Paseando por Tokio
La olimpiada mundial de robótica había concluido. Mis compañeros de viaje se habían trepado al tren rápido para ir a Fuji. El costo del viaje en tren y del tour juntos, era más de lo que yo quería gastar. Regrese al hotel y, para mi sorpresa, me encontré con otro compañero que tampoco quiso hacer el viaje a Fuji; más tarde nos juntamos para cenar y platicar de nuestra gran experiencia en la competencia. Era tarde para aventurarnos a explorar la ciudad, el prefirió regresar a hacer su maleta, pues saldría temprano al día siguiente; yo tendría todo el día siguiente para explorar Tokio.
Era el 3 de noviembre del 2008. Desde temprano, después de mi desayuno, salí a caminar sin rumbo, aunque sabía que no podía perderme el museo de ciencia y el de artes de Üeno. La manera más sencilla de conocer Tokio y sus alrededores, es subirse al JR -el metro-y bajar a caminar en cada estación. Así lo hice. Bajé al subterráneo en la estación de Ikebukuro y tome la línea hacia Üeno, no sin antes perderme entre las múltiples líneas un par de veces; afortunadamente, el sistema de trenes en Tokio no es muy complicado pero el impulso del turista de caminar a la misma velocidad que los locales no da tiempo a la razón. Es como un impulso para aparentar que uno conoce el lugar de años.
En Tokio es poco común encontrar un letrero en inglés, y tiene uno que ser muy listo para descifrar el código de los símbolos. Si no sabes en que estación estás, simplemente te subes al tren y escuchas que estación sigue, pues esas si las anuncian en japonés y en inglés.
Al fin llegamos a Üeno. Con tantas salidas hacia diferentes lugares, cualquiera era buena; era más fácil salir y buscar el camino desde afuera, que tratar de salir por el lado correcto desde adentro; caminas, y tropiezas con los muros de gente que caminan en todas direcciones.
Ya conocía el lugar, fue exactamente allí donde llegué la primera vez viniendo desde el aeropuerto de Narita. Mis compañeros distribuidores de la Ciudad de México prometieron esperarme allí, pues su vuelo llegaría antes que el mío; llegué con retraso de 15 minutos y ya no los encontré.
Estaba en otro país, casi sin efectivo; yo no me había preparado confiando en que uno de mis compañeros había prometido encargarse de los gastos; yo era su invitado.
Luego de pasar el trago amargo de sentirme abandonado a mi suerte, decidí calmarme y razonar para tomar decisiones.
Me senté y abrí mi laptop para confirmar la dirección del hotel y su número telefónico (aun no existían los smartphones). Desde una caseta pública llamé para ver si realmente había reservaciones para mí -ya empezaba a sospechar de un engaño-; la respuesta afirmativa de la chica, al otro lado de la línea, me dio tranquilidad. Si había reservaciones para todos en el grupo, pero nadie se había registrado aún.
Abrí mi cartera para contar mi efectivo y lo fui a cambiar por moneda local, sólo complete 14,000 yuan. Pensé que era mucho dinero hasta que decidí ir a tomar un taxi que me llevara el hotel. Para sorpresa mía la tarifa inicial eran 27,000 yuan.
» Si no tiene dinero, tome el camión o el tren», me recomendó el taxista.
Recordé que las instrucciones para llegar al hotel hablaban de un tren hacia Üeno, releí y minutos más tardes ya estaba abordándolo. Llegué a Tokio, poco antes del ocaso. Caminé aún con Luz de día; cuando encontré el hotel, ya casi no había gente en las calles.
El edificio no parecía hotel, más parecía una escuela. El recepcionista era americano, un chico ya entrado en sus 30. «¿Que haces acá lejos?” -pregunté. Me compartió su plan de recorrer el mundo que inició desde que tenía dieciséis cuando viajó a Madrid, como su primer destino. Indicó que terminando en Japón recorrería el archipiélago malayo.
Me guió hasta mi habitación. Antes me había recomendado que usara la habitación comunitaria, era más económica y también era segura. No me convenció por el simple hecho de que tendría que dormir con desconocidos. Al llegar a mi habitación le agradecí, entré y me eché a dormir.
