Marzo 28 del 2017,
Un día normal de trabajo.
Inicié mi rutina con mi ducha y posterior desayuno; dentro de mi, sin embargo, algo no estaba bien. Había demasiados temblores irregulares en mi pecho. Cuando me levante de la mesa sentí un ligero mareo, pero no le di mayor importancia, me dirigí hacia la puerta principal y tuve que tomar una profunda aspiración antes de poder continuar. «¿Estás bien?» Pregunta mi esposa.
«Estoy bien» respondí. Subí al auto y me dirigí al trabajo. Sintonice el noticiero de Luis Cárdenas; hablaba de unas enfermeras Colombianas que perreaban mientras preparaban a su paciente que yacía inconsciente. «Que poca madre» pensé.
Seguí conduciendo con esa extraña sensación de sofocación que te hace tomar bocanadas de aire y sintiendo aún las palpitaciones irregulares que ahora aumentaban en intensidad y frecuencia.
A la altura del semáforo de la calle Colón y Alfonso Reyes mi vista se nubló, un calor invadió la parte alta de mi cabeza y me abrigó un sopor que me movió a frenar.
No sé cuánto tiempo pasó, ni si el auto se detuvo. Solo recuerdo escuchar a los demás conductores accionar su claxon en pentafonos ofensivos.
De cómo llegué al hospital
Cuando pude ver nuevamente, observe las caras disgustadas de los conductores que pasaban a mi lado. No me sentí mejor, pero lo critico había pasado.
Frente a mi, la entrada al Hospital y Clínica Oca. Me detuve. «¿Como me siento?», me pregunté, pensando que podría llegar a la oficina. Pero no, no estaba bien. Sentía que en cualquier momento volvería a tener el mismo episodio. Entre al hospital y me estacioné.
Un guardia me saluda. «Necesito un médico» le dije. «Ah si, los médicos están en el edificio contiguo» indicó.
Di una vuelta innecesaria al edificio contiguo y luego recorrí la misma distancia de retorno hacia emergencias por el mismo corredor. La distancia parecía alargarse en cada segundo.
Al fin llegue a emergencias, la recepcionista y un guardia me han de haber visto muy mal. Se movilizaron de inmediato, trajeron una silla de ruedas, pero preferí caminar. Necesitaba recostarme rápido, lo cual hice en cuanto tuve oportunidad; me quedé dormido -o desmayado-. Lo qué pasó después se reduce a estudios del corazón, radiografías de tórax y ecogramas de carótidas.
Desperté en la sala de emergencias
Me vi portando una bata con mi cuerpo desnudo -no se en que momento me mudé-. Un tal doctor Balcazar se acerca y me explica, «usted no puede irse, se quedará internado. Presenta un cuadro grave de arritmia que puede producirle infarto inminente al corazón. Que bueno que entro al hospital, usted toma otro camino y se muere más adelante».
Aunque un electrocardiograma mostraba un corazón normal, no así un eco de carótidas que confirmó arritmia en tres lados del corazón, de esos, el ventricular repetitivo y muy peligroso.
El cardiólogo especialista Dr. Humberto Juárez Juárez me indica,»solo hay dos causas probables, o tienes las arterias tapadas o tu sistema nervioso está fallando. Si es lo primero, te destapo fácil, si es lo segundo, tender que implanter un marcapaso»
Me prepararon para el angiograma. «Te colocaré una mascarilla para administrarte oxígeno» anunció el anestesista». No pude ver el procedimiento, me había quedado semi-inconsciente y empecé a tener alucinaciones.
Las «jaladas» del hospital
Cuando desperté conciente por unos instantes, el cardiólogo estaba visiblemente fastidiado y me explicaba cosas que no entendía. Yo estaba extasiado viendo mujeres hermosas y mariposas multicolores. Pero en el mundo real, alguien había suspendido mi cirugía. Aunque, rato más tarde, el anestesista repetía su práctica «con oxígeno», para continuar con la intervención quirúrgica.
En mi tercer momento de lucidez, desperté y ya había un cuerpo extraño dentro de mi: Se trataba de un implante ICD, una combinación de marcapasos y fibrilador. Muy caro.
Me pasaron a cuidados intensivos y allí disfrute del profesional servicio de las enfermeras del lugar. Julia, Aurora, Juana, Paty, todas dedicadas y cuidadosas en su trato al paciente; ellas estuvieron al pendiente de la evolución de mi estado y funcionamiento del aparato que recién me habían colocado los cirujanos.
De por qué no autorizaban mi procedimiento.
