Eran días de gran resentimiento con el gerente de Mecamex, una pequeña fábrica de estampados metálicos donde fungí como promotor por un buen tiempo.
Cuando empezó a racionar el pago de mis facturas e ignorar los nuevos clientes que le presentaba, supe que algo andaba mal en nuestra relación de negocios. Sus comentarios sarcásticos a veces eran muy directos y reclamaban mi participación en asuntos de cobranza, produccion, compras y recursos humanos. Quería que me hiciera cargo de la planta, lo cual me hubiera encantado de saber que tendría libertad para decidir; sabía que eso no podría ser. Desde el principio, nuestro acuerdo fue, proporcionar un servicio de promoción de su capacidad productiva y a eso me dedicaba yo.
Los cheques llegaban recortados y muy tarde. Yo mantenía la relación por conveniencia; en ese momento, no tenía otra fuente de ingresos. La debacle económica generada por la quiebra de Lehman Brothers hizo sus estragos en todo el mundo. Perdí mis clientes y nadie más contrataba servicios.
En esos días del 2008. mi economía estaba muy comprometida. Me fue necesario racionar la despensa y en el colegio de mis hijos tuve que pedir prórrogas para el pago de colegiaturas que ya de por si tenían meses de retraso.
Mi segunda fuente de ingresos, -un pasatiempo- vino a convertirse en la más importante productora de efectivo; por alguna razón y a pesar de la crisis, los padres gastaban en cursos para sus hijos, como alternativa de tenerlos en casa las 24 horas. Así es que me dedique con más ahínco a mis clases y concursos de robótica.
Para mayo de ese año, el gerente de Mecamex y su hermano me llaman a junta. Me explicaron su deseo de viajar a una feria industrial de maquinaria en Alemania. Sería la primera vez que salían de Mexico y temían que, con su desconocimiento de otra lengua, su viaje no fuera productivo. Habían programado el viaje para septiembre, a tiempo para EuroBLECH, una feria dedicada al ramo metal mecánico en la ciudad de Hannover, del 21 al 25 de octubre. Era la vigésima exhibición internacional de tecnología para la fabricación de partes metálicas. Alli, el gerente de Mecamex planeaba realizar su primer gran inversión: una cortadora láser.
Era también mi primera salida del continente americano. Yo no conocía Europa, pero ya tenía planes para ir a Asia ese mismo año.
Le pedí me diera tiempo para pensarlo pues, estaba más preocupado por la situación en que dejaría a mi familia, sin dinero. El me prometio que no debía preocuparme, «te sacare pago para un par de tus facturas atrasadas, para que les dejes dinero». Accedí y acepte hacer el viaje con ellos.
Era el mes de mayo y si, me pago dos facturas. Luego paso Junio, Julio y Agosto sin que me pagara un centavo por las demás facturas vencidas. Mi resentimiento era mayúsculo pues, cada vez que le cobraba me prometia «la siguiente semana te saco pago».
Llego el dia de partir. Aunque mi esposa y mis hijos se quedaron bien protegidos (por otros ingresos), yo no iba agusto. Iba a ser un viaje largo, los hermanos Flores me recomendaron me fuera cómodo; me fui en pants deportivos. Ellos se fueron bien vestidos, lo cual les causaba constantes risotadas.
Partiendo hacia Hanover
Al fin partimos, tendriamos escalas en Atlanta, Londres, y Zurich. En Zurich, los dos hermanos pasaron sin problema la casilla de inmigración. A mi, me detuvieron. Los agentes Suizos alegaban que mi pasaporte era falso. Atendieron a todos los pasajeros y me dejaron al ultimo para arreglar mi asunto. Al final de acaloradas discusiones, el oficial me indica que mi pasaporte no estaba firmado, y eso era indicativo de ilegitimidad. Se me ocurrió sacar mi tarjeta electoral en donde se apreciaba mi firma con buena definición; el oficial me invitó a firmar mi pasaporte y me advirtió «si tu firma no es igual, te regresamos a Londres». Afortunadamente para mi, después de una revisión caligráfica, me dejaron continuar mi camino. Eran cerca de las 6:00 AM y nuestro vuelo a Hannover saldría a las 7:30 AM, muy a tiempo.
En Hannover nos hospedamos en el hotel Maritime de Friedrichswall (hoy cerrado). Ocupamos una habitación doble con dos camas king-size muy amplia, con una sofa-cama incluido en una pequeña sala, sin aire acondicionado pero con calefacción. Cómo íbamos a dormir? Me adelanté y, para hacer las cosas más fáciles, propuse que yo dormiría en el sofa. Así fue.
