La ocasión de mentir se me presentó por necesidad en el sepelio de mi padre. El también tenía lo suyo y nos engaño incontables veces; ese día, su ataúd nos preparaba una gran sorpresa.

7.Oct.1983

El Zurdo se encargó de todo. Tal como lo anunció, el féretro llegó a Monterrey a las tres de la madrugada a la capilla funeraria de Batallón de San Blás número 950. Yo esperaba recostado en mi cama en mi casa, justo en la esquina de la misma calle rumbo al sur. Estaba tranquilo, pero sin poder dormir, solo pensando en cosas.

—¡Riiing!– sonó mi teléfono. Me levanté cubriéndome con la sábana para contestar aquél viejo aparato de disco color negro.

—¿Bueno?

—Soy Martínez, de la Capilla Cinco Estrellas. Sólo para avisarle que el cuerpo de su pariente ya está aquí con nosotros. ¿Lo veo temprano en la mañana?

—Si Martínez, ahi lo veo a primera hora.

—Abrimos desde las 6:30 AM

Cuando mencionó la hora, me dió la impresión que le urgía que realmente estuviera yo allí a primera hora.

—¿Todo bien?

—¿Eh? Este…—titubeó un poco— si, todo bien.

Mi insomnio desapareció y al fin pude caer en profundo sueño.

Al amanecer, al siguiente día, mi madre tuvo que despertarme. Cuando abrí los ojos, ella señaló hacia el póstigo de la puerta principal. Allí estaba Martínez.

—Dice que es ugente que vayas a la funeraria— indicó mi madre a la vez que me ofrecía un vaso de jugo de naranja.

Me vestí inmediatamente, vacié el vaso de un trago, me aplaqué el cabello con un cepillo y salí.

—Anoche me dijiste que todo estaba bien— le reclamé a Martinez mientras caminábamos hacia la capilla.

—Si, joven, es que era tarde y no se podía hacer ya nada. Hay una situación con el féretro. Llegó sellado.

—¿Sellado? Pensé que eso sería lo acostumbrado.

—Bueno, si, solo que los sellos no son los acostumbrados. Tiene que verlos.

Llegamos, Martínez sacó su llavero y abrió la capilla número dos. Ya estaba adornada con flores y cirios encendidos; el ataúd aún estaba en la parte trasera. Solo estábamos él y yo. Me señaló los sellos a los que se refería: eran tiras de cinta adhesiva con el logo de la PJF, la Policía Judicial Federal. Me entregó un oficio con el membrete de la misma corporación que decía, «Sellado por la PJF – No Abrir – Al faltar a este mandato se incurre en un delito federal».

—¡Qué es esto!— pregunté alterado—¿Cómo voy a sepultar este cuerpo si no sé de quién es?

—Vamos a tener que obedecer.— sugirió Martinez— Ya tienes suficientes problemas para meterte en otro.

Me di cuenta que las noticias viajaban muy rápido, seguramente los vecinos se reunieron a comentar mi caso privadamente. ¿Cómo podría él saber mis otros problemas? Su preocupación era genuina, cualquier cosa que yo hiciera podría afectar su negocio. Seguía observándome, esperando mi reacción.

—Yo la verdad, no puedo hacer nada.

—Pues no hagas nada. No lo coloques aún en el velatorio. Vengo en una hora.

Salí de prisa. Detrás mío, escuché a Martinez cerrar nuevamente para impdir el paso a los deudos que ya empezaban a llegar. No me detuvde a ver ni saludar a nadie. Seguí con mi paso apresurado y llegué nuevamente a casa. Mamá y mi hermana mayor ya vestían de luto, mis hermanas más pequeñas usaban prendas de color, pero oscuras, mis otros dos hermanos, solo se pusieron un saco.

—Nadie sale— ordené. Nadie se atrevió a contradecirme; esperaron intrigados aa que yo volviera a decirles algo. Tomé el teléfono y marqué el número del Zurdo.

—¿Que pasó, Mario?—preguntó alarmado despues de que me identifiqué.

—Casi nada, ¿que es eso de que el ferétro vien con orden judicial de no abrirse?

