Es la segunda vez que me pasa.
La primera vez, no lo sentí mucho porque el equipo local de soccer había ganado el torneo de la Liga MX, que esa vez concluía con un clásico; hasta cierto punto, era comprensible que mi esposa e hijos prefirieran estar en el ambiente de celebración y euforia que se desarrollaba en nuestra calle, con ltodos los vecinos. Yo también celebraba, aunque no con tanta efusión.
Habíamos empezado temprano con una reunión familiar en la que mis hermanas se sumaron desde temprana hora. Carne asada, cerveza y charlas alegres dominaron el momento hasta el inicio de la transmisión del partido. Nuestro vecino, al otro lado de la calle, también tenía su reunión familiar con los propios parientes. Tenía su servicio de televisión contratado con SKY y por lo mismo, la transmisión llegaba primero a su televisor que al mío con una margen de solo algunos milisegundos -así es IZZI.
Sucedió que aquellos gritaban gol o se emocionaban con un tiro a gol, antes que nosotros. Mis hijos prefirieron dejar nuestra reunión y se sumaron a la del vecino que, además, estaba más animada y concurrida de chicos de su edad. El momento incómodo llegó cuando mi esposa también nos dejaba para acercarse al otro grupo. Mis hermanas y yo solo nos miramos unos a otros con una sonrisa de aceptación forzada. Esa vez, les reproché la falta de tacto para con nuestros invitados. (Como siempre, todo er una impresión errónea de las cosas de parte mía).
Ayer, el más pequeño de mis hijos sugirió que sería buena idea tener una comida familiar con carne asada para usar su recién comprado asador. El y mi esposa fueron al supermercado a comprar lo necesario, regresaron y mi hijo empezó a preparar todo. Mientras asaba la carne, nos acercamos a hacerle ompañía, e iniciamos una charla agradable a la vez que pellizcábamos de lo que iba saliendo. Mi hijo mayor se acercó también y comimos todos. Al otro lado de la calle, el vecino saludaba. Mi esposa me indicó en voz baja que aquel se encontraba solo en su casa, pues toda su familia había tenido otras actividades: “invítalo a venir” -me aconsejó.
El vecino accedió a acompañarnos, pero no probó bocado; se hizo acompañar de una botella de cabernet que compartió con nosotros. Mientras platicábamos (o mejor dicho él platicaba), empezó a llegar gente a su casa; “si, mi hijo va a tener reunión” -indicó. No se puede tener una plática inteligente o seria con él; es muy nervioso y tiende a cambiar de tema o distraerse con otras tareas como: indicarte como debe uno asar la carne, comparar como lo haría el, y de todas las demás cosas que la gente le admira.
Más gente se había reunido en el patio de su casa y decidió retirarse. Las costillas de puerco estaban a punto de salir, yo las esperaba. No pasó mucho tiempo después de que las costillas fueron colocadas en un recipiente, que mis hijos, y luego mi esposa, decidieron unirse a la otra reunión. Igual que la vez anterior; solo que esta vez yo no tenía compañía.
“Bueno -pensé- al cabo tengo muchas películas pendientes de ver”.
Es lógico, creo yo, que haya sentido frustración al darme cuenta de que no soy la primera opción para un rato agradable. Esta vez, no reprocharé nada. Me duele, pero tengo que aprender a superarlo; es aceptarlos como son, aceptar que lo que disfrutan esta mas allá de lo que yo puedo o quiero dar. Ojalá fuera yo más alegre, más amigable, pero no lo soy. Ellos también deben aprender a aceptarme como soy.





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