Al siguiente día me pasan a piso, las habitaciones para pacientes que no requieren cuidados intensivos. Ya estaba mejor.
El doctor paso a verme y le cuestioné sobre su impaciencia el día de la operación. «Bueno» me dice «estuve compartiendo con usted todo lo que pasaba, evidentemente no lo captó. Resulta que su marcapaso es proveído por su aseguradora directamente. De esta forma, el hospital no tenía manera de añadirle ganancia y, por lo tanto, no autorizaba la instalación de este implante. Hubimos de esperar casi una hora antes de que nosotros los médicos, su esposa y su aseguradora pudiéramos persuadir a la administradora Adriana Romero de los riesgos de muerte por inminente paro cardiaco. Por fin acepto a regañadientes y pudimos terminar el proceso. Usted permaneció en la sala de operaciones casi inconsciente por la anestesia todo ese tiempo, por eso no lo notó».
Me informó que, mientras esperaban la autorización de la Romero, la aseguradora evaluaba mi traslado a otra clínica con más profesionalismo, pero al fin todo se había podido realizar allí.
El hospital me secuestra.
El doctor Juárez promovió mi alta cerca de las 10:00 AM del viernes 31; había estado internado ya cuatro días. Tenía yo una segunda oportunidad para vivir.
Al mediodía, aún no me liberaban mi factura. Las enfermeras me pidieron paciencia, «a veces se tardan hasta cuatro horas» decían.
A las 14:00 horas pregunté a mi aseguradora, «ya enviamos todo a México para aprobación final»
Mientras esperábamos mis familiares y yo, llegó la hora de comida y luego la cena. Reclamé el alimento y amablemente lo proporcionaron.
A las 7:00 PM recibo una llamada de caja, «ya está lista su cuenta, lo esperamos para darle la liberación». Me extrañó que usara esa palabra.
En caja, la asistente me anuncia el saldo a pagar arriba de $25,000 pesos, cantidad que no traía en ese momento. Quizá fue descuido mío no prepararme o mala interpretación de las coberturas de mi póliza de seguro. Confiado dije, «está bien, hágame un pagaré para liquidarlo mañana». La mujer se sorprende y me dice «señor, no manejamos pagarés». Impaciente después de haber esperado por nueve horas le dije, «pues hable con alguien porque en este momento no traigo esa suma conmigo, tendríamos que esperar hasta mañana». Ella toma el teléfono y habla con su administrador (no recuerdo su nombre) y me lo pasa. A él le explico la situación y me responde muy terminantemente, contrastando con la sensibilidad del personal médico que me habian atendido: «nosotros ya le dimos el servicio y la atención médica que requería su caso particular, ahora usted tiene que pagar, y el paciente no se puede retirar hasta que la cuenta esté liquidada». Quedé en calidad de secuestrado a partir de ese momento.
Mis amigos pagan mi «rescate».
Me di cuenta que la administración era muy cuadrada y, aunque ellos mismos te hacen firmar un pagaré al internarte, su sistema no les permite dar términos mayores a la estancia del paciente en la clínica. Es como la caja registradora de la tiendita de barrio. Seguramente, las finanzas de la Oca están en números negros y sus accionistas muy contentos.
En fin, apercibido de que solo había una opción, pagar y pagar ya, decidí recurrir al peculio de mis amigos. Regresé a mi habitación e inicie una rutina de llamadas telefónicas y mensajes en redes sociales. Afortunadamente, tengo muy buenos amigos. En una hora ya habría reunido más de lo que necesitaba. Pague y salí.
Mi esposa, que estuvo a mi lado los cuatro días, evaluaba la atención muy disgustada. «Nosotros reclamamos un trato justo, ¿que pasará con la gente que no reclama?» Se refería a la decisión de la Romero de no aprobar mi marcapaso. «Se les muere el paciente» repliqué.
Medicos vs. Gerencia.
Mientras estuve internado pude apreciar la entrega y dedicación del cuerpo médico, a pesar de las aparentes fricciones con la administración que decían «nos quiere quitar los descansos y reducir los tiempos de comida, ¿que se les ocurrirá mañana?» evidenciando una brecha de comunicación y liderazgo entre ambos, el cuerpo médico y la administración. Casi podría adivinar que quien administra desde el 2014, es responsable de todo. La página web no se actualiza desde entonces.
La atención paciente y dedicada de los médicos y enfermeras me ayudaron a sanar rápido, la experiencia con la administración casi me interna de nuevo.
Ya no importan las certificaciones ISO, la tecnología o las opiniones positivas de los demás, mi experiencia en la clínica Oca me animan a no recomendarla como una opción.





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