“Cuando lo veas en la mira, dispara”

Todo el que entró en mi habitación cuando yo era pequeño, seguramente se habrá percatado de mi peculiar perchero; nada nunca se colgaba en el, pero siempre estuvo dispuesto para ese fin. Si cambiábamos de residencia, allá iba el perchero conmigo. La última vez que lo vi, estábamos mudándonos de la capital a la industriosa ciudad de Monterrey.

Mamá había empacado todo minuciosamente, enviaría todo por ferrocarril – lo más económico: un tren eléctrico con vagones metálicos, mi microscopio, un telescopio, una colección de libros antiguos, entre otras cosas. Nunca llegaron a su destino. Lo único que no me dolió perder fue aquel perchero.

Les cuento por que…

Para cualquier niño, las pistolas y los rifles son juguetes que le causan una gran atracción. Quizá sea el efecto que, como en mis tiempos, dejaban las películas de indios y vaqueros; hoy, los videojuegos como Call of Duty, Medal of Honor and Fortnite. El estado mental de un niño cuando toma un arma de juguete, no es ajeno a la realidad del daño que un arma de verdad infringe sobre algo, o alguien. Cuando toma un arma virtual, el sabe que el daño es también virtual. Lo mismo sucedía con aquellos rifles y pistolas de chinanpinas (o petardos) que usábamos en mis años. Sabía que no dañaría a nadie con la inofensiva explosión de un disparo de mi rifle de juguete.

Pero un día, a mi padrino se le ocurrió que era tiempo de escalar en mi formación de hombre. Papá y él ya se habían puesto de acuerdo; preparamos la mochila y la tienda de campaña. Mi padrino llegó con los rifles; minutos después ya nos dirigíamos hacia el bosque.

Lo siguiente que recuerdo es a mi mismo observando a un cervatillo en el centro de la mira de mi rifle

El pobrecillo comía apacible en la seguridad de su calvero privado sin sospechar que un cazador novicio le miraba tan de cerca.

“Ahí lo tienes hijo, dispara”, incitaba mi padre.

No puedo negar que estaba muy emocionado y la tentación de oprimir el gatillo hacia que mi dedo temblara. Pero no pude hacerlo, ese no era un juego. Esa arma lo habría matado de verdad.

Para mi padrino, aquello fue su mayor fracaso. Tomó su rifle y el mismo acabó con la vida de aquella indefensa criatura. “Diremos que tú lo cazaste”, dijo para falsear el éxito de su misión. Él mismo mandó hacer mi trofeo con una patita del cervatillo: el perchero.

Desde aquella vez, me convertí en enemigo de la cacería deportiva. Y cada vez que miraba “la patita”, como le decía yo, me juraba que jamas mataría a un animal solo por diversión.

Deja un comentario

Tendencias