El despertador sonó a las 4:00 de la mañana, lo escuchamos con flojera, parecía como si apenas hubiéramos cerrado los ojos.
Mi esposa se levanta primero, me av isa que ya es hora, me incorporo y me quedo sentado en la cama. Como un Zombie, empecé a vestirme.
Las maletas ya fueron hechas una noche antes y solo faltaba guardar lo que habíamos usado para dormir. Raúl había hecho un muy buen trabajo al empacar las frágiles copas de vidrio que nos dieron en El Cielo en su equipaje. Parecía que llevábamos equipaje con sobrepeso.
Al filo de las 4:30 A.M., ya estábamos en camino hacia el aeropuerto de Tijuana. Allá, encontramos que en la fila para documentar nuestro equipaje había la mayor cantidad de gente. Permanecimos en línea hasta que dieron las 7:00 de la mañana, solo 5 minutos antes del abordaje.
La chica de la línea aérea me dió mi pase de abordar indicando que los demás miembros de mi familia tendrían que esperar en la sala hasta que todos los pasajeros hubieran entrado al avión; por alguna razón a ellos no se les había asignado asiento aún.
Al final, todos entramos al avión, todos en su respectivo asiento y partimos. Dos horas más tarde, aterrizamos en el aeropuerto Mariano Escobedo.
Mientras mi familia esperaba la entrega del equipaje, yo salí apresurado a buscar un baño, todo el camino había andado mión y ya no aguantaba más.
Ya los esperaba en la sala cuando un hombre se me acerca ofreciéndome un taxi, le dije “somos siete y queremos ir a gusto”. Me ofreció ahora una Sprinter por 700 pesos, la cual renté inmediatamente.
Llegamos a casa, dejamos las maletas a un lado, y se inició la rutina acostumbrada.
Habían terminado las vacaciones, pero la corta visita a Rosarito nos había regalado la experiencia ya olvidada de paz, disfrute y convivencia en familia.





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