Viajar con poco presupuesto no es problema si te adaptas; no es llegar al Hyatt o al Quinta Real sino a los moteles del camino, comer en los mercados, no comprar souvenirs, y aprovechar todos los paseos gratuitos.
Mi plan también tiene que adaptarse a los deseos de los demás; mientras mis vacaciones ideales son plenamente en la montaña, mi esposa y mis hijos piensan en la playa. Tengo las siguientes opciones :
- Directo a playa Miramar en Tampico. Dicen los reportes (y la gente) que el camino a Tampico desde CD Victoria es sumamente peligroso en estos días; el gobierno recomienda viajar de día cuando opera el programa «carretera segura».
- Tres dias y dos noches en cabaña de Zaragoza, Nuevo León con sus respectivos paseos alrededor. De ida por la 57 y de venida por la 85 podemos visitar Galeana e Iturbide. Pasamos la noche en Linares.
- Salir a Parras de la Fuente y dormir dos noches; luego, viajar a Torreon. Visitar a los Landeros, a los Vidaña Durán y pasar a conocer a la Nena Vidaña. Conocer la zona del Silencio y el Mineral de Hojuela.
Nos decidimos por un Viaje a Torreón
El domingo 17 de Julio, mientras desayunábamos tarde, mi hijo Adrian comentó que el primer juego de Tigres del Torneo de Apertura 2016 de la Liga MX que casualmente enfrentaba al Santos de Torreón, y se jugaría ese día en la tarde. Como en broma y algo en serio, comenté «deberíamos ir, pero nadie me hace segunda». Todos respondieron al unísono, «¡vamos!» Adrian se metió a bañar y lo hizo en tiempo récord – no tardó ni cinco minutos-, despertó a sus hermanos y los invito a prepararse compartiéndoles el plan. Raúl no podría ir. Todos listos, solo quedaba subir al auto y realizar con otro itinerario, la opción tres.
Llegamos directo al estadio TSM (Territorio Santos Modelo) y, caminando entre la chusma mezclada de inchas de ambos equipos, un santero chapucero empujó a Adrián que por poco cae de bruces. Este voltea enfadado, aunque con inteligencia ignoró la agresión. Entramos pues alpequeño recinto deportivo con capacidad para 30,000 personas que ese día estuvo casi lleno. No era para menos, un partido entre dos grandes. Mi esposa iba por primera vez a un estadio, parecía disfrutarlo pero de todas formas decía «me gusta más en la tele» (el fútbol).
El encuentro terminó con empate 0-0. No hubo goles, pero el juego estuvo lleno de emoción y errores del árbitro que favorecieron al equipo local y avivaron el júbilo de los inchas del Santos. Algunos, ya alterados por el consumo excesivo de alcohol, se atrevían a señalar a los fanáticos de Tigres con su índice para luego gritar «nos pelan la v…»
El partido terminó cerca de la 8:30 PM, hambrientos. Siri nos recomendó Los Adobes, pero resulta que en el pueblo la gente se duerme temprano y el «maitrè» no nos dejó entrar, porque ya se iban. Al lado de ese restaurante se encontraba un puesto muy concurrido de hamburguesas y tacos, ahí satisfacímos nuestra hambre. Luego, cansados y con sueño, buscamos un modesto hotelito pero solo encontramos un Holiday Inn Express.
El plan era ir a Mapimí al siguiente día.
El hotel nos incluyó el desayuno, pero solo lo sirven de 6:30 AM a 9:30 AM, nosotros bajamos a las 11:00 AM. Almorzamos en el Martin’s.
Al siguiente dia hicimos el Viaje a Mapimí, Dgo.
Cargamos gasolina y salimos por Gómez Palacio rumbo a Jimenez, Chih. Llegando a Bermejillo buscamos el camino a Mapimí.
Unos dos kilómetros antes de llegar al pueblo de Mapimí, a nuestra izquierda, vimos la entrada al «Puente Colgante de Ojuela», así lo anuncian. Pagamos la entrada y enfilamos la marcha.
Después de un camino de terraceria empieza una subida muy empinada y peligrosa donde solo un vehículo puede pasar a la vez. Tuve temor de conducir la empinada cuesta en mi FORD Fiesta. Un anuncio avisa de las precauciones que se deben tomar antes de subir los tres kilómetros para llegar al paseo turístico. «Si son tres kilómetros» dije, «los podemos subir a pie». Algo irresponsable de mi parte pues el calor nos abrazaba calcinando nuestra piel y deshidratándonos en cada paso que dábamos. Me vi muy principiante, pero no podía desistir.
A escasos trescientos metros del ascenso, mi esposa desistió. Ella regresó al auto, nosotros continuamos.
