El jueves 15 de diciembre, salí de mi oficina a mas temprano de lo acostumbrado; mi jefe, un poco extrañado porque el dia anterior había necesitado también salir temprano, me pregunta con incredulidad, «¿que tramas?»
Llegue a la central de autobuses a las 14:00 horas, mis suegros y la tia Irene recién bajaban del autobús. Era un día frío, típico de invierno, pero no de nuestra ciudad en donde estamos acostumbrados a temperaturas más bien cálidas, pero aquí uno no sabe.
Las mujeres decidieron comprar su boleto de regreso de una vez; mi suegro y yo nos quedamos esperando en la acera frente a la estación; una tenaz brizna golpeaba nuestros rostros insistentemente, algo un poco molesto. Las mujeres tardaban tanto que decidí ir a ver que las detenía. Era simplemente la larga fila de personas que habían decidido también comprar sus boletos de regreso.
Al fin, subimos todos al auto y nos dirigimos a la casa donde mi esposa ya no se esperaba con la comida preparada y servida. Comimos e hicimos plática de sobremesa hasta que fue momento de vestirnos para el evento que los había traído a la ciudad: la graduación de mi hijo mayor.
Fueron dos días seguidos de actividades y paseos forzados para mis suegros. A estas fechas, las oportunidades que tienen para salir y distraerse han menguado a causa de las ocupaciones de todos nosotros; Cada año que pasa les miro con menos habilidad para realizar sus tareas cotidianas, su fuerza física ya no es la misma que hace 10 años y me preocupa que no tengan quien les ayude a realizarlas.
He pensado que sería buena idea contratar a una persona que esté 24 horas al pendiente de ellos; también, preocupado por su solitud, me ha llegado a la mente la idea de programar viajes cada tres meses para que salgan y conozcan otros lugares como una distracción para sus mentes y material nuevo para sus conversaciones y charlas de sobremesa.
Llegamos de noche y justo a tiempo para la toma de protesta de los nuevos licenciados en animación. También observamos el trabajo de animación que habían presentado como tesis para graduarse; un trabajo difícil de entender para quienes no estamos relacionados con los conceptos de tercera dimensión. Aún así, el tema y la conceptualización gráfica, nos causaron asombro y mucho orgullo.
Al siguiente día, asistimos al planetario Alfa, uno de los lugares que años atrás visitaba cada fin de semana en mis actividades de instructor de robótica. Allí, mi hijo y sus compañeros de carrera recibirían sus títulos o cartas de pasante temporales. Al terminar la ceremonia paseamos por los jardines y vinieron a mi mente recuerdos de cuando ellos mismos, siendo aún muy pequeños, retozaban persiguiendo a los patos y los Pavorreales.
Sin duda alguna, el momento más memorable de esta visita fue el baile de graduación. Yo iba decidido a divertirme y disfrutar a mi hijo lo más posible. Él estaba radiante de alegría y lo expresaba con su eterna sonrisa que tanto me enternece; fue la primera vez que lo vi bailar y disfrutar. Sus amigos lo rodearon y lo acapararon durante toda la fiesta. Entonces, caí en la cuenta de que mis otros hijos también me necesitaban.
Pensé que si salía a bailar, ellos me seguirían y me dirigí a la pista cuando la música estaba en su apogeo. Pero ellos no se acercaron ni tuvieron el impulso de seguirme.
Cuando mi suegro observó eso, se levanta, los toma de los hombros y los empuja hacia la pista mostrándoles a ellos el ritmo necesario para seguir la música. Les da instrucciones muy a su estilo: » no tienen más que moverse a lo pendejo, igual que los demás «.
Al final, eso resultó ser el elixir que ayudaría a mis hijos a liberarse de miedo, vergüenza, o temor que les impedía empezar a bailar.
Nos divertimos tanto, bailamos tanto y bebimos tanto que la fiesta hubo determinar para nosotros al filo de las cuatro de la madrugada. Yo estaba sorprendido del aguante de mis hijos para tomar en tal cantidad. Y me puse a pensar en lo poco que los conocía.
Al siguiente día, el abuelo nos relataba su última conversación con el mesero de lugar.
– A ver tu muchacho, traeme otra bebida, ron con coca cola.
El muchacho le pregenta, -¿ la quiere pintada, o de a deveras?
Mi suegro argumenta, – no me digas que toda la noche has estado haciendo pendejos a mis muchachos.
El mesero confesó que era la única forma en que podían mantener el orden y hasta cierto punto la limpieza en el lugar durante una fiesta – ¡si supiera cómo se ponen!
No era yo el único contento, los rostros de mi tía, de mis suegros y de mi amada esposa irradiaban, emocionados, orgullosos. Así concluíamos nuestro legado de formación educativa, nuestro trabajo con el mayor de nuestros hijos.
Ahora estamos listos para la siguiente etapa.





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