Las personas que son dignas de homenajear son las que con música, altruismo, ideales políticos, movimientos sociales, o filosofías logran un cambio, una revolución o un giro de conciencia en el pueblo.
Lo conocí en una ocasión en una escuela preparatoria localizada en un barrio bravo de Monterrey. Era el día del estudiante en Mayo del 2003, me habían invitado a dar una platica sobre robótica educativa junto con otros especialistas en otras materias. Estábamos reunidos en la sala de juntas de la dirección cuando se escuchó la algarabía de una multitud acercándose a la puerta, está se abre y entra un hombrecito de aspecto humilde, carismático y con su camisa abierta hasta el esternón, mostrando una discreta cadena de oro puro colgando de su cuello. Los educados profesionistas se acercaron casi atropellándose entre sí para llegar al recién llegado para saludarlo de mano o pedir autógrafo. Yo estaba a su izquierda; volteó hacia mi y, en un gesto amable, me abraza exclamando: ¡mi hermano!” Yo agradecí el gesto y correspondí al abrazo. -¡Que envidia, -exclamó uno que estaba a mi lado- eres hermano del mismo Celso Piña! Yo la verdad, no sabía que este era el precursor de la música colombiana y vallenata en Mexico, e ídolo de la juventud de los barrios más bravos -decían-. La verdad es que, viendo que las personas preparadas le conocían, supe que su influencia debía ya haber traspasado la frontera de las clases sociales y la clases educadas. El director se disculpaba ahora con nosotros por habernos hecho perder nuestro tiempo; la presencia de Celso había causado un total descontrol del evento y le darían al público estudiantil lo único que querían, escuchar: su música. En mi camino al estacionamiento, la multitud cantaba acompañando al artista:
🎵Luna, llena mi alma de cumbia, saca de mi la locura y llévame a la luz y a la paz 🎶




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