El Fuerte, Sinaloa. (1967)
La carrera de funcionario público de mi padre estaba en ascenso; aún estaban frescos mis recuerdos de cuando el salía temprano de la casa cargando en su espalda hieleras de poliestireno y radios de transistores para vender casa por casa, tan solo dos años atrás.
La casa de la colina
La casa de la colina era ya nuestra segunda residencia en el pueblecito de clima tropical en Sinaloa. La llamaban así, y era la esquina noreste, frente al parque público, por la calle Hidalgo. Era una casa pequeña; parecía ser la casa de algún antiguo caballerango. Desde el patio de la casa, por encima de esta, en una construcción contigua al lado posterior, se observaban vetustas monturas verdosas por la humedad, colgadas en los pilares que sostenían un techo derruido. Al lugar no había acceso por ningún lado; por alguna razón, tiempo atrás, alguien había decidido que el lugar debía estar cerrado para siempre. Dentro de mi casa, al final de un corredor, un arco sumergido en una pared, daba la impresión de haber sido el principal acceso a ese oscuro lugar lleno de misterios.
Los Santos rotos
Recuerdo que un día fresco de otoño, “la Vidaña” – que así llamaba la gente a mi madre-, me pidió cavar un pozo para sembrar una varita de membrillo en el patio. Apenas hube hundido la pala en el suave suelo, está topó con lo que parecía ser un jarro, a juszgar por el sonido del metal golpeando. Me apresuré a cavar y descubrir lo que la tierra escondía. Desesperado, deje la pala y removí la tierra con mis manos. De pronto, algo pinchó mis dedos y emití tremendo alarido y borbotones de sangre brotaron de estos. Mi madre corrió en mi auxilio y se quedó pasmada cuando se percató de lo que había descubierto. Era una cantidad increíble de figuras de Santos católicos, todos hechos añicos. “¡Santa Madre De Dios, quien fue capaz de tal sacrilegio! Como vi que mi madre parecia no ver mi sangre, corrí a lavarme y desinfectarme yo mismo. Luego supe que había salido corriendo a notificarle al párroco de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, a una cuadra de ahí. Cuando al fin regresó, me pidió cubrir nuevamente y buscar otro lugar para la varita de membrillo. Pensé que no habría sido sacrilegio después de todo.
El ataque de los bitaches
El parque municipal quedaba justo enfrente de la casa de la colina y justo detrás del palacio municipal. El pasto verde cubría siempre la superficie y solo algunos claros eran visibles donde los chiquillos pisoteábamos con más frecuencia: alrededor del subí-baja, el resbaladero, el tiovivo… La yerba parecía crecer sin freno, los jardineros no acababan de cortarlo y limpiar, cuando ya tenían que empezar de nuevo. La yerba crecida era un aliado para los que sabíamos ocultarnos en ella cuando jugábamos escondidas.
Todos éramos muy inquietos. Mi grupo de juegos se acercaba a la docena; niños y niñas, sin distinción, podíamos jugar béisbol, la roña, saltar la cuerda o jugar al burro 16. No obstante la sana variedad, el juego que mas nos divertía era el de molestar a los bitaches. Los bitaches, sabíamos, eran estúpidos; no podían localizarnos escondidos en la maleza; solo podíamos ser objetivo de su ira si estábamos en movimiento.
En la parte alta del edificio de palacio municipal, casi pegado a una ventana del segundo nivel, una mancha pardo-oscura revelaba la presencia de un panal. La forma desordenada en que las pequeñas celdas hexagonales eran aglomeradas, daba cuenta que los constructores no eran abejas.
Después de azuzar a la pandilla, cada uno de nosotros cargó con un arsenal de piedras dispuestos a derribar el panal. Era un reto para chicos de cinco y siete años lograr lanzar las piedras a esa altura. Alguien al final lo logró. Una nube color castaño se formó sobre nosotros y empezamos a correr para guarecernos, a la vez que reíamos a pesar del inminente peligro. Nos echamos a la hierba y tratábamos de quedarnos quietos como roca. Todos hicimos lo mismo, excepto el más pequeño de nosotros. Con angustia, observé que el pequeño seguía corriendo en círculos sin saber que hacer. Arriba, la nube parecía haber encontrado su objetivo y ya se dirigía hacia el. Nadie se movió, lo tuve que hacer yo. Me levanté precipitándome hacia el pequeño que no paraba de gritar en su desesperación mientras huía. Los véspidos estaban a punto de alcanzarle cuando, de un golpe, lancé al chico hacia la maleza; bueno para el, malo para mi. Los enojados insectos cayeron en desbandada sobre mi, unos mordiendo, otros clavando su despiadado aguijón en mi cuello, brazos, espalda. Solo mi cara se salvó, porque me deje caer al suelo cubriéndome la cara con mis manos.
Cuando aquellas se cansaron de masacrarme, quizá más espantadas por mis chillidos, se alejaron y siguieron con su vida. Estoy seguro que los bitaches más jóvenes celebraban diciendo, ¡que chinga le pusimos al pinchi plebe!
Corrí a mi casa buscando ayuda; mi madre sabría que hacer para mitigar el inmenso ardor de las picaduras; noté que apenas podía respirar. Entré a mi casa, los demás niños detrás de mi. Llamaba a mi madre a gritos pero no obtuve respuesta. La encontré en su recámara postrada en el suelo, la vista perdida y lágrimas en sus ojos. Sostenía apenas un papel en su mano como si quisiera que el viento lo llevara lejos. No se dio cuenta de mi dolor; yo seguía llorando. Una niña mayor que había entrado conmigo, intenta ayudarme y pregunta desesperada «¿donde tienes el Vic’s?”, le señalé una cómoda y corrió a buscarlo. Yo respiraba cada vez con más dificultad. La chiquilla regresó con un pomo de mentolato y empezó a aplicarlo en mis abultadas ronchas. Ya no lloraba yo; aprendí que llorando me faltaba mas el aire. El fresco aroma del ungüento aplacó el ardor y me ayudaba a respirar aunque fuera un poco. Todos se fueron deseando que me «aliviara».
Ya calmado, me deslicé a la alcoba de mamá quien aun lloraba desconsolada. Ya había allí una señoras de edad, consolándola. ¿Que paso?, pregunté. La vieja me extiende el papel. Era un telegrama. Un mensaje corto sin artículos, pronombres ni puntuación que se leía, «ANTONIO PADRE FALLECIDO SEPULTAREMOS MAÑANA».
Corrí hacia mi madre y la abracé entendiendo su dolor.
Ambos lloramos ese día, ambos sentimos un gran dolor. No quise imaginar que era más doloroso, si perder a un padre o un piquete de bitache; pero de algo si estoy seguro, ambos causan un contundente ardor en el alma.




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