¡Que bien se siente despertar un día y ser invitado al desayuno fuera de casa!
Cuando me casé, sabía que una de las principales responsabilidades sería el proveer.
Para lograrlo, uno se procura un medio de ingresos apropiado para el estilo de vida que uno quiere llevar. Esto es muy fácil cuando los hijos son pequeños; pero, cuando crecen, crecen igual los gastos: comen más, salen más, visten más caro…
Desde hace algún tiempo, cuando mis hijos ya tenían edad para ganarse unos pesos, pensé que ya era tiempo de hacerlos a un lado. Ellos no lo recibieron con buenos ojos al principio y decían: “es tu responsabilidad”.
Poco a poco, cada uno de ellos empezó a sentir que ya era tiempo de dejar de depender del padre proveedor. Ahora tienen un ingreso y, aunque lo cuidan como el más preciado tesoro, en ocasiones mi esposa y yo disfrutamos de su generosidad.
Cuando Raúl recibió su primer sueldo, nos invitó a comer a toda la familia. Fuimos al Súper Salads, su lugar preferido. Mario un día preparó un corte muy caro para sus padres cuando estrenaba su nueva parrilla Weber. Adrián es más de botanas y cosas así, por lo mismo, sus convides son más frecuentes.
Todavía encuentro placer en llevar a la familia a comer los domingos a algún buen lugar; pero, eventualmente, quiero cenar o almorzar fuera de casa con mi esposa. Tener tiempo para nosotros dos, darnos cuenta que seguimos enamorados. Ellos se invitan solos y nos acompañan; otras veces, invitan a sus novias. No renegamos porque es una bendición el que aún quieran andar con nosotros.
Anoche, invité a mi esposa a cenar. Yo tenía ganas de pasta. Mis hijos se preparaban para acompañarnos. “No -les advertí-, esta vez solo estoy invitando solamente a su madre”. Hubo silencio. Resignados, siguieron con sus tareas o pasatiempos y nos desearon provecho.
Al siguiente día, estando yo en la sala, leyendo, mi teléfono anuncia un mensaje. Era Adrián, “eh, pa, te invito unos tacos de La Fea”. Me invitaba a desayunar. ¡Ah, que muchacho! Y, el padre, orgulloso.
Aunque mis hijos aún no ganan lo suficiente para mantener una familia, ya veo que empiezan a tomar forma de proveedores. Un día se marcharán, entonces, no se como me voy a sentir.
Dice un viejo adagio: “Disfrútalos cuando los tienes cerca, disfrútalos más cuando se van”




