Si buscas un fiel amigo, consíguete un perro.
Popular.
La mascota que tenemos en casa se ha convertido en uno más en la familia, aunque después de años de vivir con nosotros, no hemos sido hábiles para educarlo, así que vive en el patio de la casa. Igual que todo cachorro, a sus tres meses de nacido era un tierno; ahora de adulto se ha convertido en un perro feo, mañoso y necio. A veces quisiera regalarlo, pero desde aquel día de diciembre del 2014 que corrió su gran aventura, ya ocupa un lugar muy especial y siempre será nuestro héroe.
Capítulo 1. Camino al OXXO de la Rio Mante.
Habían llegado las vacaciones de invierno. Como cada año, visitábamos a los abuelos en Reynosa para celebrar la Navidad; ese año había decidido yo, que nos quedaríamos hasta antes del año nuevo. Era mucho tiempo para dejar a nuestra mascota sola en casa, así que también hicimos su maleta, y vino con nosotros. No era su primer viaje, pero ya había pasado tiempo desde la última vez que salió de viaje. Estaba emocionado.
Nuestra mascota es un Chihuahua mestizo. Había sido el regalo de Navidad de Mayin en el 2007. Lo compramos Nora y yo en una tienda de mascotas de bodega Aurrera, en San Nicolás de los Garza, cercano a nuestra casa. Mayin había pedido un Bull-Dog, pero el Chihuahua era lo único que tenía aquella tienda. Mayin lo nombró “Snoopy”.
Durante todo el trayecto de la carretera, el can brincaba sobre nosotros, emocionado. Ya estaba atrás, luego adelante. Al fin se cansó y quedó dormido bajo los pies de Nora que venía de mi copiloto. Íbamos en nuestro nuevo Ford Fiesta que habíamos comprado en el 2014.
El can fue bien recibido por los abuelos y lo consintieron tanto que Dn. Raúl ordenó que dormiría en la cocina. Y así fué, salvándose el perro del inclemente frío del invierno. Durante nuestra estancia, el perro acaparó la atención de todo quien llegaba a saludar.
Un día de aquellos, se ofreció que saliera yo a comprar refrescos y botanas, dejé que Snoopy me acompañara. No le puse cadena, la distancia de la casa de los abuelos a la tienda era corta y además, el perro no era tan menso para salir corriendo con el tráfico del Blvd. Hidalgo.
Habíamos caminado tan solo una cuadra, cuando nos encontramos con un inmigrante, este se paró a acariciarlo. “¿E tuyo e perrito? ¡Qué lindo!”. Snoopy no se dejó acariciar y se adelantó un poco. Yo lo seguí.
Cuando llegamos al Oxxo de la esquina de Rio Mante y Blvd. Hidalgo, le indiqué que no se moviera. Yo no tardaría y, además, estaría observándolo. Pues pasó como con los niños pequeños: parpadeas y desaparecen. Cuando salí, el perrito ya no estaba. Pregunté a otros inmigrantes que descansaban por ahí,
“si lo vimos mi hermano, el perrito se fue corriendo para allá” -señaló a ningún lado. “Se ha de haber regresado a su casa”.
Al llegar a casa pregunté. Nadie lo había visto desde que salió conmigo. Estaba perdido.
Capítulo 2. Snoopy se perdió
”Por eso yo no lo dejo salir -dijo Nora-, «ya de que se agarra olfateando, se va y va, sin fijarse por dónde va”.
Mis hijos y yo subimos al auto y recorrimos los alrededores con la esperanza de encontrarlo. Ya entrada la noche tuvimos que regresar. Era definitivo, el perro estaba perdido.
Yo no soy muy entusiasta de tener mascotas; no, ni gatos ni perros. Y no hay razón, pues cuando fui niño tenía hasta becerros en mi casa y más grande, víboras y tarántulas. Eso de limpiar excrementos no va conmigo, ya a mi edad. Pero ese día, me apercibí del cariño que no sbía le tenía al can.
En la víspera del nuevo año, ya habíamos perdido toda esperanza de encontrar al perrito; de hecho, ya estábamos resignados. Resignados y tristes. Pero estábamos tan acostumbrados a tener mascota, que ya pensábamos reemplazarlo en el corto plazo. Bueno, yo no. Prefería ya no tener animales en casa.
“¿Recuerdas por qué lo compramos?”, comenta Nora, invitándome a revivir el momento en que tomamos la decisión de llevarlo a casa.
Cuando entramos a Bodega Aurrera ese día, alcancé a divisar una tienda de mascotas.
“¡Mira! – informé a Nora- ¿tendrán bulldogs?”.