Habíamos caminado ya dos kilómetros; habíamos visto los restos de un accidente de un camión de pasajeros con el que justifiqué el no subir en auto; en ese momento, tuve que admitirlo «hijos, yo ya no puedo más». Más autos nos pasaron, ninguno se ofreció a levantarnos. Yo tenía que descansar. Vimos una estructura de metal en el cañón de la montaña y bajamos. Era un socavón. Llegamos a la entrada del pozo y sentimos el aire que soplaba del interior frío y algo húmedo, con un olor muy peculiar a tierra y a murciélago. Unos tablones de madera medio protegían la caída accidental de los cuarzosos. Aventamos piedras y estas tardaban cinco segundos en caer. Serían unos ciento veinte metros de profundidad.
En ese momento de cansancio, deseamos que mi esposa hubiera decidido subir con el auto y recogernos. Yo, le dije a mis hijos que era mejor regresar. Al menos nos tomaríamos fotos en la entrada del socavón y luego descenderíamos; habría tiempo más adelante para regresar con un vehículo más potente. Ajuste la cámara de mi smartphone en automático para diez segundos. Corrí para acomodarme junto a mis hijos, en el minuto ocho, el veinto sopló tan fuerte que tiro la cámara. Lo volví a intentar; para ajustarla, yo tenía que ponerme en cuclillas. La segunda vez, sentí que algo andaba mal conmigo. La foto se tomó con éxito y fui a recoger mi smartphone. La vista se me nublaba y todo lo veía verde. Me acerqué a la estructura y me sostuve de ella. Recuerdo decir «me voy a sentar a la sombra», cerré los ojos un momento y, cuando vuelvo a abrirlos, vi el rostro aterrorizado de mi hijo Adrian. Me preguntaba qué tenía. Yo aturdido y confundido le dije «de que hablas? Acabo de decirte que me sentaría a la sombra». Mi hijo me aclaró que eso no fue lo que el escuchó. Dijiste algo así como «me estoy sintiendo…», en ese momento te desvaneciste y te golpeaste en la cabeza con la estructura; caíste al suelo y no despertabas.
Buscó en mi otro hijo confirmación de los sucedido pero, aquel, parecía no querer aceptar lo que vió.
Mi hijo no me permitía levantarme ya más.
En una de esas vimos otros autos subiendo y tratamos de pedir ayuda. Nadie respondió. El último auto parecía al de mi esposa.
Mi hijo menor, Mario decidió subir corriendo a pedir ayuda. Fue un kilómetro más cuesta arriba que corrió sin descanso. Al llegar arriba encontró a su madre. Ya le cuenta lo sucedido y esta baja ayudada por uno de los guías.
Ya me sentía algo recuperado pero aún estaba débil. Sentía que en cualquier momento volvería a desfallecer. Me ofrecieron un gatorade, me sentí mucho mejor al recuperar algo de los electrolitos perdidos.
Ya en plena zona dela desaparecida Ojuela, observamos las ruinas de lo que antes fuera un pueblo minero en bonanza. Cruzamos el puente colgante como algo obligado al visitante pero realmente sin mucho entusiasmo. Mis hijos preocupados no lo disfrutaron como yo esperaba. Nos sentamos a la sombra y mi esposa nos roma una foto. Así quedó registrado ese día.
En nuestro itinerario no escrito, el plan era manejar hasta Parras y pernoctar allí. Así, temprano al siguen te día podríamos conocer el pueblo y hacer mi investigación. Era noche y decidí que pasáramos una noche más en Torreón, nuevamente, en un hotel de lujo porque no había más.
De regreso a Monterrey pasamos a Parras
La habitación y las instalaciones del Crown Plaza eran superiores (y más económicas ) que él Holiday Inn Express. Lo encontró Adrian por internet y ahí mismo reservamos. No incluía desayuno así que al levantarnos, al siguiente día, nos fuimos por unos MC Muffins.
Salimos a Parras cerca de las 9:30 AM, llegamos a las 11:00 AM. Mi esposa estaba embelesada con la grandiosa cantidad de Nogales y viñedos que pudimos observar en el camino. Dimos un paseo rápido por el centro del ahora «pueblo mágico». La casa de la abuela en Ramos Arizpe 72, la plaza de armas, el Santo Madero (de lejos). La misión era ir al panteón de Los Cipreses y hablar con el administrador. No había nadie. Nos bajamos del auto y entramos al cementerio por medio de una abertura entre la reja. Nuevamente, bajo el radiante sol, buscábamos la tumba de Altagracia Vidaña Esparza y de Claudio Vidaña Chávez. Allí estaban, ambas en muy buen estado. Ya era tarde, debiamos regresar a Monterrey. Salimos al filo de la una de la tarde.
Otro día regresaré para investigar cómo podemos sepultar a mi recién fallecida tía Gracie junto a su madre, como era su deseo.
Fueron tres dias muy buenos fuera de la rutina y disfrutando de mi esposa y mis dos hijos menores.
Hoy solo tengo una inquietud que seguro no me dejará dormir. Cuando vimos la antigua casa de la abuela, quise poder recuperarla y vivir ahí nuevamente.





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