Ahora, de día, me asombro como la multitud no descansa a ninguna hora. Ríos de gente viniendo y otras yendo; sus rostros tácitos y con miradas esquivas, ninguno te ofrece un saludo; ellos si se saludan entre sí. Nunca en ningún lugar me había sentido tan solo.
Caminé por el callejón del mercado; la gritería de los mercaderes me recordó mucho aquel que frecuentaba mi madre en Santa María la Rivera en la Ciudad de México » tilapia fresca marchantito, pásele » parecían decir.
Los sabrosos olores de los que venden comida cuyos nombres no logro repetir, no por impropios, si no por difíciles. Olía muy bien; todo se podía comer, pero escoger lo que uno habría de comer, era realmente una aventura. Pruebas lo nuevo sólo por probar, pero los alimentos no son agradables a tu gusto más por su consistencia que por su sabor, son gelatinosos, y en su mayoría, carecen de sal; otros, son pescado crudo o carne cruda y abundan los platos fríos. Después de varios días de experimentar, terminé acostumbrándome. No es del todo mala, y aprendes que hay 1000 formas de preparar los alimentos.
Otro detalle importante es que una comida corrida te incluye la ensalada, un caldo y el guiso con su correspondiente guarnición de arroz y verduras. Lo raro aquí, es que la ensalada es apenas cuatro o cinco trozos de algún vegetal con una salpicada de algún aderezo. La porción grande es el guiso, no más de 300gr de proteína, incluyendo la guarnición. No toman agua, para eso es el caldito que te sirven. Terminé satisfecho, pero a las tres horas posteriores, tenía hambre otra vez.
Mientras miraba los exuberantes paísajes del extenso parque Üeno, se me acabó el camino y llegué a una enorme escalera, la subí y me encontré con decenas de niños y niñas vistiendo su uniforme escolar; así me percaté de lo cerca que estaba ya al Museo Nacional de la Naturaleza y las Ciencias.
La galería global del Taitō-ku es un espectáculo de demostraciones de todo tipo de invenciones japonesas desde la época Edo en adelante. Luego, pasando a la galería de Japón conoces la historia de los pobladores, desde aquellos que habitaron hace 40,000 años la isla; es impresionante la gran similitud de costumbres, fisonomia y alimentación que los japoneses tienen comparadas con nuestras razas americanas.
Oscureció. Aún tenía energía para continuar mi viaje de regreso al diminuto Oak Hotel localizado sobre la amplia avenida principal denominada Línea Ginza. Crucé desde la estación del tren subterráneo hacia un pasaje peatonal; las luces de colores de los anuncios luminosos ya resplandecían en cada rincón y en cada edificio; recorrí el callejón de un lado a otro, ya casi eran las nueve de la noche. Observé asombrado a personas vestidas de traje preparando su furtivo lecho nocturno sobre cajas de cartón de desperdicio; se disponían a pasar la noche en plena zona peatonal. Era como haber vuelto a México y observar a los indigentes preparándose a dormir; la gran diferencia era que estos no eran indigentes y además vestían formal. Pensé, » debo aprender de ellos porque quizá en dos días tendré que dormir en la calle yo también «.
Mi habitación en el pequeño hotel era un poco más grande que el baño de mi casa: había una pequeña cama, más bien catre, un buró encima del cual había un televisor viejo que no pude encender; el baño, la tina, el retrete y el lavabo todo en una sola pieza. Era asombroso ver cómo se aprovechan los espacios pequeños. Aún así, eran muy cómodos. Me recosté en la cama y comencé a planear mi itinerario del día siguiente; me eché la frazada encima y cerca de la media noche ya estaba envuelto en un profundo sueño.
Alguien tocó a la puerta de mi pequeña habitación. Era tan noche que temí que fuera alguien del dormitorio común. Pregunté en inglés «¿Quien es?» Eran mis compañeros distribuidores. Tres de ellos llegaban a saludarme y asegurarse de que todo estaba bien. También estaban consternados por el tamaño del hotel y propusieron que nos cambiaríamos a otro, cualquier franquicia conocida sería mejor. Pero esa noche ya era muy tarde para hacerlo, así que nos quedamos. Alan, el más joven del grupo, se quedó conmigo.





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