Su rostro reflejaba una paz sobrenatural; el transparente cristal del frío féretro solo dejábamos ver la mitad de su cuerpo elegantemente amortajado para su eterno viaje. Parecía estar dormida y soñando los recuerdos felices de su abatida existencia. ¡Eran tan pocos!
Una sonrisa fue el último mensaje de su carne mientras su alma partía a dimensiones extrañas y prohibidas a los mortales. Dicen que un ser espiritual nos espera al momento del desprendimiento de la carne; uno que nos guía hacia nuestra jornada dentro de un nuevo mundo.
Eduardo estuvo con mi madre en sus últimos momentos y su relato me hizo imaginarme la transición: «Su respiración empezó a ser más pausada, asió mi mano con su puño y apretaba firmemente. Tras una larga aspiración entrecortada se sentía debilitada, aspiraciones cada vez más cortas, su puño perdió toda la fuerza» y una ultima aspiración corto el lazo de unión del alma y la carne. Pareciera que del otro lado de sus cerrados párpados la imagen apacible de su guía espiritual le animará a avanzar; su trascendental paso causaba la fría sensación de sumergirse en heladas aguas, las aguas de un mar desconocido.
Quedó su cuerpo inerte y su rostro mostró una hermosa sonrisa invitándonos a recordarle así.
Un sacerdote oficio en su sepelio y observó que, en su inconsciencia, ella despertaba a recibir el perdón de sus pecados, «esto -dijo-, habla de su gran preparación espiritual para la muerte».
Ella habló en un momento para pedir que todos estuviéramos allí. Pedía llamáramos a sus hermanos, pero no encontramos a nadie; el tiempo se acababa pero al fin todos pudimos estar con ella. El fatídico martes 31 de enero de 1995, llegaron aún a tiempo el tío Roberto y la tia María; los recogí en el aeropuerto y los lleve de inmediato al lado de mi madre. Aún pudieron estar con ella. Llamaba en su delirio al tío Fernando; yo no creía que el vendría, nunca apareció. Al fin, exhaló mi madre su vida a las 9:40 p. m. de ese día.
Muy cansados y abatidos quedamos sus hijos. Quisimos guardar la calma pero, en el sepelio ¡nos sentimos tán solos!

Desde el cielo observa ahora, debemos seguir unidos y hacer lo que a ella agradaría. Solos ahora, vivimos el recuerdo de su ejemplar vida y tomamos sus maravillosas enseñanzas de profundo respeto y amor verdadero.

Mama, cuida de nosotros.

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