Cuando mi hijo mayor se graduó de animador 3D, no se imaginaba lo difícil que sería encontrar trabajo.

Eso nos pasa a todos.

No somos conscientes de la realidad laboral hasta que ya estamos allí.

Cuando yo regresaba a casa, después del trabajo, lo encontraba sentado en su mesa de trabajo frente a la computadora. Al acercarme a él, veía que estaba en Facebook o que jugaba con videojuegos con algún amigo de otro país.

Yo no quería imaginarme que se esforzaba poco, pero cada vez era lo mismo.

Ocasionalmente yo lanzaba un pregunta al aire esperanzado a una respuesta. Nunca contestaba. De hecho, se enfadaba cada vez que lo hacía.

Yo me preocupaba que ni siquiera buscara. Pasaban los meses y nada nuevo sucedía. En algunas ocasiones decía bromeando, «papa, te aviso que seré un Ni-Ni, no trabajaré y no estudiare».

Sus compañeros graduados poco a poco empezaron a reportar con orgullo sus nuevos empleos. El mío, seguía en lo mismo. Lo que era peor, se veía extremadamente tranquilo.

Cinco meses desde su graduación, se acercó a mi por consejo: Le ofrecían un puesto en una firma de publicidad. Nada relacionado con su carrera, pero era algo que le motivé a aceptar mientras seguía en búsqueda de lo que realmente deseaba. Aceptó su primer empleo un 23 de Mayo, 2017.

La primera semana laboral inicio con mucho ánimo, se levantaba temprano, se duchaba (y cantaba). Se fue a trabajar como si ya lo hiciera de años. No se mostraba nervioso, más bien entusiasmado.

La noche del segundo día la pasó mal con una diarrea que lo invitaba al baño con demasiada frecuencia y me dijo, «Papá, voy a tener que avisar que no podré asistir mañana». Le comenté que eso podría ser terminal y poco conveniente. «Si fuera yo el jefe, te contestaría que no te molestaras en regresar». Se aguantó la pena de tener que ir al baño ante la mirada de sus nuevos compañeros y así salvo la semana.

Para su buena suerte, la siguiente semana recibió su primer sueldo (lo proporcional a su quincena). ¡Que feliz y emocionado se veía!

Estaba en mi oficina cuando mi IPhone me notifica un mensaje de WhatsApp. Era de él, orgulloso, estaba invitando a la familia a cenar.

Ese momento en el que bajamos del auto y se adelantó para pedir la mesa, ese momento en que pide la cuenta y ese momento en el que pregunta donde firmar el voucher, me hicieron sentirme increíblemente orgulloso de ver a mi hijo convertido en un hombre.

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