Demasiadas salchichas
Antes de partir hacia la feria industrial Euroblech en las instalaciones del centro de exhibiciones de Hannover Messe, desayunamos en el restaurante del Maritime. Buena comida de buffet. En la feria comimos en la calle y, al regresar a Hanover, nos fuimos a cenar a un bar cercano en Schützen Platz.
Ya era noche, las 6:00 PM. El bar estaba lleno de gente que miraba el fútbol en la televisión. Ordenamos una especie de parrillada, sino saber que servirían. Mientras llegaba la cena, el barista nos sirvió cerveza de barril, sin dejar que el tarro se vaciara por completo. La chica que nos atendió resultó muy platicadora; era una chica con el semblante típico de la alemana campirana. Si lo era, decía que vivía en las afueras de Hanover, en Seelze. Nos morimos de hambre.
Cuando la chica trajo el alimento, nos miramos uno a otro, nos contuvimos un rato pero no aguantamos la carcajada. Nos habían servido un plato enorme y copeteado de salchichas grandes, chicas, venudas, prietas, etc. De todos colores y sabores. La chica pregunto «esta todo bien?». Yo le conteste, que todo estaba bien, que era solo que las salchichas tenían un aspecto curioso y grotesco y que esperábamos algo de carne en nuestro plato. Sonrío nerviosa y se fue. Mas tarde regresó a ver si todo seguía bien y si nos había gustado el festín de embutidos.
Salimos del bar y caminamos para bajar el salchichón. Nos topamos con un pintoresco restaurante en donde pensamos cenar al dia siguiente. «Se ve mas decente» comentó el gerente de Mecamex.
A la mañana siguiente, mientras nos preparábamos para ir al centro de exhibiciones, recibí el llamado de la naturaleza. Ya estaba yo arreglado y listo para partir pero tuve que pedirle a los demás me esperaran mientras evacuaba mis intestinos. En aquel cuarto de hotel, sin un sistema de ventilación adecuado, mis aromas fueron insoportables. Para mi mal, esta vez eran más fétidos, quizá debido al fuerte sabor de las salchichas de la noche anterior. Que pena me dio.
Al salir del baño, percibí la habitación impregnada de mis olores, no tuve escapatoria, tuve que confesar mi crimen, «se me paso la mano, verdad?» Creí que el gerente me confortaba cuando dijo «no te preocupes, no huele» hizo una pausa y luego exclamó «sabe!»
Tita la perlita
Las jornadas de trabajo en una feria industrial lo dejan a uno exhausto. Ya habíamos conectado con los representantes de Prima y nos habíamos interesado por tratar una cortadora láser de Finn Power. El negocio estaba dando para eso y mas, pero yo no recomendaba una inversión que demandará pagos mensuales iguales a nuestro ingreso promedio mensual.
Al regresar a Hanover, los hermanos pensaron que sería buena idea salir de compras antes de que luego no tuviéramos tiempo de hacerlo. Si uno se descuida termina comprando souvenirs en el aeropuerto. Mala inversion.
La zona cercana al Maritime estaba rodeada de tiendas de marca, los precios, inalcanzables para mi, pero no para los hermanos. Yo me metí en una tienda de souvenirs del Bayern y ahi compre los que pensé le gustaría a mis hijos.
Terminando nuestras compras, fuimos a cenar al restaurante seleccionado la noche anterior, el Beinhaus Schneider de la Sparkassenstrase. Era la primer comida decente que habíamos tendido en todo el viaje. Después, fuimos a caminar para bajar la cena. Estos alemanes por eso están grandes, comen demasiado.
En uno de esos callejones que le recuerdan al turista mexicano los que encuentras en Guanajuato o Zacatecas, no llamó la atención una pequeña y descuidada taverna. Entramos con la intención de tomarnos un par de cervezas.
El piso del recinto era de ladrillo, debía uno pisar con cuidado de no quedarse atrapado en la carcomida boquilla. Las mesas de madera tenían el aspecto de aquellas que han sido usadas por todo tipo de gente. Uno podía levantar la mugre con la una. Había pocos parroquianos, dos grupos sentados en mesas cercanas a la ventana detrás nuestro y un par de borrachos solitarios en la barra. Uno de los grupos de atrás eran hombres jóvenes alrededor de los treinta o treinta y cinco anos.
