El rostro del viajero siempre es diferente

Familias completas, parejas de recién casados, estudiantes, modelos, y una larga lista de personajes diferentes. Esa es la concurrencia típica de una sala de aeropuerto.

Cuando veo sus rostros y los escucho hablar juraría que no son ellos mismos.

El ambiente los lleva a mostrar la cara que no dejan salir en un día normal, un día de su tediosa rutina. La idea de tomar un avión y salir a disfrutar tiempos de ocio los libera del cansancio, la desesperanza y la angustia de estar atados a hacer lo que no siempre les gusta.

Mi familia entera vino a despedirme al Mariano Escobedo. Me voy por dos semanas. Pudieron haber sido tres, pero cancele un viaje a Alemania, habría sido demasiado para mi. Estaré en Ciudad de México y en Orlando, Florida; ya saben, ferias comerciales.

He llegado a la Ciudad de México y se observa claramente en efecto de un puente vacacional muy largo. Las calles están tan transitables que dan ganas de ver ir a residir a la gran ciudad.

Recibo mensajes de Whatsup de mis colegas que hay llegado antes que yo y se preparan para ir a cenar. Yo estoy a 30 minutos del hotel aún.

Me registré en el Isabel Sheraton, frente al Ángel de la Independencia. La habitación ofrecida en cortesía por el organizador de la feria comercial es más grande de lo que necesito. Me instalo y salgo al encuentro con mis colegas; los conozco de nombre, no de cara. Quedamos de vernos en el Chuchito Pérez, frente la fuente de Cibeles en la colonia Roma. Tacos, bah y «cheveritas».

El arduo trabajo en la feria nos invitaba a reposar el día en los bares de la zona enmarcada por la Cuauhtemoc, la Roma, la Anzures y Polanco. El bar del Isabel Sheraton -dónde nos llevamos una sorpresa con la cuenta-, el St. Regis con ambiente propio para «mireyes» y sus deliciosos cócteles afrutados, y el lúgubre pero tranquilo Félix, nada que ver con el gato o la famosa doña. «Lo dejamos a su imaginación» – me dijo el barista.

ninguno de los tres quisimos pagar por el desayuno del hotel de treinta y cinco dólares. Comíamos fuera; mis colegas en El Mexicano, yo en la Nueva Cuba, desayuno de sesenta y cinco…pesos. La verdad, me daba pena pagar tan poco; pero así costaba.

Me quedé un día más para poder salir en vuelo directo hacia Orlando. Un día de ocio.

Lo primero que hice fue caminar unas cuadras atrás del hotel hacia la calle Amazonas; quería ver mi antigua casa. Que bonita, está igual.

Camine por la ciudad hasta agotarme. Mi visita al Castillo de Chapultepec vio mi último atisbo de energía. La ciudad está muy cambiada. Demasiados edificios, eso la hace bella.

Amanece, ahora voy a Orlando.

Deja un comentario

Tendencias