Hicimos nuestras compras, pagamos y, cuando íbamos de salida, nos detuvimos a ver los cachorros. Solo uno llamó nuestra atención -porque solo uno había-. Estaba solo, sentado y callado, observando a la gente pasar. Era como si estuviera pensando, “ si me ven educadito, seguro me adoptan”. Tenía esa mirada típica de cuando su cabeza está ligeramente inclinada hacia abajo, pero sus ojos hacia arriba. Si, tiernos.
“¡Ay, que lindo! ¡Llevémoslo! – urgió Nora.
Pues lo compramos; no era un bulldog, pero nos conmovió. Llegamos a casa y Nora le colocó un cascabel. Era la noche buena del 2007 y sería el regalo de Mayin. Nuestro pino estaba lleno de regalos, entre esos, el perrito. Nos disponíamos a dormir para esperar a Santa, pero el perro se movía y hacia sonar su cascabel. Los niños bajaron corriendo y allí estaba. Lo acariciaban y jugaron con el un rato, luego lo llevaron a su recámara y durmió con ellos.
Mis hijos quisieron enseñarlo a hacer trucos, pero era un perro estúpido. No aprendía nada; sin embargo, salió muy bueno como alarma. Era un ladrar del demonio, cada vez que alguien se acercaba a nuestra casa. Ocho años después, solo teníamos el recuerdo.
Llegó enero, regresé a trabajar y los chicos también regresaron a la escuela. Si tendríamos otro perro o no, ya se decidiría después.
Capítulo 3. La abuela llama entusiasmada.
Todos los días, antes de salir hacia mi oficina, le echaba un vistazo al patio. Era muy agradable ver lo limpio que se conservaba; yo deseaba siempre poder salir a leer un libro o a platicar sin tener que tolerar el olor a orines y a excremento de perro, ese que una vez lo hueles y te sigue todo el día. Aunque se limpie a diario, yo percibo ese desagradable olor. Ahora era diferente, ahora si percibía el olor de las matas de Nora.
El domingo 17 de enero del 2015 regresábamos de misa, como es costumbre a eso de las 2:00 P.M., y nos preparábamos para salir a comer fuera. El teléfono de Nora sonó; era la abuela. Emocionada, olvidó saludar y solo la escuchamos decir:
“¿Que crees m’hijita?, ¡el chiquinín volvió!”
Nos contó que ese día ella y Dn. Raúl desayunaban tarde en la cocina. Afuera en la calle se escuchaba un ladrido insistente y molesto. Mi suegro se levantó de la mesa y se dirigió a la puerta para ver lo que pasaba.
“Yo solo alcanzaba a ver una cabecita que brincaba y ladraba. Nunca imaginé que pudiera ser el Snoopy” contaba mi suegro.
«Le abrimos la puerta y el chiquinín pegó la carrera directo a la habitación donde se quedan ustedes. No encontró a nadie, luego busco en otras habitaciones y la sala, ¡bueno! No se cansaba de buscar y ladrar llamándolos», añadió mi suegra.
Llegó en un estado deplorable. Sus patas y la parte baja de su cuerpo estaban cubiertos de hollín, venía famélico y nervioso. Cuando cayó la noche, mi suegro le acercó un cobertor que colocó en el suelo dentro de la cocina. El can se recostó; con su mirada agradecía el gesto. Rápidamente quedó profundamente dormido.
Nosotros, emocionados, aún seguíamos incrédulos de lo que la abuela contaba. Queríamos ir por él, pero era domingo, y había que trabajar al siguiente día. Tendríamos que esperar al siguiente fin de semana para poder viajar.
El lunes en la mañana Dn. Raúl se levantó a echarle un ojo al perro, “no vaya a querer defecar” -pensó-. Decía que el perro estaba tieso y que no respondía a los suaves empujones que le dio para confirmar su estado. “Este ya se murió”, pensó.
Su temor se disipó cuando observó que su tórax se inflaba al ritmo de su leve respiración. Estaba vivo. Sabrá Dios qué calamidades habrá pasado el animalito; su reparación física y mental le tomó un día entero de sueño. “Ni para comer despertó” apuntaba el abuelo, asombrado.
Para cuando fuimos por él, la tía Monica ya se había encargado de alimentarlo y asearlo. Mi suegro nos contó el retorno del “chiquinín” con detalle y terminó asegurando, “a mi no me gustan los animales, pero después de lo que hizo este perrito, ya siento que lo quiero”.
Cuando llegamos a casa, la euforia del can era tan grande que, en su ansiedad, dejaba escapar un bufido de desesperación. Anhelaba el reencuentro con sus amitos.
Desde ese día el chiquinín dejó de llamarse Snoopy y empezamos a nombrarlo Kn’n para conmemorar su valentía y no olvidar el gran apego que el can había demostrado tener con nuestra familia.
Capítulo 4. La versión del Kn’n.

