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2004 fue un mal año para México. La mala racha empezó hace cuatro años, cuando muchas empresas cerraron sus plantas y decidieron establecerse en otras economías en crecimiento. China era el paraíso natural en aquellos días; salarios más bajos, incentivos gubernamentales y más. Era difícil decir que no a todos esos beneficios.

El desempleo creció en México por arriba del 3% y las tasas de interés disminuyeron (CETES del 8.26% al 6%); El tipo de cambio del peso subió a más de 11 dólares por dólar por primera vez.

Esos días yo estaba haciendo consultoría para la mejora de procesos en asociación con un viejo conocido cuyo nombre no vale la pena mencionar. Nuestra amistad terminó el día en que firmó un contrato a mis espaldas. Era un proyecto que yo había cotizado a una fábrica de filtros automotrices localizada en Monterrey para ejecutarlo juntos. El proyecto significaba un ingreso de doscientos mil pesos, $18,200 dólares aproximadamente.

No hace falta decir que, dadas las circunstancias, me vi en una situación complicada, escasa de dinero en efectivo.

En vísperas de un nuevo semestre escolar, tuve que pedir un préstamo para para pagar la matrícula de mis tres hijos. Ese fue un préstamo por $4,400 USD.

El banco no me quiso prestar porque tenía mis tarjetas de crédito al límite, no podía sacar dinero de mi fondo de retiro porque no era un empleado activo; la única alternativa era conseguirlo a través de mi familia.

Mi cuñada, entonces soltera, me prestó el dinero sin dudarlo. Ni ella ni yo sabíamos que iba a ser una paga difícil.

Con un par de trabajos, logré acumular $700 USD casi de inmediato. Después de eso ya no pude abonar nada por tres años completos.

Un día, mi cuñada vino de viaje de negocios en Monterrey y su coche se averió gravemente. Ofrecí pagarle la reparación a cuenta de mi saldo pendiente. Ella estuvo de acuerdo. Su viejo auto se averió dos veces más meses después y le ofrecí la misma estrategia. Con todo eso, el saldo de mi deuda con ella bajó a $2,800.

Para cuando se casó, yo no hice ningún esfuerzo para liquidarle. Supuse que ese dinero estaba más seguro como deuda y que llegaría el momento en que una necesidad de ella me obligaría a pagar. Hoy me solicitó el pago completo.

Ahora que está casada, ella y su marido han tomado malas decisiones que terminaron llevándolos casi a la bancarrota. Ya no estaba yo en posición de preguntar para que necesitaban el dinero, me limité a pagar.

Otras voces quisieron persuadirme para que no devolviera ese dinero; desde su perspectiva, ese matrimonio no esta en buena forma y pronto podría romperse.

«El dinero», dijo mi cuñada, «es para pagar un inmueble que está a nombre de mi marido».
Traté de convencerla de que usara el dinero para la matrícula de su hija, que batallaban para mantenerse al corriente. Ofrecí que la pagaría yo hasta que se agotará el saldo.

Ella no quiso escuchar; necesitaba el dinero para el terreno y punto.

Ahora me estoy preparando para pagar el saldo a finales de mayo de este año. Al pagar esa deuda, mi patrimonio neto aumenta de 6 meses hasta 47 al promedio de mi gastos corriente.

Bueno, una deuda menos.

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