Haz lo que amas, ama lo que haces

Dicen por ahí que para ser feliz debes hacer lo que te gusta. Mi primer trabajo profesional me llenaba de felicidad, podía trabajar sin descanso y aún así disfrutar lo que hacía. Pero, un día me cansé.

La imagen muestra la carta de renuncia que tuve que elaborar un poco antes de casarme.

En el tiempo en que laboré para Johnson Controls, Inc., habiendo sido contratado en México por Controles Reynosa. Fue una etapa en la que empecé a crecer como profesionista, pero también como adulto.

Aunque tenía jefes muy buenos en lo que hacían, ninguno era un verdadero líder. El ambiente de trabajo solo permitía un estilo de liderazgo y ese era autoritario. Ingenieros de piso y obreros teníamos la libertad de tomar decisiones hasta en tanto fueran bendecidas por el jefe. Si sabías seguir órdenes, no tendrías problemas, pero ya me conocen, siempre me fue difícil someterme a la autoridad; especialmente cuando la autoridad está equivocada o te pide cumplir tareas sin sentido o destinadas al fracaso.

Un día me cansé y decidí que era suficiente. Quizá a donde fuera no iba a ser diferente, pero al menos sería en otra ciudad y con otra gente.

La gran motivación para animarme al cambio era mi intención de empezar mi negocio, casarme y formar una familia. Llego un día en que me sentí suficientemente preparado para emprender el vuelo.

Así, en agosto de 1991, anuncié que diciembre de ese año sería el último mes de mis labores en esa empresa.

Había estado planeándolo por mucho tiempo, porque renunciarle a mi jefe había que tener muchos cojones. Ya lo escuchaba cantándome las cuarenta e intentando intimidarme. «No lo lograrás, no estás preparado, no sabes en lo que te estás metiendo».

Me pidió le declarara mi plan de vida para después de mi renuncia; solo así estaría tranquilo.

Con detalle le conté mis planes para la apertura de una distribuidora de alarmas, lo convencí y me dio su bendición.

¿Que fue lo que convenció a mi jefe autoritario de dejarme ir? Definitivamente que fue mi plan de vida.

En una relación laboral promedio, al jefe le vale tortilla lo que el empleado haga después de dejar la empresa. Este no.

Fred Cavazos me había adoptado como su hijo. Yo no lo entendí, hasta ese día.

Marzo 2021.

Mi suegra nos visitó en Monterrey para su revisión médica. Una noche, mientras leía yo un libro, ella se acerca y me entrega un papel enrollado a manera de pergamino.

Por alguna razón, este recuerdo se había quedado olvidado en su casa desde aquel año de mi renuncia a Controles, y ella amablemente lo guardó.

Mis compañeros de trabajo en Milwaukee me habían enviado por fax sus felicitaciones y buenos deseos en mi «alarmante» aventura.

Ahora leo sus nombres y viene a mi mente recuerdos de una etapa bella de mi vida, llena de sinsabores y fracasos, pero más de momentos memorables de crecimiento profesional y de maduración personal.

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