Este soy yo. Si, parezco un Chihuahua, pero no; ya quisieran los Chihuahua tener este sex appeal. Soy criollo, otros nos llaman cruzados y si no tuviera la suerte de tener casa y alimento, sería uno de esos…, tú sabes, de la calle.
Vivo con los Vidaña desde que era un cachorro. Aún recuerdo el día que me adoptaron; se acercaron a la vitrina donde me tenían en la tienda de mascotas.
Desde ahí, observé que una pareja se acercaba.
Ya había intentado varios trucos para simpatizar con otros clientes, pero estos dos se veían distintos. La mujer no era problema, ya la tenía ganada desde que se acercó, le puse mi carita de perrito huérfano y tierno; pero el viejo se veía un tipo más duro.
Me quede sentadito y, mientras me observaba, moví mi colita. Escuché que buscaba un buldog. No había otra raza disponible en la tienda; de hecho, yo era el último cachorro que quedaba en venta. Me compraron, y desde entonces vivo con ellos.
Me llamaron Snoopy; hoy me llaman Kn’n disque para recordar mi última aventura. No te vayas a creer que es un vocablo Maya o algo así. Kn’n, es como una contracción de “chiquinín”, como me llamó la abuela aquel día de mi retorno después de una pesadilla de casi veinte días.
Ahí me tienen, corriendo despavorido huyendo y de regreso a casa de la abuela. Me sabía el camino de memoria, y como no, si había tenido tanto tiempo para recorrerlo en mi mente desde aquel dia cuando salí con el jefe al Oxxo. Faltaban ya dos cuadras, estaba cerca, pero me parecía que mis cortas zancadas no me ayudaban a avanzar mucho. El olor a pollo asado me dio ánimos, mi destino estaba a solo veinte metros de la pollería de Panchito. ¡Que delicioso aroma! Ni siquiera pensé en detenerme a buscar las sobras del macheteo de pollo en el suelo. Corrí desbocado, y al fin llegué.
El pesado portón de acero estaba cerrado ¡Chín, solo eso me faltaba! Intenté brincar y entrar por los espacios que dejaban las figuras de acero forjado, pero «nembre» – a veces me enfada ser tan pequeño-. Seguí brincando y ladrando, gastándome la poca energía que me quedaba. Llamaba a mis amos, ¡los extrañaba horrores! Al fin, observé cómo se abría la puerta principal de la casa. Era el abuelo de mis amitos.
Al principio no me reconoció y trató de ahuyentarme. Yo seguía brincando y ladrando, viéndolo unas vez si y otra no. «¡Soy yo, guey, ábreme!». En uno de esos brincos me percaté de que ya estaba frente a mi y quitaba la aldaba para abrirme paso. Apenas hubo suficiente espacio para mi, me solté en carrera hacia el interior de la casa. Entré por la sala y sin parar, me dirigí a la recámara donde siempre se hospedaban mis amos. No encontré a nadie. “Quizá están en la recámara del abuelo”, pensé. Me dirigí hacia allá, pero tampoco encontré a nadie. “Entonces en la sala -como soy tan atrabancado, quizá estaban allí y no me di cuenta-”. Al fin me convencí de que no estaban allí.
El abuelo ya había cerrado la puerta, ya no podía salir y seguir buscando. Me calmé. Sentado en el piso de la cocina me quedé quieto mientras el abuelo me examinaba: «mira nomás que flaco estas, perrito», exclamó con lástima, “seguro que te estas muriendo de hambre, ¿que te daré?”
Se dirigió al refrigerador y sacó una pieza de jamón. «Uy, tu si sabes», dije. Me la ofreció y yo la acepté sin remilgos. Luego me sirvió de beber. Bueno, yo bebí tanta agua, que el hombre se sorprendió que tuvo que servirme más. Me sentía satisfecho, pero más que nada seguro. Ya lo peor había pasado. Ahora sentía que la debilidad me pasaba su factura. Se me empezaron a cerrar lo ojitos; yo tenia miedo dormirme, no fuera a ser que todo lo estaba soñando. El buen hombre me acercó un trapo y después de caminar en circulos mil veces sobre este, me acurruqué para dormir. En la vigilia de mi sopor, alcancé a escuchar a la abuela llamar por teléfono: “¿Que crees, m’hijita?, ¡Regresó el chiquinin! Quise abrir nuevamente los ojos, pero los ojos se me torcían bien gacho. Empecé a soñar.
Capítulo 5. El Sueño de Kn’n.
Estamos a la puerta del Oxxo, mi jefe entra, pero a mi, me deja afuera. Como buen can, me senté a esperarlo sin perderlo de vista. De pronto, todo se puso de color negro y me pareció como si el suelo se volteara alrevés. Caí sobre mi lomo sin que me doliera y alcancé a ver como el último filo de luz desaparecía gradualmente, al tiempo que escuchaba un ¡ziiiip!
