Menciona Jorge González Moore, poeta Colombiano, «A un líder lo hace la fuerza de su carácter y su persistente determinación para cumplir sus sueños».

Me tocó a mí saberlo un 10 de Marzo de 1984.

Eran días amargos para mí. Meses atrás, mi padre había muerto y dejó tras si la pesada carga de la manutención de una familia. Como era lógico, la carga le quedaba como herencia al mayor de los hijos, es decir, a mí.

Justo después de su muerte, otro evento del cual no estoy muy orgulloso, estuvo a punto de impedir que viviera como un hombre libre y me encargara de mi familia.

Tenía yo ciertos ahorros pero hubo daños que tuve que reparar y mi cuenta bancaria había quedado casi vacía. Los días pasaban y el dinero menguaba cada vez más; yo buscaba trabajo incansablemente por toda la ciudad sin conseguirlo. Siempre que cuento esta parte de la historia muy pocos creen que lo digo en serio pero la verdad es que peine la zona metropolitana casi en su totalidad visitando negocios tras negocio sin conseguir que alguien se interesara en mi perfil.
Eran tiempos difíciles para Nuevo León, el índice de desempleo rayaba por encima del 6%. Las empresas no contratan personal y, ni con «palanca», pude conseguir un empleo en la escala más baja de la burocracia. En esos años el gobernador del Estado era don Alfonso Martínez Domínguez amigo muy cercano a mi padre que, con una muy buena excusa me dijo,»si te doy trabajo de burócrata te pasarás la vida doliéndote de no haber ejercido tu carrera». En otro momento, visité a don Jorge Schwartz, dueño de la Casa la Daga de Monterrey quien también se excusó diciendo, «yo no tengo trabajo para un ingeniero y no me voy a arriesgar a contratar a uno que viva infeliz haciendo lo que no le gusta».

El señor Schwartz todavía me recomendó explorar nuevas fronteras y que no me limitara a la zona metropolitana. Ese día, regresaba casa triste y derrotado. Ya no sabía qué más habría de hacer para conseguir un empleo y conseguirlo rápido.

Fue ese día 10 de marzo, que abatido abrí con el último atisbo de esperanza el diario de la tarde. Un gran aviso en la sección de empleos me hizo levantarme de mi asiento y salir disparado hacia el lugar de la cita.
Mis hermanos, que me miran, exclaman «qué pasa, adonde vas!». Ya no pude contestarles, me eché agua en el pelo un poco de loción, tome mi saco y salí corriendo a tomar el autobús; quedaban muy pocos minutos antes de que finalizara en las entrevistas.

Importante empresa estadounidense solicita:
Ingeniero electrónico recién egresado
Amplio conocimiento en microprocesadores
Excelentes habilidades para comunicarse en inglés
Dispuesto a cambiar de residencia y a viajar frecuentemente

Las entrevistas se realizarían en el gran hotel Crowne Plaza de Monterrey. Arribé 20 minutos antes de que concluyera en las entrevistas. No encontré a nadie, pregunta en la recepción, y me dijeron que se estaban realizando en el segundo piso. Subí a toda carrera. Al llegar, mis ojos observaron con desánimo una gran línea como de 60 ingenieros recién egresados que también esperaban tener una oportunidad en esa empresa.

Mi mente analítica empezó a tomar conclusiones y hacer cálculos; 60 personas nunca podrían ser entrevistadas en 20 minutos, yo tenía que ser algo urgente y determinante. Decidí acercarme a la puerta donde se realizaban las entrevistas y anunciarme como la persona que ellos andaban buscando. Las personas que estaban en línea gritaban y alegaban que había una línea larga y que yo tenía que respetarla. Ante el barullo, el jefe de personal sale para apercibirse de la razón de tanta gritería. Me acerqué a él y le dije «ellos gritan porque saben que si me entrevistan me van a contratar». El hombre sonrió burlonamente, y me ofreció una mirada incrédula, pero su cansancio era evidente en su rostro. Habían empezado entrevistar desde muy temprano ese día y eran casi las seis de la tarde y no veían el fin. Decidió aventurarse y terminar su día de una vez por todas con una última entrevista: la mía.

Minutos después, el jefe de personal anunciada,» Lo sentimos, ya tenemos a la persona que andábamos buscando, muchas gracias «.

El 12 de abril de ese mismo año, escribí en mi diario la experiencia de mi primer viaje al extranjero, Estaba hospedándome en el hotel Mark Plaza de Milwaukee Wisconsin.

Mi determinación me había ayudado a trascender fronteras y terminé realizando un trabajo que me mantuvo feliz y entusiasmado por muchos años.

Por eso para terminar este relato reflexiono y digo:

Escuvha el consejo de aquellos que iniciaron la marcha antes que tú.

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