El gerente ordenó cerveza para nosotros y al preguntar el mesero si queríamos botana, el gerente se adelanto diciendo «no, no gracias; a Mario le hacen daño» pensando en el efecto de las salchichas del dia anterior.
El grupo de jóvenes empezó súbitamente a cantar. Estaban fuera de tono, pero se veían muy animados, demasiado. El dueño del bar, les pidió que se comportaran porque ponían nerviosos a los otros clientes. Se calmaron.
El gerente siguió pidiendo cerveza para nuestra mesa. Era difícil para mi seguirle el ritmo pues, yo solo tomo dos cervezas, cuando mucho. Seguí tomando.
En un momento de repentina felicidad, el gerente espetó una directa arenga al grupo de cantantes. Les decía como en México sabíamos cantar mejor. Luego nos invitó a su hermano y a mi a demostrarlo. «Cuál te sabes Mario?» Preguntó.
«Uy pues me se muchas pero hay que ver si tu te las sabes también»
«Mira, vamos a cantar una que seguro todos nos sabemos:
«Aquella que dice ‘♫ vivo en el mar, me llamo Tita, soy la perlita…♪’» El hermano reía sin parar, se preguntaba cómo el gerente y yo recordábamos esa melodía tan vieja.
Los jóvenes volteaban discretos a vernos con burla; el mesero tambien.
«vámonos antes de que nos corran» invito el gerente.
Munich, Allianz Arena
El gerente insistía que deberíamos firmar contrato para la laser. Yo ya no quise opinar nada, al final de cuentas, era su dinero. De todas formas, yo estaba pensando en dejar su empresa y dar servicio en otra parte.
Una cosa era trabajar con el, la otra ser su amigo. La segunda era divertida, la primera me causaba estrés.
En cierta forma, el gerente tenía temor de embarcarse en una mega deuda. Y no firmó. En cambio, me pidió arreglara la visita de un representante a nuestra fábrica.
Así terminó nuestra participación en la feria.
El dia 25, ya no había razón para ir a la feria. Algunos expositores estaba entusiasmados para asistir al juego amistoso Bayern-Wolfsburg esa misma tarde, en Munich. Decidimos que era buena idea ir tambien.
Fuimos a la estación Hanover Bhf del Deutsche Bahn. ¡Los boletos costaban noventa euros! Estar en Alemania y no ver al Bayern jugar era un delito grave. Nos fuimos.
Viajamos en el ICE Sprinter durante 635 KM, un tren que se movía a 354 KM/h con escalas y en segunda clase, «open seating». Tren lleno, nos fuimos parados. Después de casi tres horas, a causa de las paradas, al fin estábamos en Múnich.
Al llegar a la estación central de Munich en la Bayerstrasse, acudimos a un puesto de propaganda turística gratuita donde tomamos unos folletos. Una plaza famosa estaba cerca de ahí, caminamos hasta ella, era la Marienplatz, la plaza más hermosa e importante de Múnich. Advertimos que el museo de la BMW está cerca de ahí y que un hermoso parque lo rodeaba, el Olympiapark. «Vayamos, para hacer tiempo, además nos queda en la ruta» sugirió el gerente. Tomamos el metro en la hauptbahnhof cerca de Odeonsplatz.
El museo de la BMW, un sorprendente despliegue de historia e ingeniería. Exhibiciones con guías virtuales computarizadas, verdaderas obras de arte en movimiento. Y lo más impresionante, su servicio de BMW on demand, al lado del museo, un edificio redondo procesa los nuevos pedidos a gusto del cliente, modelo, color, etc. Estabamos tan impresionados que, todavía caminando por el Olympiapark, seguíamos boquiabiertos.
Se llegó la hora de partir al Allianz; caminamos a la estación N20 del lado oriente con dirección a Karlsplatz y de ahí a Kiefergarten para terminar con una caminata de poco más de 600 metros desde Frotmanning hacia el estadio. No teníamos boletos todavía.
Al igual que en México, los revendedores te encuentran al paso por el único andén que lleva al estadio. También allá está prohibido ofrecer en reventa los boletos, y la policía se encarga de vigilar que esa regla se cumpla. Por eso, los re-vendedores no venden los boletos, usan una triquiñuela para burlar a la justicia: te piden que ofrezcas por un boleto que «ellos no podrán usar». No están vendiendo, uno es el que está comprando y haciéndoles un favor. Los tres boletos costaron ciento veinte euros.
Entramos al afamado estadio, un derroche de lujo y arquitectura de alto nivel. Desde la entrada, pudimos divisar nuestros asientos, en lo mas alto de la tribuna. Ah, pero era el Bayern.
