recordarán-, se iniciaba una recesión económica a nivel mundial. Yo empezaba a ver mis ventas caer poco a poco, aún así, no me iba mal, pero no tenia para compartir; meses atrás me había echado a cuestas el compromiso de una camioneta nueva. Extrañamente, aquel día en la misa, algo me impulsó hacia aquel arbolito, tomé un sobre y me lo lleve a casa.
Los niños estaban impacientes, querían saber qué decía la cartita encerrada en el sobre. Nos sentamos en la sala, la abrí y empecé a leer.
La hoja describía las condiciones de vulnerabilidad en la que se encontraba Don Néstor, un hombre en sus 60’s, a quien le habían amputado una pierna a causa de su diabetes.
Don Néstor solicitaba una cama o un colchón individual.
Los niños voltearon a verme – ¿qué le comprará papá?-, “vamos a comprarle su colchón”, dije yo decidido. Al siguiente día llame a Cáritas. Ellos se encargaron de darme la dirección de Don Néstor y de notificarles que iríamos a entregarle su colchón. Fuimos en familia a hacer la entrega.
La casa estaba construida de retazos de tablas de cimbra y cartón, techo de lámina. Toqué golpeando la desvencijada reja de madera con las llaves de mi auto. Salió una viejecita. “¿Don Mario?, pregunta.
Nos permitió la entrada y guió a los cargadores a una habitación. Ya habían colocado un piso improvisado con cajas de cartón para el colchón. No tenían la base.
La viejita nos ofreció limonada y nos contó que ella había “recogido” a Don Néstor de la calle. Sus ingratos hijos, le habían echado porque necesitaba demasiados cuidados. ¡Háganme el favor!
Salimos de aquella casita; en nuestros rostros, una apacible sonrisa de satisfacción por haber hecho nuestro buen acto de fin de año. Subimos al auto y tomamos el camino de regreso a nuestra casa. Mientras conducía, del asiento de atrás se escuchó un sollozo. Era uno de mis pequeños. Decía que no entendía por qué Dios permitía que la gente viviera así.
Le dije, “Dios no decide cómo vivirá la gente. Es decisión de cada quien prepararse para vivir mejor o vivir subsistiendo día a día. Lo que sí hace Dios, es poner en nuestros corazones el deseo de ayudar a quienes menos tienen.”
“Hoy, ayudamos a alguien gastando unos cuantos pesos; pero, la dicha que sentimos vale mucho más que eso”.
Si está navidad quieres dar tranquilidad a quienes están necesitados o viven en situación de vulnerabilidad





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