—Ah, si, es que acá se preparó el cuerpo. Ya no tienes nada que hacer. Solo velarlo y sepultarlo. ¿Ya conseguiste la fosa…?

—Zurdo, ¡no puedo sepultarlo si no confirmo que es mi padre!

—Ahorráte la pena, Mario, eso ya lo hicimos nosotros. Es tu padre, pero no te llega en condiciones de verlo. ¡Sepúltalo y ya! –se mostraba nervioso, pero era contundente en su recomendación. Yo sentía que tenía que comprobar que erea mi padre, además lo necesitaba. No pensaba quedarme con la duda y vivir mis dias posteriores pensando que algún día me lo encontraría en la calle, que en realidad no estaba muerto. En mi interior, bien sabía que aún no aceptaba su muerte. El Zurdo me pidió le pasara a mi madre. Mientras ellos hablaban, volví a la capilla, estaba decidido, ya no me importaba tener un pleito más con la policía.

La capilla ya estaba llena de gente. Mis tíos y primos que llegaban de la capital y los que vivían en Monterrey preguntaban cuando llegaría el cuerpo. El aroma de las flores se mezclaba con el del café que se destilaba en una gran olla eléctrica, algunos de los que alli esperaban ya tenían en sus manos sus vasos preparados para servirse. Me dirigí a donde se encontraba el cuerpo, tomé una llave de mi llavero y rasgué los sellos. Martinez, impresionado, se apresuró a sacar a la gente y cerrar la capilla, temporalmente.

—¡Qué haces muchacho! ¡Te van a meter a la cárcel!— gritó desesperado. No obstante, se acercó y me dió unos guantes y mascarilla.

Martinez estaba de mi lado, pero se preocupaba por mi futuro y el de mi madre y hermanos.

—Muy bien, ya no hay vuelta atrás, ponte esto— abrió el ataúd y me pidió celeridad pro mi salud. Lo que vi allí adentro era un cuerpo descompuesto y desnudo de un hombre de estatura mayor a la de El Profe. Busqué con minuciosidad sus huellas particulares mas visibles. Mi padre y yo teníamos dos lunares idénticos en el pecho, exactamente en el mismo lugar, su nariz no era recta -un soldado se la había quebrado en una riña, durante su juventud- y las uñas de sus pies siempre fueron prominentemente arqueadas. Nada de eso tenía aquél difunto.

Mis sentimientos estaban confundidos. No sabía si alegrarme y salir corriendo a dar la noticia; tenía miedo también, afuera la policía hacía guardia. Observé que mis parientes se impacientaban y husmeaban entre las letras del vitral para ver qué pasaba alli adentro. Volteé a ver a Martínez.

—No es mi padre, Martinez. No lo es—

—Haz lo que tengas que hacer, muchacho, pero déjame darte un consejo. Tu sabes si lo sigues o no: Si le han buscado y no aparece, ya tu familia le ha llorado a tu padre, es tiempo de que tú lo llores también. Deja que sea Dios quien decida lo que pasará más adelante. No expongas a tu madre y hermanos. Tienen todos mucho futuro, no te lo niegues, ni se los niegues a ellos. Deja las cosas como están. No digas nada y vela este cuerpo como si estuvieras velando el de tu padre, que dondequiera que el esté, vivo o muerto, sabrá que fuiste inteligente al ocultar la verdad.

Tenía razón. ¿Quién era yo para echar a peder la vida de mis hermanos? Yo ya había echado a perder la mía.

Con un grito, exalé mi frustración y solté en llanto, un llanto que, aunque fingido, hacia que manaran lágrimas verdaderas. Con ellas, puse un velo a la verdad.

En el velatorio, alguien había abierto las puertas. Dos oficiales de policía y dos tíos míos entraron alertados por mi grito y me encontraron sollozando.

—Si es él, ¿verdad? Si es él.



Continúa…

Durante el velorio, las hermanas de mi padre reclamaban el derecho de ver su rostro; yo había dado instrucciones a Martínez de cubrirlo y de permitir que se abriera la ventana del ataúd. El cuerpo fué sepultado en el panteón Jardín Español de Monterrey, Nuevo León en cripta propiedad de una de sus hermanas.

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