Desde lo alto, uno podía adivinar que aquellos puntos rojos y verdes que se divisaban a distancia eran los jugadores que ya salían de sus vestidores en preparación para un juego amistoso de la Bundesliga del 2008.
Al pitazo del arbitro, estalló la euforia de los hinchas del Bayern, la gran mayoría; del Wolfsburg, muy pocos y confinados en una lateral del estadio.
El partido inició medio aburrido hasta que Grafite cobró un penal anotando al minuto 31. No pasaron ni tres minutos cuando Dzek anota el siguiente gol. Estábamos desanimados, pensamos que el Bayern daría un espectáculo sin igual. Pero la suerte del Wolfsburg acabo cuando Ribéry anota casi al final del primer tiempo.
Durante el medio tiempo, uno se daba cuenta de la incomodidad que el marcador provocaba en los aficionados del Bayern. Delante mío, un joven padre con su hijito de aproximadamente 3 años, comían sus döners, el padre ya había ingerido bastante cerveza durante el primer tiempo. Un espectador que pasó frente a mí perdió el paso y un chorrito de cerveza cayó sobre el abrigo de marca del joven padre. Enfurecido, se trepa para alcanzar al descuidado ofensor, se hacen de palabras y la gente le pide que se calme (para dar un buen ejemplo a su pequeño). Se enfurece más cuando el ofensor enfila su marcha restándole importancia al asunto. Este le grita demandando una disculpa, pero aquel sigue su camino. Lo alcanza, lo toma de la camisa y prepara su puño. En ese momento los demás espectadores lo sometieron pidiendo se calmara. El pequeño hijo, observaba atento el espectáculo del medio tiempo, con lágrimas en sus ojos sin atreverse a verle la cara a su padre.
Como si fuera planeado, el segundo tiempo despertó al desanimado estadio con goles de Van Bommel, Borowski y Schweinsteiger, casi separados por diez minutos. El final Bayern gano 4 a 2[1].
El partido estaba por terminar, recibió un mensaje en mi celular: «vámonos antes de que salga la muchedumbre». Ya otros hacían lo mismo. Cuando regresamos a la estación en Fröttmaning ya era difícil subir; queríamos todavía pasar a Marienplatz y admirarla de noche.
La mayor atracción de Marienplatz es su palacio municipal construido en el medioevo alrededor de 1480 y renovado en 1909 con un majestuoso estilo neo-gótico, una torre de 85 metros se levanta imponente presumiendo un gran reloj que al sonar la hora, acciona unas alegres figuras mecánicas que son dignas de esperar. Dicen que Marienplatz ha sido el lugar de reunión de los bávaros desde 1400 D.C.
El gerente vio el reloj y nos apuró, nos veía embelesados con los alrededores y la belleza del palacio. «Hijole, ya es bien tarde. No vamos a alcanzar el tren…»
Tuvimos que correr al darnos cuenta que estábamos a menos de diez minutos de la salida del último tren a Hannover. Al cruzar la calle descuidadamente, los autos nos regalaron un pentáfono. No creí que ese ‘saludo’ fuese universal, pero así lo parece.
Al fin llegamos, ahora faltaba encontrar nuestro tren. Preguntamos ansiosos como a diez pasajeros. Solo un garroteo pudo guiarnos en el camino correcto. Subimos apenas con el tren ya en movimiento para partir. Esta vez, si alcanzamos asiento.
……………………………………………
El viaje de regreso a México fue exhaustivo, quizá mas largo que de ida, catorce horas en total.
Llegamos a Monterrey a eso de las 9:00 PM. Ya nos esperaban nuestra familias, esposas e hijos. Mis hijos jugaba con los del hermano del gerente. Al vernos salir, las esposas abrazaban a sus maridos, los niños seguían jugando. Estaban chiflados; el más pequeño correteaba a los míos y les incitaba a seguirlo. En un descuido, el chico se estrella contra un muro y rebota. Afortunadamente para el, el muro era falso, construido de aluminio muy delgado; desafortunadamente para el aeropuerto, la figura del cuerpo del niño quedó engrabada para la posteridad.
Así concluyó nuestra aventura. Le agradecí al gerente la maravillosa experiencia, nos abrazamos y nos despedimos.
Continua en Cómo dejé a mi mejor cliente.
[1]. (https://www.fcbayern.de/en/matches/match-reports/2008/17500.php).





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