Afuera escuchaba mucho barullo y ruido de autos. «¡Pélate guey, ahi viene el dueño!», alguien le alertó.
Lo que fuera que me habia atrapado, empezó a sacudirse por unos minutos, luego se calmó, pero escuchaba un jadeo allá afuera. Alguien me traía en su mochila y había corrido para esconderse. Empecé a ladrar con todas mis fuerzas. En un intento por callarme, mi captor me recetó tremendo coscorrón, pero no logró callarme. Pasado un rato, comenzó a caminar de nuevo. Yo seguía en la más negra oscuridad y me mantuvieron encerrado. Llegó la noche y le hice el sueño imposible al rufián: ladré y ladré hasta que me cansé, a pesar de los coscorrones. El también se cansó, pues pronto sentí que me levantaba en gilo y me suspendió de algo. Ahi si me dió miedo moverme. Me quede quieto y un rato mas me dormí.
Horas mas tarde, el ‘ziiip’ se escuchó de nuevo y dejó entrar un filo de luz muy intensa. Ya hab amanecido. Me apresuré a sacar la cabeza y fué cuando me di cuenta que el tipo aquél me tenía guardado en su backpack. Quise salir y escapar de un salto, pero estaba muy alto para mí. El tipo empezó a hablarme.
«Te vas a portar bien hoy, ¿eh?», me decía, «me vas a ayudar a conseguir una lanita para poder cruzarme al otro lado».
Salió a la calle y yo con él. Andaba de buenas, hasta me dió chance de llevar la cabeza de fuera. Ya no me atrevía a ladrar, ya no me cabía otro chipote en la cabeza. Iba bien portadito.
Llegamos a una calle donde pasaban un chingo de carros. Como nunca caminé mas allá de la casa de los abuelos, pues no sabía por donde andaba. El rufián me ofrecía en venta a cada carro que se paraba cerca. Nadie me quería.
En mi cabeza solo daba vueltas la idea de regresar con mis amos, pero no pude evitar tratar de entender el por qué la gente no me quería: si por ser un perro adulto, o porque el muy imbécil me había puesto un precio ridículo. No importaba porque, al fin de cuentas, ambas razones estaban a mi favor. Varios días intentó venderme, nadie me compraba.
Todas las noches regresábamos al mismo lugar a dormir, y al amanecer salíamos de nuevo, hasta que un buen día, él se fué solo y me dejó encerrado. A partir de ese momento hice hasta lo imposible para salir de mi prisión. El lugar estaba sucio, alguien acumulaba montones de bolsas que despredían un hollín oscuro y se esparcía por todos lados.
Recorrí el lugar buscando una salida pero no tuve éxito. También busqué que comer; hacia dias que no probaba bocado. Tampoco encontré comida. Quería pedir ayuda, pero ya no tenía fuerzas.
Un día, en mi tezón por salir de alli, encontré una ventana abierta. Estaba tan alta que supe que jamás lograría alcanzarla, y si tuviera esa suerte, el salto desde esa altura sería un desafío para mis endebles huesos. No viviría para contarlo. Durante las noches observaba las luces que entraban por la ventana y recorrían el cuarto donde me encontraba. Un sonido como de llantas acompañaba a las luces oyéndose graves primero y luego agudas, hasta que la luz desaparecía y el sonido se perdía en la lejanía.
Aquél dichoso día, escuché el ruido de un camión que se estacionaba frente al gran portón. Un crujido de llaves y palancas dió paso al del mismo portón deslizándo con dificultad su oxidados fierros. Inmediatamente, un grupo de hombres sucios comenzaron a descargar otra cantidad de bultos y los apilaban encima de los anteriores. Después de un rato, los hombres detuvieron su tarea para comer su almuerzo. ¡Ah, como babeé en ese momento! Estuve a punto de dejarme ver, acaso quisieran ellos compartir su pan conmigo. Pero no, la salida hacia mi libertad estaba a unos cuantos metros y ya no había obstáculos. Era salir disparado en ese momento, o nunca.
Como alma que lleva el diablo dentro, salí disparado de mi escondite y me enfilé a la salida. Los hombres, al verme, brincaron de susto pensando que era una enorme rata que intentaba despojarlos de su alimento. Gracias a esa conmoción gané tiempo y pude salir.
Ahora me encontraba corriendo por las calles, sin rumbo, pero con la esperanza de encontrar el camino de regreso con mis amos; ellos me importaban más que el hambre, la debilidad y el sufrimiento de los días pasados. Ansiaba reencontrame con ellos porque extrañaba su compañía, sus juegos y sus caricias, y sobretodo, porque los Vidaña son mi verdadera familia.





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