El ahorro constante al fin dio fruto: en el 2019 podríamos tomarnos unas vacaciones familiares.
La playa era el destino obligado. Mis hijos añoraban la arena y las olas del Mar. Cuando supe que la siguiente convención toastmasters sería en Rosarito, B.C., me di a la tarea de investigar lo que podríamos hacer allá. La publicidad turística hablaba de cruceros, viñedos, viejas misiones, paseos, etc.
El plan era dejar la frugalidad y gastar a nuestro antojo -mi esposa tiene problemas con eso, es parte de su personalidad-.
A principios de mayo, pregunté en el grupo de whatsup de la familia, que quien podría tomarse vacaciones durante la última semana de ese mes. Todos se anotaron. ¡Qué gusto que me dió! Decidido, tome el teléfono e hice mis reservaciones de hotel y vuelos.
Mis hijos estaban emocionados preparando su equipaje una noche antes de irnos, e incluso Adrián, con su amplia experiencia en viajes aéreos, nos consiguió nuestro pase de abordar.
Esta es la cronología de nuestro viaje.
Día 2. Miércoles, mayo 29, 2019
Dia 6. domingo, junio 2, 2019
El despertador sonó a las 4:00 de la mañana, lo escuchamos con flojera, parecía como si apenas hubiéramos cerrado los ojos.
Mi esposa se levanta primero, me dice que ya es hora, me incorporo y me quedo sentado en la cama. Como un Zombie, empecé a vestirme.
Las maletas ya fueron hechas una noche antes y solo faltaba guardar lo que habíamos usado para dormir. Raúl había hecho un muy buen trabajo al empacar las frágiles copas de vidrio que nos dieron en El Cielo en su equipaje. Parecía que llevábamos equipaje con sobrepeso.
Al filo de las 4:30 A.M., ya estábamos en camino hacia el aeropuerto de Tijuana. Allá, encontramos que en la fila para documentar nuestro equipaje había la mayor cantidad de gente. Permanecimos en línea hasta que dieron las 7:00 de la mañana, solo 5 minutos antes del abordaje.
La chica de la línea aérea me dió mi pase de abordar indicando que los demás miembros de mi familia tendrían que esperar en la sala hasta que todos los pasajeros hubieran entrado al avión; por alguna razón a ellos no se les había asignado asiento aún.
Al final, todos entramos al avión, todos en su respectivo asiento y partimos. Dos horas más tarde, aterrizamos en el aeropuerto Mariano Escobedo.
Mientras mi familia esperaba la entrega del equipaje, yo salí apresurado a buscar un baño, todo el camino había andado mión y ya no aguantaba más.
Ya los esperaba en la sala cuando un hombre se me acerca ofreciéndome un taxi, le dije «somos siete y queremos ir a gusto». Me ofreció ahora una Sprinter por 700 pesos, la cual rente inmediatamente.
Llegamos a casa, dejamos las maletas a un lado, y se inició la rutina acostumbrada.
Habían terminado las vacaciones.





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