Desde lo alto del hotel Florida, un impulso de coraje le salvó la vida. Era morir y dejar una historia de vergüenza, o vivir, enfrentándo el problema.
11.Julio.1983
Soy Marco Trigueras, estoy involucrado en algo terrible. No logro soportar el haberle fallado a mi familia. Estoy a punto de quitarme la vida.
La gran ciudad había despertado antes que yo. Un zumbido entraba por la pequeña ventana del hotel donde se hospedaba mi padre, era la mezcla del ruido de motores de autos y camiones de pasajeros que, a la vez, se confundían con los trinos de aves y graznidos de urracas de la alameda central. Papá ya había salido al trabajo. Ese día era el tercero de siete que pasaría con el.
Era un día templado, pero yo sudaba copiosamente. Cada paso que daba en mi ascenso por la escalera de aquel viejo edificio me acercaba mas a mi objetivo. Mi corazón, palpitando en sincronía con mi jadeo. Mi mirada fija en la nada; mi mente, huyendo del pasado y yo, incapaz de enfrentarme al presente.
El sol matutino iluminaba los ventanales proyectando miles de pequeños haces creando una vereda extraña y surrealista, mostrándome el camino hacia el final de todo. Arriba, en el último piso, la salida a la azotea me resistía el paso con una puerta metálica atascada por el óxido. Era evidente que nadie había estado allí en mucho tiempo -era mejor, nadie tenía que ver esto-. Cuando la puerta cedió, un molesto chirrido estuvo próximo a despertarme de mi desvarío. Pero ahí estaba yo, decidido. Sin pensarlo más, me enfilé hacia un extremo del techado subí al parapeto, mire hacia abajo; los autos y las personas parecían granos de arena. Abrí mis brazos, levanté mi cara al cielo y cerré mis ojos.
Abajo, en la calle, ya se había juntado una multitud. Los gritos de terror de hombres y mujeres llegaban confusos a sus oídos. Ya nada podrían hacer, ya nadie tenía derecho a preocuparse por él, habían tenido su oportunidad y no la aprovecharon.
La brisa matinal refrescaba mi faz, el aroma de álamos húmedos del gran parque central se escabullía por mi nariz ofreciendo su relajador efecto. Abrí los ojos, que aunque abiertos antes, no habían aportado a la conciencia ni a la razón. Aún en mi temeraria posición me torné racional: ¿Y si al caer no muero? ¿Y si acusan a mi padre? ¿Y qué será de mi madre, sufrirá por mi causa? ¿Y qué habría sido de mi vida, si no le di otra oportunidad?
Había habido ya tantas muertes en su familia, una más acabaría con sus padres y volvería locos a sus hermanos. Si no muriera en el impacto, terminaría inválido, siendo una carga para alguien más. Esa no era la vida que había soñado para él. ¡No señor! Luego, tuvo un brote de razón…
Di un paso atrás.
Unos brazos me rodearon, era un hermoso joven que, fatigado de subir corriendo, solo atinaba a decir, “¡gracias a Dios, gracias a Dios…!” Lo pensé un ángel, sólo hasta el momento que vi correr lágrimas por sus mejillas, comprendí la magnitud de lo que estuve a punto de hacer y lloré también, lloré por muchas horas.
Esta es mi historia de un intento suicida. El relato de un momento que hizo la diferencia entre quedar en la memoria como un mal recuerdo o la oportunidad de conservar mi vida para empezar de nuevo: olvidando el pasado para construir mi futuro.
Era claro que no podía regresar el tiempo para asegurar un buen inicio, pero en ese instante mágico me convencí de que yo tenía el poder para iniciar un mejor final.
Ese día aprendí que el sentirme abandonado de todos, perdido en las sombras de mis errores, incapaz de encontrar la salida a mis problemas era tan solo una trampa de la cobardia que habitaba en mi y me dije: »si te vuelve a suceder…cierra los ojos…abre tus brazos, deja que la brisa fresca te acaricie y el aroma del bosque llegue a ti. Relájate. Da tan solo un paso atrás y deja que tus lágrimas te limpien por dentro y por fuera. Date otra opoertunidad».
Continúa…





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